Cultura

Carta a Franz Kafka o apología sobre el éxito del reguetón cubano


Por Maikel Iglesias Rodríguez

Aprendiz de marinero. Foto de Maikel Iglesias Rodríguez.
 
Querido incomprendido Franz:

Hoy es jueves 18, en la memoria de un septiembre con lágrimas de agosto y también julio, entre tantos murmullos extraviados en los laberintos del 2014. No sé bien por qué me aferro a comenzar signando mis palabras, con la tonta vanidad de alguna fecha, si yo siempre he perseguido esos instantes que no pueden encerrarse en un reloj, mucho menos en el brillo de un afiche que promueve, la eterna fantasía de hallar el eslabón quebrado entre un artista del hambre y sus fans verdaderos; máxime si nuestra propia vida, nos subasta a cada rato la ilusión dentro de un imprevisto cuadrilátero boxístico, el cual podría bautizarse apenas, como las gentiles cuerdas de un trapecio sobrehumano, con el propósito de aleccionarnos, para bien o para mal, una vieja e inasible verdad del universo: no existe un mes más dichoso que otro, si se trata de nacer o morir. Cualquier número soñado, puede resultar más que fantástico para apostar la vida, en el ruidoso casino de los nombres y las sombras.
 
En un ladrillo mis abuelos desenmascararon la sagrada ternura que el danzón ocultaba en su regazo. Un ladrillo le bastó a un fantasma errante para demostrarle al mundo la agónica leyenda que embrujaba su casa. Con fragmentos de un ladrillo mágico, sembrado en el jardín de su cabeza, un poeta declaró la preferencia de cargar su soledad hasta la muerte, antes de desplomarse atiborrado de rocas, caídas de un planeta en que las musas, hace tiempo dejaron de inspirarle. En una sola baldosa un mitológico crack del fútbol internacional, regateó a los marcianos que vinieron a colonizar su fe.
 
El amor de los martes, por más que renazca con las ínfulas extrañas de una aureola infortunada, no supera en lo más mínimo a la llama irascible que abraza la fatalidad idiota de los miércoles, ni a la mecha que prende los viernes por los cuatro costados, ni a la pira inefable de unos sábados de infarto; como tampoco es menos la candela insomne que prodiga en las almas humanas, una suerte de chispeantes ojos y electrocutados cuerpos, cuando dos enamorados se reencuentran.
 
¡Ah, señor Kafkita! Perdóneme ante todo este preámbulo archiconocido por usted, magíster, demiurgo impenetrable que andar debería a estas horas quizás escribiendo otra metamorfosis libre, en la patria sin fronteras de los ángeles. Lo que ocurre es que hoy me cuesta demasiado concentrar mi voz en las huellas de la noche y el silencio. Mis vecinos discuten tan alto todas las mañanas, sobre cosas que ya sé en los almacenes del olvido, que no intuyo un ardid más pertinente que subir los volúmenes de aquella música que anima el corazón a despertarse, si quiero en realidad restablecer la conexión con tus galaxias. La calle me formula un circo que en verdad me aburre más de lo que podría espantarme. A pesar de que preservo en los resquicios de mi móvil, suficiente crédito para escribir, más de 40 mensajes al mundo, prefiero exorcizarme solo, en una epístola sin compromiso editorial, antes de convertirme en un mosquito u otro fumigado insecto por la terquedad de los ecos y de los murmullos.
 
Ya recuerdo la causa o el albur de los dados por el que acerté sin dudas no encubrir la data de esta carta que te escribo, Franz. Esta misma mañana, después de haber jurado respetar hasta la más mínima sombra de existencia, por inútil o antipática que me parezca, aplasté con mi chancleta una inocente cucaracha, que trepaba renqueante, o mareada por la aurora, a través de los mosaicos celestes del baño de mi casa, entretanto corregía a mis antojos mi ordinaria resaca intestinal. Tuve asco de mí por un instante, y quise vomitar por la violencia reprimida de mi isla. Me sentí más pagano que un matón a sueldo, el cual borraba de este mundo sin ninguna compasión, a un ser que decidiera transformarse en un insecto abominable, antes de repetirse en mero chupacabras de la jungla humana o zombi, vampiro de sus pálidas miserias.
 
Pensé que de repente yo podía exterminar al último devoto, de algún mártir recordado por el nombre de Gregorio Samsa. Un indeseable pánico, a que tal vez pudiera ser yo mismo, el próximo aplastado por una chancleta o cutara mayor, se apiadó por completo de mi carne y de mis huesos. El dieciocho es un número que alberga en los oráculos al hombre sumergiéndose de a golpe en un eclipse. Los jueves son jornadas que a estelares bardos, les suponen exclusivas formas de inventarse secretos epitafios. Me lo dijo una amante de César Vallejo. Lo he escuchado en el vientre de alguna mujer que en silencio me adora, y refugia su canto derogándome en un bosque de palabras, escapándose a hurtadillas a la luna con mis madrigales silvestres, temerosa entre la noche de mis algas místicas. 
 
El miedo pone ramas de canela debajo de las lenguas sordomudas y de las orejas miopes. El miedo arroja ajíes de la putamadre en las pupilas de los fugitivos. El miedo nos subvierte la razón en vagas pulsaciones animales, mientras en los periódicos y noticiarios, corresponsales tácitos con ínfimas responsabilidades, se transforman en ebrias mascotas del instinto asesino de los tiempos.
 
Entonces uno comprende, que por grave que resulte la soez estrepitosa, de algún reguetón que se desnuda frente a la mirada pública, es menos homicida que la inercia del lenguaje de una isla desfasada entre los mapas antiguos, que un planeta extasiado en el luto que se atasca en contra de su propia órbita. He visto en los reguetoneros avisparse las ganas de ser libres y prósperos, sin la nostalgia uniforme ni la hipocresía aquella, de esas generaciones que engendraron ritmos musicales más complejos en mi patria, dependientes de su madre Iglesia y de su padre Estado. Suele ser desenfrenada la manera de comunicarse, de este sociocultural fenómeno que se precipita sobre la nación cubana, pero no puedo dejar de aplaudir sus variopintas andaduras insumisas. Tal vez es cierto, que algunos de sus estribillos, paradójicamente, veneren más lo primitivo del hombre y la tecnología, que aquellos ideales adorados por los grandes pensadores de la evolución humana. Sin embargo, me niego a creer que ellos decreten, la bazuca y los insectos, como los símbolos genuinos con que cuenta su milenio; en sus temas declaran no aferrarse nunca, a ese tono de voz que nos prohíbe realizar los sueños.
 
Habrá muchas carestías en su jerga, ímpetus que moderar en cada una de sus zarandeadas, pero sus astros se mueven, compiten y discrepan sin tener que renunciar a producir sus frutos juntos. Habría que anotar también, la calidad del barro que heredaron, y el precario molde que le propusieron, quienes se inscriben a cántaros entre sus detractores. No solapo mis palabras con prejuicios para confesar que los apoyo, más allá de que me guste elevar a mi espíritu con otras melodías menos populares. Advierto que les sobra voluntad, para forjarse sus caminos por sí mismos, y eso es una garantía inigualable en el progreso.  
    
Es tan inútil fajarse a los puños o caerse a balazos contra el mundo, como irse a otro país como si fuera este un gran supermercado, en pos de comprar o robarse un epitafio original. Mejor hacerse amigo de las pocas luces que insinúa el presente, que jurarle enemistad perpetua a las sombras mendigas de la historia. A menudo el pasado nos revela todo esto, y si no, que le pregunten a los diarios que solo el amor pudo resguardar del fuego. Presiento una mentira sagrada detrás del irónico hecho de que Kafka desease quemar sus escritos; tal vez advertía el peligro de que más de medio mundo resultara convertido en un ejército de cucarachas. Es la obsesión de empantanarnos tras las pistas de un enemigo hipotético, quien acaba por volvernos infecundos.
 
Pero bueno, señor Franz, cada quien en verdad es un mundo; tal parece que la vida no le alcanza a uno más que para comprenderse a medias. Dichosos quienes llegan más allá de los tres cuartos y rebasan ese punto sin retorno que tú presentiste. Pues una vez allí, ¿qué sentido tendría volver al abismo? Quien dedica su alma por entero a la cosecha de su huerta, no tiene chance ni siquiera de mirar las malas yerbas del vecino. ¡Ay!, estimado y conjurado Kafka. Fíjese bien por donde van mis pasos y aún no le he dicho la mitad de lo esencial. Me he extendido demasiado en esta carta entre filosofía y versos, sin decir cuánto agradezco sus lecciones y lo mucho que lo evocan en mi tierra, que no sé cómo pedirle me disculpe por tanta inmersión en un vaso de agua.
 
Un abrazo cordial
desde mi amada isla.
 
Maikel Iglesias Rodríguez
 
P.D.: Una última pregunta me complacería hacerle.
¿Qué hacer cuando el nudo gordiano de nuestra existencia, se convierte en un nudo kafkiano?
 
Maikel Iglesias Rodríguez (Pinar del Río, 1980).
Poeta y médico.
Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.