Cultura

Guane, una canoa aparece en torno a los orígenes (Parte II)


Por Maikel Iglesias Rodríguez

Isabel Rubio.
 
 
Ni en lo más oscuro de la noche todo es negro. Ni en lo más pulido de los mármoles de la provincia de Massa-Carrara, todo es blanco. Tampoco el gris es absoluto en la vejez o la tristeza. Siempre habrá gente dispuesta a compartir la luz, generosa más allá de los problemas habituales y eso que llaman fatalismo geográfico, quienes olvidan que el viento espiritual empina papalotes en cualquier confín. Un par de jóvenes de buen humor, me indicó con gran amabilidad en la casa de cultura, la dirección más o menos exacta de mi amigo poeta. Les di mis gracias en mayúscula y casi deletreando. Una señora maternal y joven, en la sede del museo en donde yace en el piso la canoa aparecida después de un huracán de los 90’, dedicó bondadosos minutos de su vida, a explicarme la historia de Guane.
Allí las huellas sublimes de Isabel Rubio, y Jorge Prieto Mestre, un pintor paisajista que la retrató con arte y corazón, tal y como lo hiciera con el excelso patriota Antonio Maceo; me sobraron de guía para mis andanzas. Un monolito de 50 centímetros aproximadamente, pintado con cal o marmolina, en la entrada del museo, en donde se dejaba ver en letras negras, la fecha de 1946, un año en el que los cubanos, reeditaban las gestas independentistas; bastó para que recordase, que el respeto a la memoria fiel de las naciones, no se puede medir por los gestos multitudinarios y mediáticos; se hace más pleno cuando se le rinde honores, desde la intimidad del ser humano, en forma natural, espontánea y sencilla, con los instrumentos que le brinda su propio presente.
Por eso cuando esbozo ideas en mi diario, trato de ofrendar mi más profunda y sincera gratitud a mis ancestros. Yo sé bien que no solo me dirijo a mis contemporáneos cuando escribo, hago todo lo que esté a mi alcance para conectar con los seres de siempre. El poeta Damián, es alguien que comprende bien la necesidad que tienen de expresarse los espíritus humanos. Hace milagros con tal de conseguir comunicarse con el mundo en décimas, sonetos o en versos de estructura libre; descubre y reinventa sucedáneos de Internet. Merece que le estreche mi mano y me acerque a su retiro para motivarle. Deseo compartir con él, algo más que mis inéditos escritos, el fulgor de una lámpara que afirma que nuestra vocación literaria, no es una luz para esconderla debajo de la cama. Le traigo una revista independiente del Estado y de la Iglesia, así como varios de los archivos que la noche anterior, guardaría con sumo cuidado en una memoria flash diminuta y de color azul, con 8 GB de capacidad.
Casi en las inmediaciones del antiguo y agrietado templo católico, vive mi amigo poeta guanero. Su casa es muy fácil de localizar por su estructura colonial y cercanía a la calle. Se ubica en una arteria en donde se distingue, una bodega típica de pueblo, haciendo esquina; algunos habitáculos pidiendo compasión, a punto del derrumbe; varias residencias emperifolladas y vistosas, una de ellas, guarnecida con pequeños leoncillos dorados en el culmen de su escalinata; además de la estación inconfundible de la policía. No obstante a este oficioso mapa, es difícil hallar a un poeta-bohemio, una jornada después del jolgorio pueblerino. Quienes conviven con él, me sugieren que vuelva más tarde, pues no saben el rastro de su paradero actual, o prefieren resguardarlo de visitas extrañas.   
Mejor a la iglesia, por supuesto, que hacer fotos o preguntas en el cuerpo policial. Quisiera conocer al sacerdote de manera personal, entregarle algún mensaje de católicos amigos, y ofrecerle mi visión fotopoética, de mi paso reciente por otras localidades. Si tengo chance le preguntaré la opinión que tiene sobre la leyenda del cura de Guane; si conoce algún detalle sobre los rumores provincianos, que relatan con aires de erotismo y gran comicidad, el carácter libertino de un clérigo que ya pasó a la historia. Creo que más vale optimizar el tiempo y concentrarse en lo esencial, máxime si es la primera vez que veo al párroco y, llego a ser recibido en su templo sin anuncio previo ni membresía religiosa alguna.
Aunque estaba cerrada para visitantes, había gente trabajando en el recinto eclesial. En vez de tocar en la vía principal de acceso, mediante un golpecillo de aldabones que no logré divisar, quizás inexistentes; me arrimé a la ventana que se hallaba abierta, y decidí extender mis saludos a un señor que hacía apuntes en un fajo de hojas y que por su generoso porte, me daba la sensación, de ser, si no un buen secretario, un tipo de persona muy entendida en las cuestiones religiosas de su pueblo. Cruzamos las palabras habituales, y acto seguido me atreví a hacerle mi petición. Antes de solicitarle de una vez mis propósitos, el hombre me escaneó con su mirada y preguntó quién era y de dónde procedía. Limité mi respuesta solo a presentarme como alguien que estaba de paso; no era más que un peregrino que venía de Pinar del Río.
Yo estaba dispuesto a esperar lo que fuera necesario, requería que el sol mitigase sus fuegos, para hacer mejores mis encuadres. En menos de lo que podría imaginarme, fui recibido atentamente por el sacerdote, quien además de aceptar las humildes ofrendas que traía en mi mochila -entre las que se hallaban la edición 32 de la revista Convivencia y un segmento audiovisual resultante de mis impresiones sobre el municipio Minas de Matahambre-, tuvo el gesto de invitarme a subir las escaleras de su templo, hasta que me aproximó al salón en donde se ubicaba su computadora. Para ese entonces, ya se había recuperado del asombro inicial, con el que correspondiera a mis confesiones, de ser un poeta amante de las fotografías, que se encontraba viajando por los pueblos de Vueltabajo, corriendo con la misma suerte de los peregrinos.
De un modo vertiginoso y tenue, cruzaron por mi mente al distinguir el mensaje de sus ojos y su rostro, los complejos signos que reflejan la verdad de la existencia en un sitio del mundo, donde lo que suele ser común para la historia de la religión o de las religiones, todo aquello que es frecuente en la tradición de los seres humanos, tiene un halo de extrañeza que nos sobrecoge ante las cosas más sencillas. Supe que el Padre se nombraba Darío, que era de procedencia italiana y, llevaba apenas un año en el país. Le di mis señas con afecto y revelé que yo no era precisamente miembro de la religión católica, pero tenía muy buenas relaciones con algunos de sus fieles.
Durante nuestra plática gentil y sobria, me preguntó sobre el carácter de la publicación, frecuencias y el modo de acceder a ella. Estaba bien informado de las resonancias universales que su predecesora revista Vitral había suscitado fuera y dentro del mundo católico, también de los esfuerzos éticos de su director, Dagoberto Valdés, y el de sus múltiples colaboradores, por mantenerla fiel a sus principios. Aunque no lo conocía personalmente, algunos de sus colegas más cercanos, le dieron varias referencias de su obra. Él mismo era testigo incluso de sus pensamientos y meditaciones para Cuba, agrupados en el libro “La libertad de la luz”.
Debo signar que una vez trazados los primeros puntos de nuestra conversación para construir el puente de amistad y saberes fraternos, Darío saltó por encima de las obligaciones que lo tenían ocupado antes de mi llegada y me permitió conocer a Wendy, una joven artista de la comunidad, y a otra señora de aspecto bondadoso y madura en sus años, que les acompañaban en sus labores eclesiales vespertinas. Con ambas, pude compartir que mis ofrendas no eran solo para el sacerdote, sino que se las entregaba en su persona a todos los guaneros y guaneras que quisiesen recibirlas. Tenía otras cosas que brindarles en mi dispositivo de memoria azul y diminuta, sobre la creación independiente en la que he estado inmerso en los últimos años de mi vida junto a otros amigos, pero sentí de veras que nuestro primer contacto, dejaba satisfecha a las dos partes. 
Partí de la iglesia agradecido por la hospitalidad recibida. No faltaron los buenos augurios ni la invitación para una próxima visita a sus predios, un tanto más sosegada. El clima era menos adverso para caminar y hacer fotografías. Detuve mi mirada en los tejados coloniales y en las invenciones criollas de supervivencia. Otra vez de curioso a la entrada del pueblo, a su estación, a sus parques, al serpenteo manso de su río, con los ojos posados en la majestuosidad apacible de su hermosa cordillera, enfocado en las calles principales y en el trajín de la gente en plazas públicas. Barberías, estadio de béisbol, bisoños practicantes de judo, el ambiente del barrio conocido por el nombre de Pulguero. También una incursión honrada al cementerio, hasta encontrar señales del sepulcro, donde yacen los restos de la patriota insigne.
El espíritu de la mujer indómita, seguía fascinándome. Isabel Rubio, hay seres que ni aún después de muertos dejan de inspirarnos vida. Tú eres una santidad. Continúas siendo fuente a pesar de la sequía y el letargo pueblerino. No solo en Guane, te recuerdan. En Cuba tú mereces más de una oración:
 

Plegaria a Isabel Rubio Díaz

(Una mujer glorificada por el fuego y la ternura)

Santa Isabel, heroína mambisa.

Enséñanos a amar la Patria de los sueños

y el modo de infringir los muros que los hacen irreales.

A curar las heridas del alma en nuestros campos,

a defender la paz con libertad y justicia.

Médica de Vueltabajo,

capitana celeste que expande dulces mantas por las serranías.

Revélanos las notas de tus himnos más heroicos.

Inspíranos el canto que libera de la sombra a los cautivos.

¿Cuántos milagros surgieron con tu voz

del misterio que a los hombres pareció ser nada!

¡Cuántas mariposas y sinsontes se salvaron en tus manos

tras el agrio vendaval de los oprobios?

Por las sendas infinitas que convergen

en la luz que despierta al universo,

te debe una ciudad más de un abrazo,

regresa a la Nación la gentil brisa de los ángeles.

Porque tú te entregaste por entera a la verdad,

sin un ápice de miedo a los olvidos.

Cada vez que un mutilado candelabro expira

y las noches degluten con sorna la esperanza,

tu fuente resurge majestuosa,

para devolvernos libres de las brumas.

 

 

                                   (Continuará)

 

Maikel Iglesias Rodríguez

(Pinar del Río, 1980).

Poeta, articulista, médico y fotógrafo.

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