Cultura

Diario de un poeta en Vueltabajo. Minas de Matahambre, un día después de la paz (I)

 

 
 
Por Maikel Iglesias Rodríguez
 
Fotos de Maikel Iglesias Rodríguez.
Una ciudad en lo alto de un cerro
no puede esconderse.
(Mt 5,14)
 
Un pueblo con dos patronas y una historia vinculada a los complejos designios de la minería, fue el primer sitio en recibir mis intenciones de peregrinar, al interior y al presente de Pinar del Río. Animado por el hecho de reconocer, cuánto hay de cierto en lo que muchas veces nos parece imposible, y en qué medida la diversidad hace más bella la tierra en que escribimos nuestra historia, me enrumbé el 17 de abril del año 2013, en este periplo anhelado por la ínsula de Cuba. Resumida y abroquelada misteriosamente, en su extremo más occidental, en la provincia de los sobrenombres más humildes que yo haya conocido: Vueltabajo y Cenicienta.
 
El inicio de este viaje, me supuso una alta dosis de estrés, típica de un marinero inexperto en tiempo de mares picados. Rememoraba en forma casi continua, la frase de Franz Kafka, cuando maduró mi juvenil y aventurero impulso, sobre el riesgo de aprender marinería en un charco de agua, y además las recomendaciones místicas relativas a la expansión de la conciencia en busca de libertad y realización personal. Solo que ya era consciente mucho antes de partir, que todo viaje por extenso o complicado que se nos revele, guarda un paseo inaudito hacia al fondo de uno mismo, que merece descifrarse antes que seamos demasiado viejos para hacerlo.
 
Por eso me embarqué por carretera, escogí para empezar mi circunvalación poética-cubana, los sagrados confines regionales de mi nacimiento, los primeros destellos geográficos que yo vislumbré del mundo. Aunque básicamente, no se trataba de una navegación, puesto que mis andariveles consistían en una singladura bastante terrenal, diferente del estilo del hidalgo explorador, Sebastián de Ocampo, quien según cuentan los cronistas, en fecha tan lejana como 1508, tuvo la suerte de ser el primero en realizar, un bojeo completo por Cuba.
 
Este itinerario mío, revestía su esencia, con un halo brumoso de desasosiego e incertidumbre, no obstante al embriagante néctar de la incitación que nos produce lo desconocido, producto de la precariedad de nuestra época, heredada y sostenida con mutilaciones graves, de las cuales no escapa la provincia de Pinar del Río. Herida en los viales físicos que la interconectan consigo misma y el destino Habana, acechada por especies que reflejan un desequilibrio del ecosistema, entre las que se distinguen, el peligroso dueto Marabú y Pez Claria; magullada con fiereza en sus senderos del alma natural y guajira, por los desmanes del éxodo, el fracaso de las utopías trasplantadas, y el subsiguiente desánimo que puebla las mentalidades, cuando se tardan infinitamente los frutos soñados.
 
Los más próximos a mi proyecto de procesión vueltabajera, me contemplaron desde el mismo instante en que les compartí mis planes, con un antiguo y agridulce pésame en sus ojos, que manifestaba esta aventura como un asunto de locos y poetas, entrediciendo tal vez, que ya no era tiempo de soñar con Cristóbal Colón, Fernando de Magallanes, o Vasco da Gama, o los genuinos heterónimos de Fernando Pessoa, porque eso trajo conflictos para demasiada gente. Los comprendí de golpe, hice el máximo por respetar sus conservadoras dádivas de subsistencia, sobre todo a quienes llevaban encima el peso agónico de la suerte familiar y sugerían permanecer tranquilo o huir bien lejos para no meterse en rollos, quedarse quieto o continuar esperando, si es posible en lo inerte, con actitud neutral, hacerse el sueco en el Caribe hasta que pase la tormenta o termine la guerra.  
 
También hube de hallar a más de un paisano que me propusiera hacerme compañía en esto, debo reconocer a múltiples valientes y fraternos, más allá de cualquier raza, sexo o preferencia, religiosidad e ideología, en este rincón del mundo. Sin embargo, preferí dar los primeros pasos con la mayor independencia absoluta, porque no quise exponer a mi familia, mis amigas o amigos, a los riesgos que supone irse de mochilero por los pueblecitos de esta isla, con recursos exiguos y el multiplicado NO, que ha alimentado los miedos para que los sueños se hagan imposibles. Espero me perdonen mi egoísmo iniciático. Hasta los embarazos gemelares, necesitan un alumbramiento individual. Cada quien debe escribir su propio diario.
 
Pero han partido conmigo en este viaje, incontables espíritus, encarnados y desencarnados, parecidos y distintos de mi alma, gente que me ayuda desde su oración o con el mero pensamiento, incluso con sus rémoras. Sus nombres irán figurando de a poco en estas páginas, a medida que avance y se haga más intensa nuestra travesía. Porque debo apuntar que ahora mismo, estoy a pocos metros de la terminal de ómnibus del municipio cabecera. Tardé 15 minutos en trasladarme de mi casa a donde me imagino, deberá ser mi punto de embarque primordial, y comienzo a mostrarme un poquito nervioso.
 
Más allá de que no llevo prisa, noto que me voy acelerando apenas me aproximo. Son las 7 y 45 de una mañana de miércoles, y se atraviesa en mi cabeza, como un flashazo matutino para meditarlo bien, una idea que quizás viaje conmigo muchas veces, y se haga luz o sombra en los apuntes que llevo: Hemos estado los cubanos, muy apartados de nosotros mismos, durante demasiado tiempo. ¿Qué hacer para que cuanto antes, podamos reencontrarnos con nuestro destino? ¡Ojalá sea más venturoso en el tramo que nos resta! Viajar. Peregrinar. Cambiar. Tres verbos que se me aparecen cuasi mágicos o milagrosos; leves minutos después de que fuera informado, de que los tickets para el ómnibus correspondiente a la transportación de las 12 del día, se han agotado por completo.
 
¡Caramba! ¿Me habré levantado tarde? ¿Regreso a casa y me alisto para el próximo turno que será a la 5 pm? Cualquier cosa menos interrumpir el viaje. Me contesto. Percibo una motivación enorme para este viaje, y sé que postergarlo sería padecer el mal de quienes hacen huracanes en un sorbito de agua o un vaso de granizado. He dormido muy bien la noche antes. Mi energía está al tope y solo deseo llegar antes que el sol se ponga sobre el lomerío. No he dicho aún, que entre mis sueños se halla, la predilección por el arte de la fotografía, y la verdad es que quisiera tomar imágenes maravillosas del poblado de las Minas, de su ambiente. Quiero extraer los extractos más significativos de la realidad, para ayudar a la memoria de mi patria en el futuro, y más que nada, auxiliar a la conciencia del presente nuestro. El SOS o CQD de los parajes donde sobreviven los anhelos de la Cenicienta en su reencarnación vueltabajera, ha hechizado mi alma con un violín insoslayable.
 
Me muestro inafectado por este fatal suceso de la terminal. No es una casualidad. Nada más complejo que moverse de un municipio hasta otro, viajar en este país aunque sea para trasladarse 47 kilómetros, es una odisea de ribetes inimaginables. Mejor salgo a la calle y cojo una botella, o me apunto en la lista de los amarillos (parabotelleros, másteres en autostop), esos seres que recuerdan mi uniforme de la secundaria básica y que tienen entre sus responsabilidades, asistir a los viajeros en sus necesidades más primarias. Ahora mismo se me acaba de ocurrir, que para la selección de los que tengan aficiones por este oficio tan coyuntural o tan sui generis, deberían hacer un casting con criterios parecidos a los del modelaje. Quien se haya quedado botado alguna vez en la carretera, comprenderá bien por qué lo digo.
 
Sin embargo, antes de decidirme por sumarme a los que aguardan en la paradita de la calle Máximo Gómez, me urge preguntarle a la señora del centro de información de la terminal de ómnibus, cuál es la alternativa más viable en tales casos. Recibo amablemente su sonrisa por respuesta, y una frase de sus labios de extraña dulzura para estos lugares, que significó, vuelve mañana temprano o si quieres espera. No es nada personal contigo lo del camioncito que ha bautizado la gente con un apodo homoerótico, porque hay que abordarlo siempre por detrás. El mismo ha de salir para las Minas de Matahambre a todo reventar. Uno más, poeta, y se chiva la ruta para todos. Le doy las merecidas gracias y salgo a caminar como quien llega a un pueblo por primera vez, calmado, fijándome en todos sus detalles.
 
Apenas demoré 10 minutos en llegar a lo que en realidad sería mi verdadero punto de embarque inicial. Se hizo más lenta la consecución de mi plan B, debido a que me propuse comprar unos turrones en un kiosco de los cuentapropistas. Son energía concentrada, genial para estos casos, aunque repugne su exceso de azúcar y prenda la alarma en nuestros genes prediabéticos. Es esta la isla de las Cañas de Azúcar. Vale la pena el maní con turroncitos dulces, y los trozos de coco o chocolate con los que los complementan los reposteros de la calle. Por 8 pesos cubanos, no puede conseguirse algo mejor para viajar, la Red Bull, el Gatorade, u otros reconstituyentes, son inalcanzables para la mayoría del pueblo, y lo más económico, que es el guarapo, debe beberse al instante si quiere ser disfrutado. El guarapo es un jugo pasajero, y eso soy yo en este diario, un pasajero más.
 
La dichosa paradita de las guaguas o de lo que venga, está carente de agentes amarillos esta vez, se ubica frente a una farmacia bastante modestucha, como está descampada la misma, me recuerda una mina a cielo abierto. ¿La farmacia o la parada? La segunda. En verdad la primera se ha surtido con un arsenal de fitofármacos, y la venta posmoderna de condones. La gente busca sombra en el portal de la botica porque el sol que alumbra a Cuba es una bomba atómica que inmunodeprime a veces, nos atonta. Delicioso para estar de vacaciones o hacer vida de turista en nuestros cayos más hermosos, pero no para esperar por un transporte con la incertidumbre de quien sale a ganarse el sustento cotidiano en este suelo.
 
De repente, veo removerse a los que aguardan junto a mí, en desorganizada cola, atraídos por la llegada de una pequeña guagua, marca registrada Girón VI de transportes escolares, de una sola puerta como el camioncito intermunicipal, solo que en este caso, es delantera. Cunde el desespero aunque viene vacía en absoluto la ruta imprevista, dos o tres personas a lo sumo y el chofer que frena de lo más calmado, y se coloca en la entrada del ómnibus color naranja, cristales empolvados, tufo a gasolina, motor de sonido gangoso; y hace el gesto universal del pedigüeño para garantizar que nadie se birle el importe. Acto seguido, la gente empieza a abalanzarse sobre él hasta copar los asientos y todos los resquicios.
 
Una decena de seres humanos entre los que me encontraba yo, quedamos excedentes por la antigua teoría del espacio y la materia. El azar y los colmos pueblerinos, hicieron de nosotros un drástico guiñapo. Después de haber intentado subirnos a como diera lugar en la guagüita, el chofer y los que consiguieron montarse a puros empellones, nos dejaron esperando un pase a gol fuera de juego, convertidos en fatales excrecencias de la jerga cotidiana. ¡Lo sentimos!, pero aquí ya no cabe ni una mosca más -decían los afortunados. ¡Esperen a la otra, por favor!, añadió el chofer, sudoroso y visiblemente incómodo. Por más que le pidió a la gente que caminara hasta el fondo y se apretaran bien, los de arriba se desentendieron de los que sobramos. Nadie se acuerda de los que están abajo, cuando logran subir, máxime si logran conseguirse un buen asiento.
 
Esta última frase, con algunas orlas de la poesía urbana en mi imaginación, se la oí declamar a un señor de mediana estatura, que intentó reorganizar la cola, e infundir esperanzas en los desilusionados. Tenía tipo de eurodescendiente, lucía una barba tenue y descuidada, al estilo de no he tenido tiempo ni buenas cuchillas para afeitarme, me parece; porque una gorra encasquetada hasta tragarse sus cejas por completo, y el maletín rebosante como una embarazada casi a término, con el que pretendió rogarles a los dioses del buen viaje y los caminos su necesidad de parto, de llegar cuanto a antes a su meta, me privaron de captar su imagen más realista. Esto es algo que me encaja sobremanera, en el rompecabezas típico que suelen conformar las personalidades múltiples, en su compleja interacción con los grupos sociales. Es arduo distinguir un rostro en estas iconografías públicas de la supervivencia.
 
Por ello creo necesaria la ruptura del guion estricto que suponen los coloquios de ocasión, y apuesto por la poesía para discernir más hondo, en modo más luminoso, los enigmas diversos del lenguaje interior de los hombres y las cosas. En ese mismo instante en que algunos maldecían, otros se autoconsolaban, y otros se quedaban lerdos por la inminente despedida de su medio de transporte; solo una joven hermosa logró verme escribir sobre el cristal empolvado de la puerta de la Girón Sexta, una palabra de reconciliación para salvarnos, de aquel ánima frustrante que suele dominar a los cuerpos y en vez de uno, los hace ninguno, de aquel tedio matutino que nos ningunea. Puse “Dios”, en la puerta, lo grabé con el dedo índice de mi mano derecha, en letras pequeñas y de molde, pero con la convicción de que, para llegar a lo divino, siempre hay tiempo y se sobran los ómnibus, y no es imprescindible la presencia de agentes amarillos.    
 
La muchacha me miró conectada, tal vez un tanto escéptica, resguardada en su esencia, pero sus ojos denotaban cierta complicidad para conmigo, mientras el resto de los aspirantes a futuros pasajeros, me desapercibían en el medio de la acera. Fue un instante mágico, de esos en los que el tiempo parece no cumplir bien su rol, parecido a ese estado de conciencia que prima en los actos coincidentes y en las anticipaciones lúdicas, cuando alguien le confiesa a su interlocutor cercano, más con asombro que placer, y más con placer que vanidad incluso: ¡compadre!, me robaste la idea, eso mismo que acabas de decirme, yo lo estaba pensando hacía un rato. Tal si fuéramos a ciencia cierta, los propietarios legítimos, de aquellos pensamientos más sublimes de la humanidad.
 
No pasaron ni cinco minutos, y otra guagua de matiz anaranjado, pequeña y de cristalería brumosa, con áspera sonoridad en su rodaje, hediendo a combustible y monopuerta, casi un calco de aquella Girón VI que vimos escurrirse repleta hasta el techo momentos atrás, se detuvo en la parada con desconocida gentileza de esta época, solo que ahora apareció más vacía, a no ser obviamente, tripulada por su chofe. ¡Arriba, caballeros!, -expresó el conductor de manera halagüeña, -es un peso por persona; no se maten, por favor, hay asientos para todos. Subí casi de último y, aún así pude elegir. Hubiésemos viajado en calidad de turistas de primera clase, con espacios de sobra para respirar y contemplar el paisaje; de no haberse demorado tanto el chofe. La gente comenzó a correr la bola, y aparecieron a montones desde todas partes, hasta repletar el ómnibus nuevamente.
 
Dos moralejas pude sacar de esta primera fase de mi expedición rumbo a Minas de Matahambre. No hay que darse por vencido ante la pesadumbre, por más que nos dejen cesante o varado en la calle, pues siempre puede generarse otra oportunidad que premie nuestra espera y avive la ilusión. La segunda, es una inferencia que sospecho trascendente y elemental, porque puede ocurrir en cualquier tiempo o paraje de este mundo. A pesar de que reduzcan, por causas de las crisis u otras pesadillas, los medios de transportes básicos, para trasladarse de un destino a otro, en esta humanidad de seres vivos y seres difuntos, de entes despiertos y entes aletargados, nada podrá matar la esperanza del viajero, porque es una interjección que emana desde su naturaleza.
 
Por fin estoy sentado en la ruta. Los mapas transforman sus valores abstractos en una realidad concreta. Tengo más cerca de mis ojos a la tierra minera y a su gente. Lo subjetivo y lo objetivo se solapan a más del 50 % en mi cabeza. Todavía falta un poco para las 9 de la mañana, y presiento que tendría que estar súper fatal, si no llegase antes de que expire el ocaso por detrás de las montañas. La joven que me vio escribir sobre el cristal de una puerta de ómnibus, mi modesto grafiti espiritual, ha quedado alineada conmigo en la parte trasera de la guagua. Es una cubanita que podría representarnos con sobradas virtudes, en una olimpiada de belleza natural. Sin tanto maquillaje, ni exceso de joyas, ni vestuario a la moda, me deslumbran sus ojos brillosos y sus labios sensuales, de ese tipo de chicas locuaces, hasta cuando están calladas.
 
Nos miramos de soslayo, un par de veces. Absortos en el ritmo que nos marcan las buenas coincidencias. Ella es más mulata que morena, y yo soy más moreno que mulato. A ella la acompaña una mujer que pareciera tratarse de su madre, y a mí la soledad de quien conoce que nadie en este mundo viaja solo. Hay musas circulando, recuerdos, enigmas, deidades. Nos volvimos a mirar, en forma cómplice. Su lenguaje corporal me respondía que no le perturbaba que yo la mirase, pues no había ningún ánimo de lucro en nuestras contemplaciones. Solo la conjunción ascética y fortuita de las vibraciones, de dos seres humanos que al reconocerse, se trasmiten energías venturosas. Ninguno de los dos sabíamos nada de nuestras historias personales, pero de un modo sutil, apenas con la levedad del gesto, nos deseamos suerte.
 
Sin darnos cuenta la guagüita se detuvo en seco y dejó de rugir en una forma que nos advertía, que esta parada era distinta a las que había tenido antes y apenas llegamos a percibir. Ya habíamos transitado más de cinco kilómetros, y esto dejaba entrever para los habituados a estos recorridos, el final de su ciclo. Justo en frente a la prisión provincial de Pinar del Río. Ambientados por una guarapera y, la curiosa combinación de un centro gastronómico estatal y otro particular. ¡Se acabó la peseta!, en esta ocasión el peso. Bajamos todos de la naranjita Girón VI, y cada quien tomó su rumbo o se dispuso a continuar esperando, por otro golpe de suerte, que lo llevara a su meta.
 
Allí perdí de vista a la mulata hermosa. Tuve tiempo de desestimar la idea recurrente de brindar con las delicias del jugo de la caña y escuchar casi un disco completo de baladas románticas, en la onda del más puro pop latino. El olvido de las cosas más triviales se ponía en acción. No sé bien por qué la mente humana es capaz de priorizar en los asuntos de recordación, algunos números o frases o ritmos en detrimento de otros. Exclusivamente, pude activar en mi memoria, entre tantas melodías parecidas a media mañana, los nombres del cantante de ascendencia boricua, Marc Anthony, por ser dueño de un registro excepcional e interpretar con el alma, todas las notas que pasan por su voz; y el de una joven artista que cautiva a muchos con su técnica y su naturalidad, representante de las nuevas voces de la música cubana, de origen vueltabajero, por cierto, llamada Arlenys Rodríguez, de fina sensibilidad y ternura, sabor a miel proveniente de las flores de esta isla.
 
La muchacha que se mantuvo alineada conmigo en el primer tramo de mis andanzas, pareció escurrirse sin dejar huellas por algún trillo o atajo de las cercanías. Es posible que tomara un coche de caballo, el cual por el importe de dos pesos cubanos per cápita, conectaba esta zona de embarque con el kilómetro nueve y los entronques intermedios de la carretera a Luis Lazo. Era temprano en verdad para mí, contaba con un día y medio de presupuesto para documentar en imágenes, una síntesis de la realidad del municipio gestado por las arduas labores de la minería. Tengo minutos de sobra para contemplar y evocar a los espíritus de Cirilo Villaverde, Alejandro Moreau y Francisco Ruiz, quienes redescubrieran el extremo más occidental de Cuba, alrededor de 1839, en su fenomenal excursión a Vueltabajo, la cual llegó a efectuarse en tiempo récord de 12 días, y abarcó muchas zonas, que permanecían olvidadas, o eran desconocidas para el resto de la Isla.          
(Continuará)
 
Maikel Iglesias Rodríguez (Poeta y médico, 1980)
Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.