Cultura

Homenaje a Garrido


 
Por Hilda E. Mateu

José Garrido. Foto cortesía de su familia.

 
Para hablar de Garrido hoy, siento que debo hacerlo con el “alma de rodillas y los pies descalzos” porque estoy en terreno sagrado.
 
Lo conocí en La Habana estando en la casa de Panorama donde vivíamos un equipo de oblatas. Eran tiempos difíciles para los universitarios que querían alcanzar una profesión sin dejar de testimoniar su fe.
 
Como él, todos los estudiantes que procedían de otras provincias se encontraban necesitados de encontrarse como grupo y poder compartir sus experiencias, orar y reflexionar. Siendo las oblatas un Instituto Secular, compartíamos con estos jóvenes situaciones similares en nuestros centros de trabajo y estudio. Así fue como en nuestra casa, que contaba con suficiente espacio, los estudiantes encontraron un nuevo hogar donde a menudo muchos de ellos pasaban los fines de semana, teníamos encuentros de formación, celebrábamos la Eucaristía y también festejábamos las fechas especiales, en un ambiente de verdadera alegría y participación de todos. Aun si no contábamos con demasiados recursos para estos fines.
 
Garrido, como le llamábamos, fue uno de esos estudiantes que llegó para quedarse como un gran amigo de las oblatas, lo que nos dio la posibilidad de conocerle más de cerca y hoy me capacita para testimoniar algo de su vida, y digo algo, porque una personalidad tan polifacética no la pueden agotar mis pobres palabras.
 
Su mirada profunda gozaba de un brillo particular que dejaba escapar el “fuego de su espíritu”, entusiasta y exigente sobre todo consigo mismo. De eso puede dar especial testimonio su gran amigo y compañero de curso Valido. Me contaba que a la hora de mecanografiar la tesis, (pues no conoció el mundo digital) solo alguien como Valido podía hacerlo, cada página se rehacía muchas veces, pues debía quedar perfecta hasta que logró agotar la paciencia de su buen amigo. Estas y otras anécdotas de la semana eran contadas por ambos en clima de franca camaradería, cuando nos visitaban. Más tarde, después de graduado, me contó que trabajando como arquitecto para el Hotel del PCC en Pinar del Río, había que terminarlo a corto plazo, de modo que las palmeras que lo adornaban fueron sembradas a tamaño natural, lo exigía cavar grandes huecos en la tierra para plantarlas pero él cada vez las observaba desde ángulos diferentes y siempre buscaba nuevas posiciones, hasta que un obrero, barreta en el piso le dijo: “Arquitecto, el próximo hueco lo va a abrir usted”.
 
Miembro de la brigada Hermanos Saíz, poeta y con un gran amor a nuestro apóstol José Martí, pero sobre todo, un cristiano comprometido con su Iglesia y con la sociedad, que daba testimonio a cualquier precio de su radical amor a Jesús de Nazaret, en una total coherencia de vida.
 
De una conciencia muy delicada, solía profundizar en aquellos comportamientos que él consideraba podían estar más acordes con su vida de fe. En cierta ocasión organizó su tiempo para hacer un retiro espiritual él solo. Al final me entregó por escrito el resultado de sus reflexiones y lo que había encontrado que debía mejorar en su vida, y de forma jocosa me dijo: además me señalas las faltas de ortografía. Aquellas hojas escritas y bien presilladas, fueron motivo de muchas conversaciones donde, no se él, pero yo salía muy edificada, por su transparencia y porque en su madurez e inteligencia siempre se dejaba ver algo de niño en lo que a inocencia y pureza se refiere.
 
Usaba un lenguaje poco común para su edad y su entorno, tanto en su vida profesional como familiar. Cierta vez me contó que estaba en la cocina de su casa de cara al fogón y empezó a decir. Mamá hierve el caldo, lo repitió siempre en el mismo tono, cuando llegó la mamá no quedaba nada de caldo en la cazuela… Garrido era una persona muy especial, lo queríamos mucho. Teníamos esperanza en todo lo que podría aportar a la iglesia y a la sociedad cubana, pero como dijera Martí, “duran poco los cuerpos donde se alojan las estrellas”.
“Tus semillas al borde del cantero,” siguieron germinando, al calor de los corazones de aquellas que te amamos.
Gracias.
 
Hilda E. Mateu.
Religiosa oblata.