Cultura

Cine de transición



Por Maikel Iglesias Rodríguez


Fotograma del cortometraje “Épica”.
 
En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven,
tú te ceñías e ibas a donde querías;
cuando envejezcas, extenderás tus manos
y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras.
 
Jn 21:18
 
 
Un célebre escritor, un barman desahuciado y un utópico coleccionista de estampillas revolucionarias, coinciden en penumbras y discordes soledades dentro de una taberna de licores insípidos. Allí la barra se ha vuelto un cantante de boleros ermitaño, el cual se aferra a su victrola mágica como a una vieja guitarra que agoniza. Si ha de morir la diversión y el ocio ─sugiere en un globito de resuello─, mejor que sea al menos con un gargantazo de cerveza Hatuey, una tisana a la inglesa, cigarrillos condenados a la guillotina, o algún why-exquisito añejado en los toneles errantes de la libertad. Las tres almas suspiran sin saberlo una idéntica pena, zozobran impotentes en medio de la undosa bahía que fue el siglo XX, padecen agostadas por el síndrome de la melancolía eterna.

En el trasfondo de sus conversaciones íntimas, se oyen las alarmas de un galeón recluido en la borrasca, los sueños de sus tripulantes, están haciendo aguadas por los témpanos descongelados de una “Épica” que se revela absurda; pues la máquina del tiempo que el instinto de conservación vislumbra sicoterapeuta y revulsiva en tantas crónicas del arte, ha jugado a las mentes isleñas una carta mañosa y perdedora. ¡Menuda metáfora! Con ella Eduardo del Llano intenta actualizar las coordenadas de la historia de la Cuba más reciente, en un guion agudo y exorcista, para nada Llano en esta entrega, aunque a mi juicio, exigido de mayores trascendencias, demasiado espeso y monocorde para lograr expandir sus mensajes a otras latitudes. Si en verdad quiero que el cine y la literatura sigan evolucionando, no puedo permitirme el lujo de caer en pasaditas de mano diplomáticas sobre los hombros de sus creadores.

Tampoco soy un fan de los adictos a embriagarse con autógrafos. Más allá que carezca mi pulso también, de esas palpitaciones quirománticas que drogan de entusiasmo a tantos críticos, reconozco que las obras que nos ha legado este notable escritor y cineasta, en fértil confabulación con los protagonistas todos de su equipo (cada ser lleva dentro un Nicanor), desbordan coraje y perspicacia, pero no puedo permitirme calibrar la cúspide de los niveles que distingo en su cortometraje “Épica”, a ese tope que alcanzó con sus mordaces e ilustrados filmes, consentidos a refunfuñones ecos por los celadores del régimen, entre los que sobresalen: Monte Rouge, High Tech, Photoshop, Intermezzo o Brainstorm; por solo tantear en el pedazo de cielo de sus creaciones, algunos de los astros legendarios de su serie nicanórica. Pese a que no me sorprendo con el hecho, que en los plenos albores del siglo XXI, se haya visto de soslayo otra película de Eduardo y compañía, en un avejentado Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, lamento que se siga recurriendo en Cuba a aquella distracción tediosa que transpira el juego de un burrito ciego para adultos; ninguna fealdad humana, se ha podido curar ocultando los espejos con sábanas de miedos y supersticiones. Sin embargo, confieso que esperé de “Épica”, menos retrospectiva y más persianas abiertas al futuro. El arte sin los guiños a la luz del porvenir, se torna empalagoso, decadente y frívolo. Creí que las tabletas alucinógenas del choteo criollo, unas tantas ingenioso, y otras tontas, ingenuoso, iban a ser cambiadas por otra receta más universal, más digna de Céfiro, mas nunca deduje que terminaría siendo, un cinismo grecolatino remozado, quien ocupara el botiquín contra el agobio prehistórico de nuestra amada Isla.

Asumir los riesgos que consigna el salvamento del legítimo Virgilio Piñera, merece un aluvión de sinceros aplausos, no obstante, no concuerdo con que deban inflarse las manías virgilianas, a expensas de que se empercudan los hilos dorados de su zamarra ecuménica. A veces extraño desmedidamente al genio Charles Chaplin y a otros héroes de la gesta en que se convirtió, ese período especial increíble del cine silente. Tal vez debiéramos volver a aquellas épocas, en la que el séptimo arte, no se atiborraba de tantas palabras, y las fotos que sus duendes proyectaban detrás de los telones, conferían más valor a los gestos sublimes y a las bellas imágenes. Nada maravilla tanto como lo que inspira risa o un gemido verdadero. Soberbio el camarero que persiste, bruñendo copas aciagas, mientras juega al solitario.

Lo mejor que sucede después de rebasar las fronteras de un buen making-of, es que Cuba está cambiando en sus entrañas y el cine la escolta en su anhelado tránsito.     
 
Maikel Iglesias Rodríguez (Pinar del Río, 1980).
Poeta, articulista, médico y fotógrafo.
Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.