Cultura

Apuntes sobre el panorama arquitectónico cubano desde la ciudad de Pinar del Río

Por Pedro Lázaro Martínez Martínez
 
 
“La idea fundamental del racionalismo (…) es la superación de las culturas y, por tanto, de los lugares.
El instrumento tecnológico actual parece permitir la realización de esa profecía (...)
Pero, las culturas, los lugares, los espacios tienen mucha más resistencia,
mucha más densidad para poder ser disueltos tan fácilmente.
Manuel Castells, “Espacios públicos en la sociedad informacional”
 
Antiguo Hotel Comercio. Foto Jesuhadín Pérez

Dentro de las tantas corrientes y paradojas que mortifican a las pequeñas urbes a lo largo de sus formaciones y desarrollos, el centro urbano de Pinar del Río puede ser considerado uno de esos sitios donde, históricamente, se mutilan con facilidad las fuerzas activas generadoras de una intensidad cultural, fenómeno que deja a la vida citadina registrada en la memoria de generaciones como un mero alarde pueril, presto al choteo y a la degeneración de valores.
 
“En Pinar nunca pasa nada…”, frase con fuerza en el transcurrir cotidiano, y sin embargo, la ciudad está aquí, persistiendo en su misión de aglutinar a toda una sociedad, en una época donde las nuevas tecnologías y la expansión de la información abren caminos insospechados que inciden en la evolución arquitectónica de las ciudades.
 
Una de las aristas más provocadoras de estos tiempos es el hecho de que por primera vez en la historia, el lugar de encuentro se desplaza de los límites físicos para establecerse en una plataforma virtual. Dentro de sus dominios y ante una magnitud tremenda de variables, el ciudadano del mundo comenzó a participar, a conectarse, a moverse y sentirse en condición de agente libre, aunque, se debe acotar, esta dimensión de libertad no sea representativa de los niveles de desarrollo del individuo, el cual llegará o no a comprender que sus criterios y grados de participación están siendo constantemente influenciados y modelados por ideologías y entornos de todo tipo, y donde juegan también su papel la escala de relaciones que implanta el trazado e infraestructura de la ciudad, su potencial y cultura de servicios, sus características arquitectónicas, el protagonismo histórico-patrimonial, y en un final, las dicotomías de preservación o destrucción de todos estos elementos.
 
En Cuba, la red de redes aún no está establecida como para explotarle su archiconocido potencial, su dimensión sociocultural queda fuera de nuestro alcance. Para nosotros el ciberespacio no es, todavía, un lugar de encuentro. Esta realidad no inmutable ofrece muchas caras. Al no existir sobre los ejes centrales de la sociedad las prácticas que permiten y establecen nuevos modos de organización socio-espaciales, estructurados a partir de la implementación de Internet y de las nuevas tecnologías, podemos inferir que en nuestras pequeñas ciudades la plataforma física mantiene la hegemonía del poder cultural de la socialización, bajo el predominio y las restricciones de sus reglas más tradicionales.
 
Es en estos vacíos acorralados por el calor tropical donde se concentra el universo de las interacciones y de las relaciones humanas, es sobre estos muros arcaicos ubicados por los avatares de la historia misma, donde se siguen plasmando los signos, los códigos, los mensajes, formas de información representativas de una cultura. El poder, por tanto, de informar, guiar, asistir, el de enamorar y asombrar, el de complementar puentes entre lo tradicional y lo contemporáneo, el de transformar lo local en universal, o por el contrario, el poder de generar incoherencia, contradicción, enajenación y parálisis, a partir de una práctica errada o de la no práctica de disciplinas que influyen, provocan, regulan, gestionan, controlan, marcan y resguardan el desarrollo de una identidad y una fuerza urbana, es un factor que ha de ser ubicado con un máximo de claridad cuando se pretende intervenir en las escalas posibles del diseño urbano y arquitectónico. De aquí se deriva que las claves ambientales de estas disciplinas puedan ayudar a contener problemáticas que son consecuencia directa de la consabida crisis cubana, como pueden ser, los bajos niveles de calidad del entorno construido, el lento y pausado saneamiento ambiental, la degradación de las normas de conductas, el detrimento del propio lenguaje, el alejamiento del individuo para con sus responsabilidades de vida comunitaria y ciudadana. Las políticas educativas que han de ser desatadas frente a estos fenómenos degenerativos nunca serán suficientes, de forma tal que sean comprendidos y viabilizados, en su justa escala de valores, los elementos que intervienen en el ambiente construido, teniendo en cuenta que la acertada reunión de todos ellos desemboca en espacios y momentos de identidad y comunicación.
 
En la actualidad, cuando las guías, los estudios y las prácticas profesionales, relativos a una identidad, a un orden y a un lenguaje arquitectónico, han perdido dirección, se vislumbra un resurgir constructivo junto a un lógico deseo de propietarios e inversionistas por resaltar la expresión de sus inmuebles. Aun cuando la reconstrucción de fachadas y arreglos de algunas edificaciones no se corresponde con el nivel acumulado de necesidades que presenta el fondo construido, podemos prever sin embargo, que los nuevos rostros y espacios que se intervienen, no solamente banalizan el espíritu culto y popular que entre las décadas del 50 y 60 del siglo XX, alcanzó a cohesionar las diferentes escalas ambientales de la arquitectura y el urbanismo en Cuba, sino que además aniquilan ese sentido esperanzador de asistir a un proyecto socialmente autónomo y culturalmente libre.
 
En cuanto a las décadas referidas, muchas de las obras y lugares, concentradas sobre todo en la ciudad de La Habana, continúan siendo objeto de referencias en la carrera de arquitectos y críticos renombrados, puesto que fueron materializados en el apogeo de un consenso epocal de integraciones artísticas, por tal motivo constituyen un legado portador de contenidos de vanguardia que trascienden los marcos locales y temporales.
 
Una lectura urgente sobre el fenómeno tiene que ver con la fisura entre la actividad proyectual, así como de formación teórica e intelectual de especialistas con respecto a ese momento de síntesis, tradición y vanguardia. En ciudades como Pinar del Río esta brecha se ensancha y profundiza, lo que hace que no exista un medidor para ubicar el nivel de influencias que pudiera tener la ejercitación profesional creadora sobre el imaginario popular.
 
En las barriadas pinareñas queda también abierto, entonces y -a todo volumen-, el espectáculo de la decoración rutinaria. Elementos que han estado asentados por siglos como complementos canónicos y estilísticos de la arquitectura, como el balaustre, la reja y la escultura, se generalizan para formar parte de un esquema predeterminado donde se suman los coloretes, los enchapes, el enjaulamiento de espacios semipúblicos y la aparición de cualquier variedad de engendros tridimensionales. Esta persistencia en el maquillaje crea una capa verificable sobre el tejido urbano, que no es otra cosa que el afloramiento de la cultura mediatizada que subyace en nuestra sociedad, capaz de caricaturizar, desvirtuar y alejar la pregnancia y sobriedad de los ambientes y espacios originalmente tratados por la ciudad tradicional, así como los niveles de pragmatismo alcanzados por la arquitectura cubana en las primeras etapas de la modernidad. El maestro y diseñador cubano Gonzalo Córdoba se refería a este fenómeno:
 
El carácter especulativo de la arquitectura que realiza la burguesía urbana para sí misma (…), genera una contraposición entre la carencia de significación artística y cultural del hábitat de la mayoría de la población (…) y el deseo específico de cada familia de enriquecer significativamente su marco de vida. Frente a la precariedad comunicativa de una arquitectura anónima, o de un mobiliario pobre y precario, la decoración de los muros o la acumulación de objetos de adorno de pequeño formato, constituyen el único nivel de decisión estética que poseen los estratos de recursos limitados. Se trata de superponer el supuesto contenido humano implícito en la creación de imágenes decorativas, a la intensa envoltura del espacio construido. Nace así la industria del adorno, del objeto seudo-artístico y sub-cultural que se introduce en la vivienda y conforma un repertorio de formas que se inscriben dentro de los parámetros de pequeño formato (…) desde las oleografías de cisnes, flamencos y escenas bucólicas de la vida aristocrática, hasta el sistema zoomórfico y fitomórfico de animales de yeso, frutas, flores artificiales, jarrones, etc.
La decoración y la posesión de objetos, constituyen una evasión interiorizada en el hábitat, de la miseria y la fealdad circundante en el contexto urbano.
 
Si aceptamos el hecho de que universalmente los diferentes estratos de la sociedad van dejando el registro de sus cosmovisiones y corrientes estéticas en las plataformas físicas que habitan, no debemos perder de vista que el arte de la arquitectura, acompañada por sus códigos y valores artísticos, ha manifestado un refinamiento en tanto calidad formal y propuesta cultural. En las ciudades cubanas ese refinamiento se manifiesta en la escala del conjunto, encontrado dentro de centros históricos y tradicionales, un urbanismo rico en valores de uso que constituye la herencia de una época precedente y que, aún hoy, es capaz de mantener girando en sus plataformas tipos de vida urbana muy diferentes a las que antaño crearon estas ciudades como expresión de una tradición específica.
 
Hoy en día coexistimos con la molesta realidad de que es precisamente la degradación y pérdida de esos valores culturales y ambientales heredados, lo que sigue ganando terreno y nos está construyendo, lamentablemente, a su imagen y semejanza.
 
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Pedro Lázaro Martínez Martínez (Pinar del Río, 1975).
Arquitecto.
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