Cultura

Videoarte y Camagüey: lluvia de granizo en el desierto

Por Henry Constantín Ferreiro
 
Foto: Henry Constantin
Un joven en silla de ruedas anda por el fondo de una piscina llena de agua; cierta casona estilo isabelino con audiovisuales en cada ventana o puerta, para que el espectador escoja cuál ver; montón de recuerdos personales mezclados y proyectados sobre la pared del antiguo hospital del padre Olallo; una muchacha ucraniana retorciéndose sin ropa en un video japonés…
 
Son algunas de las imágenes que dejó el V Festival Internacional de Videoarte de Camagüey, el FIVAC. Con mucha participación extranjera –hasta de África hubo filmes- y de jóvenes cubanos, que asombrosamente recibieron todos los premios, terminó en la plaza San Juan de Dios el evento que esta vez, por suerte, no sufrió las lluvias de momentos anteriores.
 
Como siempre, el FIVAC lució por su buena logística, sólidas relaciones institucionales y premios de contenido nada desdeñable –lo cual habla bien de sus organizadores y alienta a competir a tantos muchachos que filman en condiciones tercermundistas. Volvieron los habituales invitados extranjeros.
 
El videoarte es una especie de género dentro del audiovisual; ideas más que narración, brevedad de las imágenes, ausencia de diálogos, implicación abundante de otras artes plásticas como la fotofija, el collage
 
En su principio norteamericano, el videoarte solo era un movimiento que se revolvía contra lo masivo de la televisión. Ahora parece todo un género audiovisual, pero lo que mejor define a tanta obra extraña que se incluye en ese nombre, es que no es otra cosa: ni spots, ni videoclips, ni cortos o largos de ficción, ni documentales, ni materiales periodísticos o televisivos. Entonces son videoartes.
 
Vuelvo al FIVAC de abril 2013. ¿Qué le falta al evento para convencernos de que no existe por amor a sí mismo, de que vale la pena participar, seguirlo y estudiarlo? Rigor. Rigor en la selección de lo que expone y más rigor en lo que premia. Quizás obligados por el reto de llenar cuatro tandas nocturnas y otros espacios expositivos con materiales muy breves, de nuevo en este festival los seleccionadores incluyeron demasiado. Lo decían los asientos vacíos en los días intermedios, y la opinión general de un público que, a pesar de ser en su mayoría joven e instruido, destilaba escepticismo después de algunos materiales muy inexpresivos, muy aficionados, o muy aburridos. Y esos son pecados capitales.
 
El Festival, en cambio, está usando en su favor algo que otro evento fílmico en Cuba no hace: las plazas. Esta vez, la de San Juan de Dios, típica de Camagüey y con un tono constructivo muy siglo XIX, fue la elegida para las proyecciones nocturnas, lo cual acercó el evento a la comunidad y a personas de distinto ambiente cultural. Las evaluaciones más chispeantes sobre algunos videoartes –impublicables aquí- las dieron los inquietos niños de los alrededores. Pero aunque celebro lo de sacar el arte a la calle, lo de hacer precisamente en San Juan de Dios el concierto de clausura, a cargo de Raúl Paz, no me deja buen sabor. Escoger el sitio donde quemaron con leña y odio a Ignacio Agramonte, para fiesta y música –como se ha hecho otras veces- es una prueba de la terrible desmemoria de corazón que padecemos en Camagüey, y en Cuba.
 
Casi todo lo que he visto de videoarte ha sido gracias al FIVAC, el único en Cuba que difunde videoartes periódicamente. Camagüey agradece este festival, como necesita el Almacén de la Imagen –con censores y todo por ahora, ¿qué le vamos a hacer?- y el Taller de la Crítica. Son esos tres eventos, amén de la poco a poco creciente capacidad de videoproducción local, los que aún luchan por que la ciudad recupere el relieve fílmico que una vez, una prerrevolucionaria vez, tuvo, por ser cuna o meca de directores, técnicos y artistas, escenario cinematográfico y sede de uno de los más vastos circuitos de cine en toda la isla.
 
El orden, la narrativa correcta, los actores y la escenografía no siempre hacen falta. En el arte, como en la vida real, un poco de rebeldía, de no creer en aparentes verdades colectivas o en la lógica útil del comercio, es imprescindible para no enmohecerse. Cuando alguien se llena de valor para cambiar una larga y bien organizada película que se sabe dónde termina, por un montón de videos pequeños que no creen en el modo habitual de hacer las cosas, al principio hay cierto vértigo y asombro. Después, luz.

Foto: Yoandy Izquierdo Toledo
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Henry Constantín Ferreiro. (Camagüey, 1984)
Periodista, escritor y fotógrafo. Expulsado de los estudios de Periodismo en dos ocasiones, ambas por problemas políticos.
Único representante de Cuba en el II Concurso Hispanoamericano de Ortografía Bogotá‘2001.
Graduado del Curso de Técnicas Narrativas del Centro Onelio Jorge Cardoso.
Colaborador de la revista Convivencia. Textos suyos han sido publicados en medios de prensa cubanos, incluso oficiales.
Hace el weblog Reportes de viaje (www.vocescubanas.com\Reportes de viaje).
Dirige la revista La Rosa Blanca.
Reside en Camagüey