“Vivir es amar. Amar es resucitar”- Estos místicos versos de Dulce María Loynaz pueden resumir la vida y obras del arzobispo emérito de Santiago de Cuba, Pedro Claro Meurice Estiú, llamado, con razón, el León de Oriente.
Ahora que el fin de su peregrinar lo sorprendió en otra orilla de la única Cuba, quizá como signo visible de su pasión por unir a la Nación-en diáspora, hay una pregunta numerosa y urgente: ¿cuál ha sido su legado para su Patria y para su Iglesia?
Esta pregunta es demasiado inminente y su respuesta trascenderá la dolorosa puerta de su paso a la Casa del Padre. De modo que, la historia, con sus ritmos y tiempos necesarios e inviolables, irá respondiendo con mayor profundidad y amplitud. Pero no debemos dejar pasar el tiempo de reflexión abierto por la muerte para comenzar a pergeñar, en emocionados trazos, ese legado que es, sin duda, patrimonio de todos los cubanos, creyentes o no, de ahora y de mañana: Vivir en la coherencia entre lo que se cree y lo que se hace.