Cultura

Crítica literaria - Metáforas en el viento

Por Ezequiel Morales Montesino
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Palabras sobre los libros Nueve meses en la eternidad y ¡Cuba, Cuba!, del periodista y escritor cubano Rubén Cortés Fernández.
El antiguo oficio de escribir no es más que llevar al papel el universo imaginativo, y genera expectación sobre todo cuando nos hallamos ante un gran esfuerzo realizado por un viaje silencioso en solitario, abundante en coraje.
Y que exige una tenaz entrega. El autor de estos libros, dado que incorpora diversas ilusiones, legítimos sueños y otros puntos de llegada que a sí mismo se propone, centra sus pensamientos en el resultado del esfuerzo, aunque no por ello olvida que el mismo hecho de saber completar un texto narrativo ya es consolidar un paso inicial, lo cual significa el gran mérito de cualquier autor, y lo es porque la tarea literaria implica coraje y constancia.
Sin estos factores tan solo deambula por inciertos territorios creativos, se merodea por ignotas geografías de la imaginación, se llega a titubear, tanto si es un poema, como un cuento o una novela, y se coquetea, pero no se encuentra la conciencia en el valor mágico de las palabras, porque se requiere, precisamente, de invadir el corazón del papel y una vez allí, dejar constancia de nuestros pálpitos en forma de sueños, incertidumbres, dudas, odios, y hasta inevitables pero necesarias preocupaciones. Se trata de proceder a ordenar ideas, componer mapas conceptuales, y lograr estructurar el texto.
Escribir no es más que tomarle el pulso a la vida, sostener bien certera la mirada en el espacio que contemplamos y en el que tal vez gocemos y suframos. Como todo escritor, en Rubén hay algo misterioso en su capacidad para escribir en un día determinado. Cuando en él corren las paredes invisibles, entonces este pasa con soltura de una realidad a otra.
En Nueve meses en la eternidad, se manifiesta un realismo fantástico en torno a la historia excelente, dramática y bien narrada, de tres náufragos mexicanos que durante precisamente nueve meses, dejaron escrita a su forma, una novela del mar. Vale mucho la pena tener en nuestras manos esta obra de arte literaria, con mucha coherencia en lo que en nuestra mirada se nos adentra, aunque me pregunto cómo tener un libro de estos en las manos. Lo importante aquí es ver cómo van apareciendo dificultades, situaciones a las cuales deben dar respuesta los personajes en aras de lograr sus objetivos.
Así, a los obstáculos señalados, contraponen otros creados por ellos, dando como resultado una situación inesperada que a ratos linda con el absurdo, pero todo está justificado porque “Lo único importante en el fondo era que pasara el tiempo”. En tal sentido, Rubén Cortés, por otro conducto, el de la literatura, nos ofrece, ciertas actitudes y aptitudes cuyo norte narrativo consiste en concretar determinadas pasiones críticas a sí mismo y por derogar la aparente monocorde recta cotidiana, la siempre discutible realidad social, la confrontación entre lo diario y lo formal, trastornándolo conscientemente mediante personajes reales y un gran humor lleno de peripecias, en el que el lector se sentirá obligado a leer y a divertirse con estas liadas leyendas.
Aquí no quisiera dejar de llamar la atención sobre algunos aspectos de varios personajes fundamentales. Para contarnos esta historia, Rubén se ha basado en un espléndido tratamiento de los protagonistas. Cada uno tiene sus propias características diferenciadoras, expresadas no solo en el sugerente hilo conductor que lleva el narrador, sino a través de sus actitudes y posiciones, muchas veces levemente insinuadas, lo que obliga al lector a hacer uso de un alto nivel de razonamiento.
En cuanto al libro ¡Cuba, Cuba!, este es una propuesta sobre lo que generalmente le sucede a un cubano dentro o fuera de la Isla, un reflejo en el que Ediciones Cal y Arena, acertó en publicar como alfombra mágica, la realidad en que vivimos y que cuenta, hasta incluso, con intervenciones de personalidades cubanas como Rey Vicente Anglada, Silvio Rodríguez, desconocidas historias de Pedro Junco, y otras, que logran estimular la imaginación del lector que, de pronto, encuentra nuevos vericuetos de sus existencias. Por eso coincido con el escritor Pedro Juan Gutiérrez, que pintó con justeza el oficio de intelectual que existe en Rubén.
Otro de los valores del autor de ambos libros, es que logra implantarnos en esta historia como si paseásemos como un personaje más, convirtiéndonos en espectadores de la inquietud de sus actores, logrado a través de un vigoroso trámite experimentado que, además de ser una virtud más del relato, se destaca cual si fuese un verdadero protagonista: la llamada narración o focalización cero, y que está considerada como un término medio -quizá indefinido- entre el narrador omnisciente y el narrador testigo.
Conozca a Cuba primero, y al extranjero después, dice un gran estribillo compuesto por el Trío Matamoros; es lo que se estira tras la lectura de cada capítulo de esta pieza artística que, a nivel tropológico, tiende a enfrascarlo sobre un paisaje conocido por todos nosotros, y a mi amigo opinarle mis más espontáneos acatos por su desconcierto porque, desasosiegos aparte, a mí Rubén también me atrapa a cada rato.
Todo está fraguado en un contexto de veracidad, de una tenue comedia, con un tema que, en el fondo, tiene de infortunio y a veces es tan espeluznante que toca la fiereza, consiguiéndolo esta vez desde un raso absolutamente real, sin golpearse, como en otros de sus cuentos, con un clima inexistente.
Por cierto, el escritor norteamericano Ernest Hemingway dejó plasmado algunos consejos que podrían darse a un joven escritor, y es que uno no deja de ser un impúber de la palabra: “Reviéntese escribiendo.Contemple el mundo y mézclese con escritores de verdad. Frecuente a la vida. No pierda su tiempo. Escuche música y mire la pintura. Lea sin tregua. No trate de explicarse a sí mismo. Siga sus propias inclinaciones. Aprenda a callarse: la palabra mata el sentido creador.”
Ezequiel Morales Montesino.
(Pinar del Río, 1976)
Escritor, poeta y crítico deportivo

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