Cultura

Habitación 104, cama 24, tensión arterial por debajo de cero (parte I)


 
Por Maikel Iglesias Rodríguez

Templo de San Diego. Foto de Maikel Iglesias Rodríguez.
 
 
 
 
 
I (despertar)
 
 
Partí a las 5 y 30 a.m., tras desayunar una jarra de leche con chocolate, y haber combinado en formas sucesivas, una oración a Paula de Montal, un mantra al divino Krishna de las antiguas escrituras orientales, y el rezo más venerable de todos los rezos budistas: Om mani padme hum. Solo seis sílabas para reanudar el viaje, asientan mis pies a ese camino enfangado y oscuro, que une mi casa con la carretera central, al tiempo en que recibo sobre mis andadas, finas gotas de lluvia creciendo con celeridad en los charcos, anunciando un aguacero prolongado y urgente, que amenaza con colmar cualquier embalse y conseguir que los arroyos se desborden. Desde hace varias jornadas, todos los afluentes se encuentran revueltos, son los últimos días de mayo y el verde en sazón de los campos de Pinar del Río, va de a poco adquiriendo esos matices que lo caracterizan, con un cromatismo único; en espera de que el sol los haga refulgir todavía más vivos. Verde Pinar, verde más bello que todos los de Irlanda y Benetton, verdes de Vueltabajo, color(es) incomparable(s) en sus sabanas y montañas, que no por minúsculas o más enaltecidas, dejan de inspirar a los escaladores, cantos sagrados y hermosos, como si por azares, estuvieran en medio de un ascenso a través de las laderas abruptas del exorbitante Tíbet. Aunque es llano el escenario en mi primera etapa del día 29, comienzo a despertarme a cuentagotas mientras acomodo el paso, con una austeridad más instintiva que consciente y menos automática que vivencial, puesto que al ser esta, la tercera fase de mi expedición, mi cuerpo ha comprendido la importancia que tiene respirar en grados cada vez más óptimos y puros. Nadie logra despertarse de un golpe a las 5 o a las 6 de la mañana, ni puede inflar un globo aunque sea de los más pequeños en un cumpleaños, con tan solo un soplo, a no ser que se trate de un gran trombonista; en cambio, sí pudiera conseguir que se desinfle de una sola hincada. Ninguna hora del día tiene el don por sí misma de desentumirnos al ciento por ciento de la pesantez que nos confiere el sueño. Es preciso encarrilarse en el sendero del alba de forma progresiva y sin grandes aspavientos, que más tarde tengamos que pagar cuando el calor y el cansancio liguen sus emboscadas durante nuestras faenas, para hacernos caer descerebrados, a mitad del sendero. Una breve gimnasia matutina, aunque no sea en un estilo tan ritual, puede prepararnos mejor junto a los rezos, frente a las incertidumbres que generan los días. Por ello me deslizo de manera pausada por el terraplén que irriga mi vecindario, a la par que voy orando en balbuciente tono rumbo a otro municipio de esta travesía poética. En esta oportunidad, la meta se encuentra a más de 60 kilómetros de la cabecera provincial, y el nombre con que han sido designadas sus tierras se le debe a un apellido de origen hispano, concerniente a una familia que a principios del siglo XVIII, decidiera instalarse en esta zona intrincada, casi en calidad de virgen, para emprender nuevas historias en intensa comunión con los destinos de los pueblos ganaderos.
 
II (leves oleadas de vida)
 
Aún no son las seis en el reloj de mi teléfono. No recuerdo, si he apuntado en algún sitio de este diario, mi desapego natural a los cronómetros que dictan nuestras vidas desde una pulsera. Por más que admire las obras encomiables de los relojeros suizos y esas esferas majestuosas que cuentan historias en los frontispicios de las catedrales o estaciones de trenes, prefiero el tiempo que marca mi ritmo interior, al que registran los compases exteriores. Mis péndulos más trascendentes, son aquellos que pulsan desde mi corazón. Ahora siento potenciarse esa energía que viene desde adentro y nos permite caminar más allá de lo que llaman imposible. Estoy en el amanecer de otra excursión. Son una majestuosa sinfonía los sonidos que armoniza la naturaleza. A ambos lados del trayecto hasta mi primera pausa, son absolutamente disfrutables los cantos de batracios y otras criaturas menos reconocibles para mis oídos, recién conectándose a la génesis diurna. Los sapos bien podrían entonar los tonos bajos de esta emanación coral, las ranas representan los contraltos y algunas avecillas hacen de mezzosopranos; de un modo en su conjunto, que parece que apresuran el alba, o intentasen reanimar al gallinero. A estas horas de alborada, me resulta un suceso de bastante extrañeza que los gallos se mantengan cohibidos. No es tan fuerte la lluvia, pero marcha atravesando el aire como si este miércoles, fuera un adagio in crescendo en la memoria colectiva. Recuerdo en este instante, lo esencial del diálogo que había tenido el día anterior con mi amiga Yanet. Olvido en este soplo de tiempo, la gran cola gigantesca de pesares que se opone a los viajeros en Cuba, máxime cuando una vaguada que zarpa desde el Golfo de México, desafía las maltrechas comunicaciones que tiene nuestra Isla con el mundo, y sobre todo consigo. A pesar de que reconozco la gran inteligencia que se expresa en la mujer, creo que mi amiguita exagera el poder de los libros y de las academias, al decirme que lo más saludable porque es lo común, es permanecer en casa mientras cambia el clima. Es lógico que nos suceda esto en nuestra etapa universitaria, sin embargo, las experiencias que otorga la escuela de la vida, pueden hacer tambalear todos los dogmas. El gris que para algunos significa algo nefasto o neutro, tal vez conseguiría atribuirle a mis fotos, una carga semántica que guarde relación con esta era. Agradezco los consejos de los seres que se hallan más próximos a los altares de mi alma, pero cuando el corazón prescribe moverse de veras hacia a alguna parte, debemos seguir al dedillo cada trazo que este nos indique. He visto perecer a mucha gente en este mundo, en espera de los días ideales, sin haberse arriesgado a consentir el plan, que la voz de su destino señalase en el silencio. He aquí la primera lección de mi partida en ciernes hacia Los Palacios: cuando sea tu corazón el que te inspire, atrévete a bailar aunque no aciertes los pasos de moda. La existencia es un viaje impostergable, donde siempre arribamos a los sitios, de los cuales habrá que despedirse aunque nos duela. Alguna vez, después de habernos detenido luego de algún plato de comida o una ración de sueño, después de complacernos con los néctares vitales o atorarnos con cualquier obstáculo, ha de hacerse incoercible nuestra fe en el ser humano para demostrarnos, que la vida es una suerte de odisea, donde lo que más conviene siempre, es seguir adelante. Es cierto que volver a los orígenes, hacia ese seno piadoso donde los grandes amores nos esperan, tiene una connotación para los caminantes, catalogada de índole sublime; no obstante, el milagro que significa expandir la conciencia de estar vivos, experimentar la plenitud que nos concede recorrer las páginas del libro de la realidad, es una gratitud incomparable tras el llanto de nacer. Es asombroso que faltando 10 minutos para que los relojes dicten la seis de la mañana, yo sienta cada vez más dulce, yuxtaponerse en mi contexto insular, o sea, rodeado de mareas salinas; el sonido inconfundible de la ruta 6, el primer cántico identificable de los gallos en lo que va del día, y el ritmo interno de mi alma registrando con el segundero férreo de la voluntad, las horas señaladas por la luz. Debo partir hacia otro punto de los mapas de mi Vueltabajo querido, aunque se pinte de tormenta nuestro cielo, porque la misteriosa voz de la conciencia y solo ella me lo indica hoy.
      
III (calentando corazones)
 
Estoy delante del palacio de Guasch. Es imponente su figura, más allá del deterioro que ha sufrido. Todavía me pregunto cómo pudo un doctor de origen barcelonés, concebir en el Caribe una obra semejante. ¿Cuál habrá sido su secreto para hacer que esos terribles monstruos que nos intimidan en la noche, esos sapos gigantes, raras bestias marinas, esos rostros de cerdos incrustados en su frontis, se transformen al amanecer en criaturas dóciles, hermosas, amadas por todos los niños? Creo que esto solo puede ser posible, en el destino de quien fue capaz de guarecer (Guaschrecer), las mejores palomas del mundo. Se cuenta que este hombre al que tildaban de loco, concibió mientras curtía su intelecto en los enigmas médicos, una de las primeras asociaciones colombófilas de su tierra. ¡Ojalá viva por siempre este tipo de locuras, que crea palacios originales en medio de la nada! Ni siquiera intuía a este minuto, en que contemplo el legado asombroso de Francisco Guasch, que otras edificaciones ubicadas en los predios del municipio Los Palacios, tendrían el poder de aleccionarme sobre lo que puede construir el ser humano, según su visión del mundo, órganos sensibles, sentido de equilibrio y libertad, energía luminosa, respeto por el arte, amor a la naturaleza y a la propia vida, además de los recursos materiales necesarios, dispuestos en las manos de seres competentes, creativos e ingeniosos. La hacienda del extinto senador Manuel Cortina, un cubano con suficiente temple y altruismo para dedicarlo al sueño de edificar nación desde su patria chica; me concedería después de tantos años de esplendor y decadencia provinciana, las imágenes más prodigiosas de todo el patrimonio arquitectónico de Los Palacios. Una vez que ya estuve de vuelta, tras haber recorrido los poblados de Paso Quemado, San Diego de los Baños, La Güira, y otros hermosos parajes rurales, me senté a meditar sobre las huellas de este hombre universal. Pude corroborarlo mientras revisaba en casa, un gran libro de historia que cuenta con la firma de uno de los más fieles testamentarios que yo haya conocido: el señor Wilfredo Denie Valdés, quien consagrara su vida por completo a contar con autenticidad las memorias vueltabajeras. En una de sus páginas más aquilatadas, puede leerse una frase atribuida al sabio y humanista senador llamado Manuel, la cual conmueve surtidora y elegante en sus esencias, porque tiene la beldad de las palabras cuando son vigentes: “Todos tenemos pasiones en el corazón; todos tenemos fanatismos pero, señores, en momentos peligrosos como estos, no es el fanatismo ni la pasión lo que salva al país; a la Patria solo la salva la comprensión”. Gracias, Dr. Guasch; gracias, ministro Cortina, por enseñarnos el don de construir con ética y estética. Le duele a más de una generación, el hecho fatídico de no haber trascendido todavía, los seriados y burdos compartimentos de concepción soviética, que llegaron a plagar las tierras primorosas de esta Isla. Aún en los pórticos estropeados del Palacio que ideara el gran galeno, me siento mucho más humano que en cualquiera de los pisos de los edificios que apodan como “12 plantas”, esos mini-rascacielos grises erigidos para sobrevivir, en el crepúsculo del siglo XX. Por suerte, siento las primeras luces y ahora el clima me permite soñar con un buen viaje a la naturaleza, porque avisto una guagua casi medio vacía que aparenta elegir la dirección hacia la capital de Cuba. Que la lluvia haya cesado tan temprano en la mañana, podría ser un gran presagio. Convergen felizmente apenas un instante de abordar el ómnibus, la pujanza indomable del sol cuando trata de abrir con sus torrentes de fuego las pesadas nubes, la dulce melodía en fa menor que he dedicado a mi musa y me sorprende a cada ratos en el servicio de despertador del móvil, y la estampa divina de una señorita vestida a la usanza de doctora a las seis y veintitantos antemeridiano, la cual advierte la apacible alarma de mi celular, durante el tiempo necesario en que consigue trasmitirme, el raro mensaje extraverbal, de quienes han de compartir itinerarios similares por más que lo ignoren, vocaciones y destinos semejantes. Ella desconoce que yo he sido médico, y a mí me huele extraño o más que nada, mágico que esa joven decida bajarse también, en el mismo puente repetido de autopista, donde yo resuelva quizás afortunado, detenerme.
              
 
Jamás cantes victoria antes de concluir el juego. No te figures que por el simple hecho de hallarte acoplado sobre una cómoda poltrona de avión, la meta te recibirá segura de tu éxito en la gira de trabajo que te envuelve, ni aunque sea turística. Un mediano artefacto rodante modelo Busscar, con visos de remiendos temporales a base de piezas recicladas, al parecer inherentes a otros vehículos, sería el transporte que habría de acercarte al municipio de turno en tus andanzas. Llegarías a suspirar en grado apacible y hasta un poquitín risueño, cuando te dijeran que tras abonar 10 pesos en moneda nacional, podrías conseguir espacio para ti e incluso tu mochila, en este carromato estilo bus urbano; habían transcurrido solo escasos minutos desde tu arribo a este punto de embarque, después que tomaras saludable decisión al rehusar la terminal de ómnibus, por parecerte harto congelada y susodicha madriguera para los viajeros, como si fuese una gran computadora suspendida desde un punto céntrico de la ciudad, con tal de regular el tráfico informático entre los internautas. Pero este tú que te ronda desde un lejano horizonte, una vez que contemplas fabuloso al paisaje tras las ventanillas, haciéndote creer que hoy es una jornada en que la gente te trata de usted, a pesar de que no tengan intenciones económicas contigo, ni se asientan los diálogos corrientes en los cauces predecibles de la hipocresía; es no más que un espejismo mañanero, una fata morgana en medio del océano. La música trivial que reverbera en las bocinas de la guagua, al unísono de ese timbre calamitoso que destila su viejo motor, tiene suficiente fuerzas de atracción para desbaratarte un sueño idílico. Inefectivas las prácticas yogas a esta altura del rodaje en la autopista. Pensar, por ejemplo, que el cielo cuando quiere demostrarle a las tierras de pastos resecos el amor que le profesa, suele enviarle millares de abrazos mediante la lluvia, o que el barro agradecido de su gesto se torna de un verde calibre pinar; pudiera ser un truco baldío de personalidades trocadas encima de un vehículo que se detiene a solo tres minutos de la 7 a.m., rebasado el entronque del pueblo de Herraduras, con la mala noticia de que algo se ha roto. Es cierto que los pasajeros al principio no protestan, porque hay música alta y una cosa parecida a esta, ocurre todos los días en las carreteras; sin embargo, un ligero zumbido abejuno nos vincula en pos de atraer mejores vibraciones. El rumor de la gente ante el fatal desperfecto del ómnibus, tiene en su seno dos mensajes elocuentes de esta contemporaneidad. Lo peor que puede acontecerle a un trotamundos, es que se quiebre su ruta antes de que salga el sol, mucho más si quedan lejos los puentes intermedios donde suelen conseguirse las “botellas” o los aventones. La indeseable obstrucción que estuvo a punto de sacarnos de jonrón por las ventanas, tuvo la atenuante de que en nuestra realidad, choferes y mecánicos son una misma cosa. Todo conductor en Cuba, mucho antes de que obtenga su licencia, ya sabe un poco de tuercas, tornillos, bujías, radiadores, palancas, sistemas de frenos, amortiguación, tubos de escape, aceite, gasolina o petróleo. Conducir y reparar, tienen en los calificadores de cargos de las circunstancias nuestras, la misma numerología para todo. Opción 1: Hay que resolver a como dé lugar. Opción 0: Debemos estar listos para darle un empujón al armatoste o, echarle cuanto líquido de los que proveemos, se asemeje al combustible que precisa el arranque. Felizmente, las buenas artimañas del chofer y su ayudante complacieron nuestras rogaciones de cabeza, antes de que nos bajaran descompuestos de aquel cachivache. En menos de cinco minutos, la remendada Busscar, con fragmentos australopitecos, o de cualquier especie antigua, retomó la marcha por la vía rápida de la autopista con un ritmo por fortuna que nos pareció bastante promisorio.
 
Maikel Iglesias Rodríguez (Pinar del Río, 1980).
Poeta, articulista, médico y fotógrafo.
Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.