Cultura

Carta de amor a Pinar del Río o Ensayo poético sobre economía local


Por Maikel Iglesias Rodríguez

Postales de Pinar del Río. Fotos de Maikel Iglesias Rodríguez.
 
Querida ciudad,
estoy leyendo las líneas de tus manos
sobre un puente colgante en penumbras.
Cada vez que se desborda el río,
oigo brotar en tus márgenes innumerables canas,
y aunque en sueños navegue al futuro,
a menos de un clic de tu alma,
aún no escuchas el llanto de mi flauta mientras languideces
ni te asombran los pregones de quitrines medievales.
Los turistas no se abstienen para transferir tus mitos al ciberespacio,
a algunos les excitan solo tus mogotes,
cuando algún huracán te desgreña los árboles
y deja a tus casonas de tabaco castigadas en cuclillas,
migrando tu crepúsculo de nobles guajiros hacia un sol jaque mate
de faquires cremados en un inapetente hatha yoga.
Los oriundos votan contra tu inocencia a través de Western Union,
quizás el año próximo convoquen a elecciones libres por telepatía,
¡no es tan fácil posar al desnudo en tus playas virtuales,
ni meter con un golpe preciso la bola de cebo en que nos va la gloria,
en un campo de golf imaginario!
Malecones resecos,
bibliotecas hambrientas de estudiantes y filósofos contemporáneos,
palacios derruidos por la servidumbre extrema,
la academia marginal del ajedrez mueve sus piezas más allá de los escaques,
se rumora que intenta batir
el récord del enroque más largo de la historia.
Bicitaxis embriagados con el mosto explosivo del parque Colón o Maceo,
basta solo poner una bolsa de yogur tres días bajo tierra
y dicen los manuales callejeros que uno puede fabricar una bomba casera;
a este ritmo no dudo que en alguna lista de éxitos
seamos la provincia más atómica de Cuba.
Ojalá los carnavales se conviertan en un reality show de gentil convivencia,
en un folclore vivo que ilustre a las barbaries y pacifique los sueños,
las armas favoritas de los guapos lleguen a ser las flores y las serpentinas.
Le han diagnosticado a tu glorieta subalterna una migraña crónica,
por su casco de albañil adicto al sindicato clase Z o de minero en paro,
sin alegres farolillos ni máscaras de la concordia;
no obstante a que los chicos se deslicen cándidos sobre sus barandillas
creyendo acariciar con sus pestañas el ala prodigiosa de una estrella solitaria.
En los ocho escalones de la Independencia,
dos amantes tropiezan con las heces de murciélagos en los zapatos,
si a una dama reprimida por vestir de blanco
la dejasen escoger su propio augurio,
eligiera de seguro la fortuna iconoclasta
que salpica libremente en las excretas de un gorrión.
En las bancas más duras de la noche,
se tienden bocarriba los borrachos a roncarles a la jungla sortilegios,
hasta que el rumor medroso de los papagayos decreta el cambio de guardia;
hibernan como chalupas al pairo estos bacanes de la vida
tal si fuesen colchones antiescaras o literas hiperbáricas,
las cóncavas láminas infectas
de una absurda concretera insomne.
Candidatas a Miss Universo de la luna,
maquillan los libretos funerales en un cabaret en trámite de emigración,
no le quieren avalar los abogados del diablo la ciudadanía afroespañola.
Mujeres ayunan en gimnasios decadentes sus placeres feministas,
prohibidas tantas emociones como las del bergantín y los aeródromos.
Enfermas de alzhéimer las salas de cine 3 D
y los arcaicos merenderos XL, graves,
por alergia retardada a las mosquitas ponzoñosas del menú.
De misión por el océano ártico se fueron Misericordia y Esperanza Rural,
y también tus mejores leyendas urbanas.
¿Cenicienta, dónde rayos se te habrán perdido las chancletas de baño?
Jorrín y Polo Montañez conspiran desde el cielo
para regalarte un chachachá electrónico de tolerancia.
Pedro Junco y Tambor Yuka
traman ofrecerte una movida versión de Nosotros en contra del racismo.
La familia Linares no quiere poncharse sin hacerle swing
a las curvas de un feudo viñalero pausado en la eterna nostalgia.
Baragaño y el tahúr más eminente de tu Puerta de Golpe,
llevan demasiadas series fuera de este dominó;
mientras quienes prescriben sin fe
una anestesia general para amputarte versos y canciones,
a golpes de hipnosis regresiva y serruchos meteóricos,
te desean el consuelo de volverte una circunscripción diabética,
no más que un dulce apéndice de México o Little Havana.
El himno divino de Rosita Delgado,
se canta con más ímpetu en Miami
que en la Serie Nacional de Béisbol,
los jóvenes prefieren en la cena, picadillo de Fútbol como plato fuerte,
antes de consumir filetes de los dinosaurios en el extrainning.
El mayor pasatiempo doméstico de Cuba ya no es la Pelota sino la Bolita.
Anémicos fanáticos y apostadores,
retiran sus capitales de la comisión de embullo,
lamentan que el concurso de las bolas y de los strikes
degenere en una sopa empalagosa y fría,
con su viejo sistema perezoso de plica y seudónimo,
el mismo perro con el mismo bozal,
la misma mascota con idéntica correa y abalorio,
solo que con más achaques.
Ahora el torneo simboliza un clásico bufé para universitarios,
que suele promoverse entre los paladares con el sobrenombre artístico de:
La Liga de Campeones de la Estoica Croqueta.
Quisiera mantenerme en línea con tu cola de reptil que ayuna en Vueltabajo,
pero nunca he sido yo de esos nacionalistas anoréxicos
y por tanto me enajeno con tus lágrimas de cocodrilo.
A pesar que en tus horas de amnesia,
pretendas colgarte con un cable telefónico
del tronco de una ceiba estéril en la Terminal de Ómnibus.
Nadie da pie con bola en la marea revuelta de tus dígitos
ni descubre la llave que permite acceder a la fuente curativa de tus pánicos.
¿Por qué ha de ser que zambulles
tu espalda en la nada
el día de tu fiesta en honor a San Rosendo?
Tu chacra número cuatro es un móvil sin saldo para las verbenas.
Ya no responde tu sexto sentido al alumbrado público,
ninguna operadora garantiza tu convalecencia;
ni con un aguacero de palo garañón.
El coro de los homeless que mendigan lástima entre tus portales
cantan en spanglish La Internacional,
gratis reproducen las victrolas del olvido
la música de un trasnochado making-off del Asia,
o ese rap que se improvisa con el legendario Cuento de la Buena Pipa,
la radio dispone de un pacto financiero con la prehistoria,
la tele no nos quiere ver felices ni siquiera en un spot publicitario,
las pelis de mi amigo no son gratas a tu fama de princesa autista.
Donde rugen los cimientos de un longevo puticlub,
hace poco se inauguró con bombos y platillos voladores,
un descafeinado sexy bar literario.
¡Se ruega a los clientes que disculpen la rotura de la cafetera expreso!!!
Los chismes relacionan el percance
a los espíritus impuros de ángeles caídos.
Más confusión que latas de cerveza en los recolectores de basura,
y mira que se embriagan tus columnas griegas con la Guayabita Seca,
los buzos de la calle proveen sus escafandras en pozos de vodkas caseros.
Menos campesinos que metástasis de cánceres siguen labrando las tierras,
y mira si son tan endemoniados los tumores
que hasta a los quimioterápicos les hacen trampas.
Cada sombra de una duda escatológica en tus fincas,
deviene en radiación ionizante o en tozudo radical de mamas.
¿Cuántas bolsas de plástico suplican limosna
en la rambla querida del Cuyaguateje???
El cauce del río Guamá ya no sonríe al choteo criollo de los tomeguines.
Se cuenta que fuiste mendiga de cofres robados por piratas y corsarios,
tus zanjas denotan arteriosclerosis
desde el tren de Los Palacios hasta el faro de Roncali.
Un poco menos que nadie es quien puede extasiarse en tus hoteles,
con un brindis de champán sensual en su galaxia de miel.
Una mínima huella de nunca sola nos despierta de esta pesadilla vagabunda.
Y sin embargo,
los duendes perseguidos del nirvana y la maternidad
veneran a tus vírgenes a oscuras,
sobre una cuerda floja de inocencia y plenitud,
se aferran en patines a cantarle a tus quimeras una nana de luz redentora.
Pero juglares, heraldos y nuevas castálidas,
en un solo fotograma de video se enamoran de ti.
Más allá que en tus parques los cisnes
aprendan a danzar a martillazos sobre el lago de wifi.
Te aclaman aún las herencias de las tribus aborígenes, Pinar del Río.
Hay muchos cimarrones todavía
que construyen sus palenques en tus cordilleras,
el mundo tiene fe en las cartas de las mariposas y gladiolos mártires,
porque saben que un mañana libre inundará tus panteones.
Escribir sobre la piedra filosófica con las plumas más serenas del espíritu,
es un diálogo balsámico y profundo.
Las almendras cuando se maduran
no precisan las manos del viento para abrazar la tierra.
Si alguien me juzga soberbio a pintarle un grafiti al corredor de la muerte,
por unirme a las almas que no se silencian mediante los toques de queda,
nunca olvidaré la arcilla de los talismanes de Maruchi,
y ese Quijote Itálico y surfista de las olas peregrinas del otoño;
ambos sobreviven al naufragio,
sin vender sus corazones a la espuma.
No voy a exigir que me venden los ojos jamás,
frente al muro horadado de Facebook.
Solo pido que no llegue tarde el médico forense.
 
Maikel Iglesias Rodríguez (Pinar del Río, 1980).
Poeta y médico.
Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.