Cultura

La arquitectura que ya no vemos

Por Pedro Lázaro Martínez Martínez
Vista actual del antiguo Hotel Comercio en el centro de la ciudad de Pinar del Río. Foto de Yoandy Izquierdo Toledo. 

 

Por Pedro Lázaro Martínez Martínez


 

La palabra arquitectura carga por derecho propio, tanto con una lógica universal, una dimensión matemática y una resonancia poética, como con una multiplicación y una promiscuidad constante de todas esas categorías. Nos estimula a definir, a comprender, a disfrutar y defender un marco de vida, nos fuerza a participar con todos los sentidos posibles. El no ver la arquitectura, podemos decir, se debe a un estado de cosas inminentes, ligado a desplazamientos de símbolos, a ediciones de la historia, a crisis de valores, a la ruptura con la sabiduría de concordar, de ser y estar en una sociedad, una cultura, un tiempo y un universo básicamente cognoscibles.


 

Para un escenario urbano como el que ofrece la ciudad pinareña, físicamente paralizado y decadente, no es posible hablar sobre desarrollo o evolución arquitectónica cuando la arquitectura como hecho trascendental es una extensión del desarrollo de las estructuras políticas, económicas y culturales de la sociedad. Sin embargo, uno de los puntos salvables inherente a esta disciplina y que permanece en la oscuridad, tiene que ver con la ausencia de un cuerpo teórico que nos permita comprender de manera holística el tipo de organismo que hemos heredado, de manera que ante la pregunta: ¿por qué no vemos la arquitectura? se antepone otro cuestionamiento de igual valor y pragmatismo: ¿cómo podemos aprender a ver la arquitectura que ya no vemos?


 

La búsqueda del porqué, no está exenta, por supuesto, de validez, pero tampoco encuentra respuestas fáciles en las condiciones de deterioro físico o en la devaluación morfológica, tipológica y tecnológica de la arquitectura. Exige por demás una profundidad de análisis interdisciplinarios que pueden desembocar con facilidad en un universo de interpretaciones. El cómo, por otro lado, se enciende a partir del ejercicio de la crítica, del manejo de los códigos específicos de la arquitectura y el urbanismo y de la apertura de espacios desde donde provocar y dinamizar el pensamiento, toma como principio la situación actual para conformar una mirada que sea capaz de atravesar la decadencia de nuestro propio hábitat, capaz de ayudarnos a representarnos una ciudad mejor y de ofrecernos nuevos puntos de partida.


 

La ciudad pinareña, al igual que sus coetáneas, surge de acuerdo a una inteligente concepción urbanística desarrollada hace siglos y que hizo que las edificaciones se juntaran, se comprimieran, se adecuaran al clima y, además, se complementaran a niveles de estilos y de etapas históricas, y es esta ciertamente una condición orgánica de la ciudad tradicional, aceptadora tanto de la recuperación de lo existente como de la inserción de nuevos discursos estilísticos.


 

En nuestro modelo de ciudad, no percibimos un edificio, sino una masa edificada, no bordeamos un solo objeto de escasos metros sino que le damos la vuelta a toda una unidad polifuncional, la manzana compacta es el hito de la trama urbana. Los inmuebles de más preponderancia visual son parte de una pantalla continua, una larguísima fachada que mantiene una especie de coherencia entre sus unidades, generada a partir de ordenanzas urbanas y donde se ofrece un juego de discursos estilísticos y tipológicos que brindan una gracia pintoresca y escenográfica a la ciudad. En tanto, en el nivel más primitivo, podemos todavía caminar y percibir un sentido de protección y de equilibrio a partir de la existencia de galerías de portales, así como de la escala humana de los edificios y de las calles, tener una exquisita relación con la luz y con la sombra, y también con el viento, con la lluvia, con los olores, los sonidos. Estos aspectos intrínsecos a este modelo, son los más intuitivos y originales, aquellos que perduran a pesar de la devaluación física.


 

Ahora bien, la concepción y el nacimiento de la Arquitectura y el Urbanismo se generan a partir del estudio de cuatro categorías fundamentales relacionadas entre sí: el espacio, la función, la forma y el contenido. La alteración azarosa de cualquiera de estas categorías (o de todas al unísono), desvirtúa con facilidad el orden básico que tenemos con los lugares, llegando a empañar una lectura y un sentir coherente en nuestras relaciones con ellos. De la misma manera en que, la evolución de cualquiera de ellas, puede conllevar la evolución de las demás.


 

La euforia de los cambios políticos y sociales acaecidos a partir del año 1959 fue un punto de inflexión que afectó el equilibrio de estas categorías, vaciando los contenidos que hasta ese momento habían marcado el espíritu de la ciudad tradicional. Los inmuebles quedaron, pero sus espacios fueron asaltados por una nueva ideología romántica y prometedora que concordaba con una apertura y con un respaldo a las necesidades y autonomías sociales. Sin embargo, la aceleración de los procesos políticos guiados por una élite instruida sin una maduración ética y filosófica en los estratos sociales que vienen a ocupar cual nuevo inquilino el corazón de la ciudad, lejos de permitir la continuidad y el reordenamiento de sus categorías, hicieron que aquel espíritu terminara por rendirse ante la fuerza arrolladora de lo estático, lo aburrido y lo homogéneo. La primera en sufrir el doblaje histórico fue la propia ciudad, esa arquitectura y esos espacios públicos que hoy lógicamente, deseamos rescatar a toda costa.


 

No ha habido, en el tiempo trascurrido, maduración en los contenidos ideológicos que atiborraron a la ciudad tradicional, sino una implicación y una sobresaturación constantes de términos, conceptos y métodos de imposición, una maraña discursiva con énfasis en el culto a una imagen, a un símbolo y a una palabra y las consecuencias de este rejuego son verdaderamente exasperantes. La encrucijada actual va más allá de lo político y económico, tiene que ver con haber perdido el sentido de la conservación y de la tradición de elementos identitarios: La arquitectura que ya no vemos no está escondida tanto en patrones de visibilidad física, como perdida, desaprovechada, malgastada, desperdiciada, dilapidada, inutilizada, en un marco de vida atiborrado de símbolos agrietados, y sin ninguna autonomía de sus órdenes expresivos.


 

Pedro Lázaro Martínez Martínez (Pinar del Río, 1975).

 

Arquitecto.

 

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