Cultura

Habitación 104, cama 24, tensión arterial por debajo de cero (parte III)-de la serie “diario de un poeta en vueltabajo”


Por Maikel Iglesias Rodríguez

Postales de San Diego I. Fotos de Maikel Iglesias Rodríguez.
 
VIII (el camino de San Diego)
Se mantiene la rémora de trasladarse en Cuba, gravitando cual espada de Damocles sobre nuestra conciencia. Un país que prácticamente lo hicieron los viajeros; pues hasta los aborígenes, venían desde otras orillas a desarrollar sus tribus en esta ínsula y sus cayos adyacentes. Es, el movimiento fluido y armónico de los isleños, lo que les confiere a sus tierras una dimensión continental. En cualquier parte del mundo, disminuir los obstáculos en pos de desplazarse, marca la diferencia en cuanto a evolución. Es una necesidad perentoria, mientras haya vida y voluntades que la echen a rodar, favorecer el libre flujo de los seres humanos y sus creaciones, hacia donde quiera que este fuere requerido. Por muy lejana que parezca la invención de una superpoblada y floreciente urbe, de una aldea escondida en el trasero del planeta, tienen derecho sus tribales a soñar que una mañana estas virtudes extranjeras, se hagan realidad en sus propios espacios. Aunque persista dividida o tenga una comarca insuficientes comunicaciones con sus semejantes, no hay nada más cierto, que toda la tierra le ha de pertenecer al hombre entero.

No a un hombre, ni a dos, no a una sola mujer ni a unas cuantas; sino a todos los hombres y a todas las mujeres. En el caso específico de Pinar del Río, apenas una arteria o arteriola entre las tantas que irrigan los órganos del mundo, debe ser purificada de nocivas placas que la enferman de arterioesclerosis, y hacerse más flexible para que la sangre circule a un ritmo superior dentro de sí, sin que se perjudiquen la calidad de los nutrientes que transportan sus células. No hay que olvidar, que la circulación sanguínea, es un proceso donde viajan también, muchas sustancias con carácter de remanentes tóxicos. Sin embargo, percibo que la insuficiencia cardiovascular que hoy aqueja a nuestro país, es más de índole cardíaca que arteriovenosa. El quid del síndrome de carestía en Cuba, tiene mucho que ver con ese músculo especial que la gente denomina bomba. Es en el corazón donde se duele más la Isla, apenas bombea con fe la sangre que llega a sus aurículas. Las terapias al estilo de disminuir presiones o incrustar modernos marcapasos, ya no le resuelven porque se ha infartado mucho el corazón cubano. Creo que precisa un trasplante de inmediato, o lo que sería mejor, porque les beneficiaría a todos, volver a enamorarse de la libertad del mundo. No obstante a que sepamos que el amor, es un misterio muchísimo más grande que el que implica a los atrios y ventrículos civiles, debemos intentarlo siempre. Pero amar no es evadir los deberes y derechos humanos, sino meterle el pecho a los asuntos primordiales de la vida.

Así que voy como un cohete en busca del esperadero, para ver si conquisto una novia que me alivie y me adelante en el camino. Son las 11 y 42 de la mañana, siento que he dejado atrás a presuntas amantes, extraño sobre todo a una mujer que habita a miles de kilómetros de aquí, y aunque se me ha hecho tarde en mis propósitos de conseguir boleto en “La Aspirina”; me siento con potencia en el sentido literal de este vocablo, no necesito Red Bull ni una Viagra para soportar la dilación y la séptima categoría de los medios de transporte intermunicipales. Seguro que me bastará con un pancito con croquetas, y un guarapo con hielo, entretanto la llovizna sigue aminorando los hollines, adheridos como ríspidos tatuajes a la arquitectura. Salí fortificado del museo municipal de historia, luego que su generosa guía, tal vez un poco aburrida del marasmo pueblerino, me presentase con orgullo a la heredera de los Hermanos Troncoso; dos mártires que fueron consecuentes con sus ideales, más allá de que la intolerancia y la brutalidad, que imperaba en los gobiernos de su época, les truncaran a golpe de balazos sus vidas juveniles y altruistas: Enrique y Adrián, pese a que aparezcan poco en la historiografía cubana, han dejado en la memoria colectiva de nuestro país, profundas notas y valiosas referencias para cualquier tesis que se empeñe en estudiar el presente y porvenir de Cuba. Aunque discrepo con ambos, en el tema del empleo de las armas violentas, en la consecución de los fines más nobles, respeto sus legados y prosigo en los senderos de mi patria, declarando mi eterna gratitud para quienes la amaron de veras y ofrecieron sus almas por su dicha. Ya estoy apretujado sobre el camioncito aquel, que tiene por alias el nombre comercial de la perla más preciada en la corona de la firma Bayer, y he de rebasar los márgenes del río Macurije con destino a otro río nombrado San Diego, el cual atesora en sus revueltas aguas de estos tempestuosos días, innúmeras memorias prodigiosas.
 
IX (a veces en medio de la ruina afloran las verdades más profundas)
 
Después de haber indagado, cuánto equivalía alojarse una noche en el hostal Libertad, y recibir por única respuesta, más allá de las palabras de rigor, el apreciable gesto de una sonrisa tierna, cariñosa, compasiva, si bien un tanto desaprobatoria, de una mujer que tras el recibidor de su posada, afirma un alegato bastante predecible: “lo sentimos joven, en estos mismos momentos, todas nuestras capacidades, están cubiertas por los obreros de una empresa estatal de comunicaciones, llamada ETECSA; solo con 9 pesos y 20 centavos, podría usted hospedarse durante 24 horas, pero, no es posible aunque quisiéramos ayudarle a pernoctar aquí”. Tras este trago fuerte, que equivale a un añejo centenario del licor por excelencia de Pinar del Río, una Guayabita Seca que precisa degustarse sin cubitos de hielo; vinieron a mi mente los recuerdos distintivos, de un pasaje anterior que en calidad de amparado por una amiga extranjera, me habían permitido conocer la geografía deslumbrante de San Diego de los Baños y algunos de sus misterios. Una tierra que obtuvo su renombre, gracias a los favores de un balneario mineromedicinal que fue redescubierto, según cuentan algunos pobladores, por un esclavo proveniente del África, que ceñido a las hostilidades de un cimarrón afligido por una infección en su piel, dio milagrosamente con la cura de su maleficio y, tuvo la nobleza de llegar a compartir la buena nueva, no solo con los demás esclavos, sino también con quienes habían sido sus verdugos. A esta leyenda matizada por los dulces prodigios de la conciencia popular, que es bálsamo y lección al unísono de nuestro Vueltabajo, debo adjuntar las asombrosas ruinas de la finca de Manuel Cortina; un pinareño digno e inteligente en dimensiones tales, que en cada hoja de sus relatos biográficos, aún por escribirse, haría trizas los chistes que en gran parte de Cuba, suelen contarse contra la humildad e ingenuidad del pinareño.

Este gran hombre, además de legarnos un estilo genuino de arquitectura cívica y política para la nueva Cuba, fue sabio en concebir una hacienda excepcional donde mostrarnos, los tesoros culturales más sublimes de este mundo. Sin embargo, al mismo tiempo que esta remembranza acontecía en mi interior, también se me revelaba la premonición vital, de que al fondo de los pueblos solo se consigue pasaporte, en virtud de residente inquieto o peregrino, no obstante a la profundidad de campo y el número de píxeles de tu cámara de fotos. ¿Qué puede hacer un simple ciudadano, frente a los designios de una institución, que copa las habitaciones más baratas y deja solo a los viajeros la oportunidad que ofrecen, las pocas casas de alquiler y un hotel que nombran “Mirador”, si ambas opciones exhiben tarifas imposibles a los ojos populares? Por fortuna, unos minutos antes de este fiasco en el hostal Libertad, yo había recibido algunas esperanzas de parte de la recepcionista del motel Saratoga; un céntrico remanso abandonado al azar de huracanes y humanas indolencias, el cual disponía de un servicio dirigido en lo fundamental, a los seres aquejados de complejas lesiones epidérmicas o padecimientos crónicos del sistema osteomioarticular, que pese a sus traumas físicos, mentales y aquellos más difíciles de tratar, que son sin dudas, aquellos que afectan al espíritu; confiaban en las recomendaciones científicas y menos calificadas de la historia legendaria del balneario.

Bien engarzado en las fronteras del crepúsculo, pude comprobar que en su mayoría, los principales huéspedes de aquel albergue con pinta de museo de un remoto vecindario colonial, eran ancianos y discapacitados que se trasladaban desde La Habana u otras provincias aledañas, en busca del alivio de sus afecciones; mientras sus aldeanos, cada vez desconfiaban mucho más de las bondades del azufre, debido a los reportes que a este lo implican en indeseables procesos cancerígenos. Entonces, sitiado por la lluvia y los fantasmas, procuré convencer a los trabajadores del motel, para que me permitiesen quedarme al menos una noche a salvo de la incertidumbre de la madrugada. De súbito, obligado a una única apuesta en un casino casi a punto de quebrar, un administrador con nombre de arcángel, frotó su lámpara de burocracia para conseguirme un sitio allí, entre las apacibles calles de San Diego, a cambio de 7 pesos en moneda nacional, por cada noche que pasara en sus predios; y en menos de cinco minutos conocí los interiores de dos aposentos. Finalmente, fue la habitación 104 la que me acogió en sus despintadas y húmedas paredes, todo el tiempo que necesité para recomponer mis músculos, sin agua corriente, pero con sábanas limpias; sin mucha iluminación, pero con tres espejos solo para mí.

Hasta que a las 5 y 33 a.m., logré despertarme con vida, renovado por completo gracias a las trascendentales purezas del oxígeno y el silencio obsequioso de aquel lugar encantado y desapercibido en los mapas de nuestro archipiélago, junto a los cantores gallos repentistas, decimistas, y el penetrante obstinato sinfónico, de esa orquesta que conforman disímiles grillos. Con 3 pesos cubanos y 85 centavos, me bastó para una cena que será propicia en las imágenes que integran el olvido. No obstante, San Diego con su gente y sus enigmas, iluminó mi espíritu y me reactivó en las ganas de seguir adentrándome en lo hondo de la fuente primordial de nuestra historia. Este pueblo sencillo con nombre de santo, donde el 12 de febrero de 1898, fue herida de muerte la excelsa patriota Isabel Rubio, me zarandeó de veras en el alma, a razón de devolverme con más fe y amor por los caminos, pese a que no me bañase en las revueltas aguas de su río milagroso, ni tampoco en las oscuras y arruinadas fauces del motel “Saratoga”. Una vez que devolví la llave de la habitación 104, quedé listo para trasladarme en un tractor con un pequeño tráiler de carreta o lo que sea, y luego descubrirme hábil en el arte de enhebrar mis pasos con la suerte de varios camiones y máquinas, entretanto perseguía estampas imborrables de “La Güira” hasta que me vencieran el cansancio, la sed, o la capacidad tecnológica de una cámara Olimpus 500, y al fin volver a mi casa a salvo de la tormenta, cruzando por la Loma de Candelaria, Herradura y Consolación. Ya estoy de vuelta a mi hogar. Son las 12 y 47 p.m. del día 30 de mayo, y aunque llueve más o menos con la misma intensidad de cuando me marché hacia Los Palacios, presiento que esta noche dormiré en mi cama, inmune a los mortales inventarios, empapado de recuerdos y vivencias, que seguro han de elevarme sobre lo superfluo.
 
Maikel Iglesias Rodríguez (Pinar del Río, 1980).
Poeta, articulista, médico y fotógrafo.