Cultura

Literatura - “Siento que algunas presencias me abrigan”. Entrevista a Luis Yuseff, Premio Nacional de Poesía Nicolás Guillén 2012

Por Rafael Vilches Proenza
 
Luis Yuseff (Holguín, Cuba, 1975). Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y la Asociación Hermanos Saíz (AHS). Tiene publicados El traidor a las palomas (Ediciones Holguín, 2002), Vals de los cuerpos cortados (Ediciones Holguín), Yo me llamaba Antonio Boccardo (Ediciones Almargen), Esquema de la impura rosa (Ediciones Vigía), y Golpear las ventanas (Editorial Letras Cubanas), todos en el 2004, Salón de última espera (Casa Editora Abril, 2007), Los silencios profundos (Ediciones Holguín, 2009), La rosa en su jaula (Editorial Oriente, 2010) y Los frutos de Taormina (Ediciones Matanzas, 2010). Ha recibido varios premios, entre ellos el Premio de la Ciudad de Holguín, Premio Alcorta, Premio Anual de Poesía “América Bobia” y Pinos Nuevos, en el 2003, Premio Calendario (2005), Premio Nacional de Poesía “Adelaida del Mármol” (2008), Premio de Poesía de La Gaceta de Cuba (2009), Premio de Poesía José Manuel Poveda de la Editorial Oriente, Premio de Poesía José Jacinto Milanés (2010) y Premio Nacional de Poesía Nicolás Guillén (2012) con el libro Aspersores. Poemas suyos aparecen recogidos en varias antologías, revistas y periódicos de Canadá, Perú, El Salvador, Honduras, México, Nicaragua, España y Nueva Zelanda. Ha sido el compilador principal de las antologías Memoria de los otros (cuentos, 2006), El sol eterno, Antología de poetas jóvenes holguineros (2009), La isla en versos, Cien poetas cubanos (2011), publicadas por el sello Ediciones La Luz.
 
Luis, te has convertido en el poeta más joven en ganar el premio de poesía de mayor relevancia en Cuba, el “Nicolás Guillén”, y lo único que se me ocurre para comenzar esta entrevista es la siguiente pregunta: ¿Desde la infancia sabías que le ibas a dedicar tu vida a la literatura? Háblame de tu niñez, la familia y el barrio.
 
Nada me hizo suponer que iba a dedicarme a la literatura, siempre fui un niño relativamente “normal”. En casa teníamos un patio grande donde crecía una mata de mangos, una de ciruelas y otra de limón, y aquello era un bosque para mi hermana Yudith y para mí. Los muchachos del barrio venían con nosotros, pues en sus casas casi nunca dejaban que entráramos demasiados niños y en la nuestra no existían limitaciones de ese tipo. Al contrario, nos cuidaban a todos y eran recibidos con mimos como si fueran de la familia. Nos gustaba escaparnos al río que pasa por el fondo del patio; pero a nuestros padres y abuelos no les agradaba la idea que saliéramos de pesca en esas aguas infectadas de desechos albañales. Sin embargo para nosotros nunca significó nada toda aquella contaminación que dura hasta hoy; sino que éramos seducidos por los peces de colores que milagrosamente sobrevivían allí, las cercas copadas de coralillos y cientos de abejas y mariposas. Todo esto fue desapareciendo después de unas espantosas fumigaciones esparcidas por unas ruidosas avionetas.
 
Por otra parte mi infancia siempre tuvo una especie de ángel guardián, la bisabuela Silvina, ciega, pesaba cerca de 300 libras, y casi siempre estaba sentada en un butacón de la cocina. Todas las mañanas le daba un beso, y ella me regalaba alguna “chuchería”, después la ayudaba a ir hasta el jardincito y allí le contaba los marpacíficos que amanecían abiertos. No conservo en la memoria nada más cercano a lo que tengo hoy como hecho poético que ese recuerdo. También contaba algunas historias de mi bisabuelo mambí, que no conocí y que su propia hija, es decir mi abuela, casi tampoco conoció pues murió cuando ella apenas tenía siete años. Atesoro unas pocas páginas del pequeño carné que lo acreditaba como veterano de la Guerra de Independencia, milagrosamente sobrevivieron a las inundaciones que el ciclón Flora provocó en los valles del río Cauto.
 
¿Siempre estuvo la Poesía?
 
Ya te digo, ella siempre ha estado. Pero te soy sincero, antes de la Poesía me sentí más atraído por la Ciencia, una fascinación que no termina, pues todavía echo de menos los laboratorios de Química, que fue la carrera que estudié en la Universidad de Oriente. Y no creo que esa haya sido una elección equivocada, porque de lo contrario estaría negando todo lo que significó para mí descubrir el microscopio en las clases de Botánica. Recuerdo que la maestra le aconsejó a mi mamá que me llevara a un psicólogo porque no era normal que un niño de mi edad se tomara con tanta seriedad las aspiraciones de convertirse en un “científico”, por suerte mi madre siempre ha sido una mujer sensata y no hizo caso. Después llegaron la Física, la Biología y finalmente la Química.
 
Estando ya en la universidad me sentí tentado a cambiar de carrera, pues me inquietaba la urgencia de escribir y no tener el tiempo suficiente para leer todo lo que hubiera querido y escribir un poco más. Pero no lo hice. En la vida, a veces, ocurren algunos ordenamientos secretos que ni siquiera uno mismo alcanza a sospechar que están ocurriendo, así que terminé mi carrera, me vine a Holguín, y durante diez años estuve trabajando en un laboratorio de Inmunología, a la vez que escribía. Allí concebí mis primeros libros y algunos de los que vendrían después.
 
¿Anhelabas ser otra cosa en la vida?
 
Ahora, que he publicado algunos libros y también visto algunas de las estructuras más insospechadas que sostienen a la vida -y a ambos lados he encontrado gente buena y gente mala, dolor y alegría- creo que lo que mejor me hubiera sentado era tener un terreno fértil para, como Emily Dickinson, sembrar rosas, ese tópico que pertenece a la prehistoria de la poesía y del que tanto huyen los poetas más aventajados de la postmodernidad.
 
¿Recuerdas lo primero que escribiste?
 
Sí. Y también lo he olvidado.
 
¿Qué otras pasiones ocupan tu tiempo?
 
Aparte de la edición de libros, me gusta la promoción de la literatura, ya sea con presentaciones en escuelas o universidades o a través de la confección de proyectos que me llevan a estudiar la obra de mis contemporáneos. Por estos días trabajo en la preparación de una selección, “Poderosos pianos amarillos”, en colaboración con el poeta y amigo Eliécer Almaguer, y que consiste en una compilación de poemas cubanos “a/por/para/con” Gastón Baquero, de quien celebraremos el centenario de su nacimiento en 2014.
 
¿Qué problemas te ha causado ser poeta?
 
A mí, ninguno. Pero eso no niega que para otros el hecho de yo serlo si lo tengan como un problema; pero de eso no me gusta hablar porque es como mirar al pantano cuando se tiene delante el San Sebastián… de Guido Reni.
 
¿Qué relación mantienes con otras manifestaciones del arte?
 
Hace algunos años leí en una carta de sor Juan Inés de la Cruz unas palabras que me gusta citar: “¿Cómo entender esto sin música?”, eso justifica mi pasión por ese arte.
 
Súmale al pedido de que se me permita en otra vida ser un jardinero que cultiva la rosa, la posibilidad de que también me sea otorgado el don de cantar como Enrico Caruso o como Bola de Nieve…
 
¿Tiene que existir alguna circunstancia especial para escribir?
 
Salvo la necesidad de no tener a mi lado a un solo ser humano que me interrumpa o sentirme “bombardeado” por el infiernillo musical caribeño, nada más necesito para escribir poesía. Pero esa es una necesidad que se parece a las urgencias de casi todos los seres humanos con una mediana sensibilidad al ruido, así que no creo que el mío sea un carácter excepcional.
 
¿Cómo es tu proceso de escritura?
 
Bien espaciado. Puedo estar hasta dos años sin escribir un solo verso. Por eso no me interesa la opinión de algunos sobre el hecho de si escribo “poco” o “mucho”. Nunca se sabe en los cenáculos literarios cuándo realmente uno está escribiendo mucha, poca o ninguna poesía, porque las conversaciones no suelen ser diáfanas y mucho menos sinceras, desligadas de pobrezas personales. Sé de escritores que pueden pasarse veinte años sin publicar un libro y cuando finalmente lo hacen, no te convencen de que su silencio haya valido la pena… Por tanto escribo cuando puedo, y ese “poder” lo asocio a períodos casi siempre cortos pero intensos, que disfruto en la medida de lo posible, porque lo que viene luego, entiéndase proceso de conformación de un libro, selección de poemas, se me vuelve tedioso; pero es la parte de la que ningún escritor puede prescindir porque nadie mejor que él mismo para saber a dónde quiere dirigir su propuesta. Hasta la mano amiga, movida por las mejores intenciones, puede resultar intrusista. Lo mejor es trabajar solo.
 
¿En la poesía escoges los temas o ellos te seleccionan a ti?
 
No creo casi nada en lo de “escoger o ser escogido” por un tema poético o no… No se me ocurriría llevar a un puesto de guardia médica a un ser querido si no sospecho que existe la “urgencia”. Lo mismo sucede cuando decido escribir un poema: si hay “urgencia” entonces se lleva al papel.
 
Hazme un inventario de tus lecturas, autores preferidos.
 
Todos poetas: las obras completas de Gastón Baquero, Dulce María Loynaz, y Eliseo Diego; Martí, sobre todo el prosista; algo de José Lezama Lima, un poco de Virgilio Piñera, todo de Alejandra Pizarnik, Jorge Luis Borges, César Vallejo, Roberto Juarroz, Octavio Paz. También Juan Gelman, Gonzalo Rojas. La Generación del 27: Luis Cernuda, Lorca, Alberti. Gracias a las traducciones: Kavafis, René Char, Paul Celan, Jacques Prévert, Rimbaud, Szymborska, Milosz, Pessoa, T. S. Eliot, Silvia Plath…
 
¿Te ha perseguido el fantasma o el espíritu de algún escritor?
 
Por suerte no, porque no me gustan los espíritus obcecados. Pero si lo que quieres decir es si tengo alguna figura tutelar, entonces te digo que sí. Desde hace algunos años me acompañan las fotografías de Dulce María Loynaz y Gastón Baquero. Siento que algunas presencias me abrigan.
 
¿Te formaste con autores o libros específicos?
 
Pienso que la formación de un escritor no termina por el simple hecho (o no tan simple, para ser justo) de haber publicado algunos libros. Ese es un proceso que se bifurca o se concentra en la misma medida en que uno intuye lo que desea hacer (ser) como escritor. Entonces puedo decirte que los libros que leí con fruición hace 20 años puede que ahora mismo ya no me digan nada; pero también puede sucederme que el influjo, la seducción no cesa con otros libros que leí hace igual cantidad de tiempo. Por eso retomo cada año algunos poemas, algunos autores que son paradigmáticos y otros jamás vuelvo a visitarlos. Pero no es una ley de vida. Prefiero ser flexible con mis criterios y también con mis lecturas.
 
¿Te sientes discípulo de alguien?
 
De nadie en especial. Esa es una responsabilidad que no debo compartir con otros. Lo que si puedo decirte es que he encontrado poetas, sobre todo cubanos, que no dejan de iluminarme. Y aquí también hay aprendizaje. Me espanto cuando descubro que existen galaxias insuperables entre los poetas y su obra. Los que más admiro, los que más han ayudado a conformarme como escritor y sobre todo, como ser humano, son aquellos en los que no he logrado escindir sus dos frentes. Lo otro me parece una pose, malabaristas intelectuales, puros derrochadores de egos que espolean los mejores espíritus de una época.
 
¿Hay algún texto que haya marcado tu escritura?
 
Cuando tenía catorce años leí por vez primera “Eternidad”, de Dulce María Loynaz. Siempre he dicho que ese pequeño poema fue revelador para mí. Desde ese día nunca más volví a leer un poema como lo hacía hasta ese momento, quedé convencido de que el lector de versos obligatoriamente necesita sentirse involucrado con el texto, de lo contrario la lectura se convierte en tedio. Y eso es responsabilidad de quien lo escribe no de quien los lee, por más que también existe una pereza intelectual en algunos lectores que muchas veces justifica su distanciamiento de la poesía como género, a la vez que les impide proveerse de buenos libros, de relecturas reconciliadoras.
 
¿Cuáles serían los poemas cubanos que incluirías en tu antología personal?  
 
Sin orden ni concierto y recurriendo a la austeridad, pues las impresiones de antologías son limitadas: José Martí con unos cuantos “Versos sencillos” y “Versos libres”; “Palabras escritas en la arena por un inocente”, “Palabras de Paolo al hechicero” y “Saúl sobre su espada” de Gastón Baquero; Poema CXXIV (Isla mía…) de “Poemas sin nombre, “Al Almendares”, “Eternidad”, “Carta de amor al rey Tutankamón” y “La novia de Lázaro”, de Dulce María Loynaz; “El primer discurso”, “El sitio en que tan bien se está”, “Nombrar las cosas” y “Nostalgia de por la tarde”, de Eliseo Diego; “Ah, que tú escapes”, “Noche insular, jardines invisibles”, “La madre” y “El pabellón del vacío”, de José Lezama Lima; “La isla en peso”, “Vida de Flora” y “Solicitación de canonización de Rosa Cagí”, de Virgilio Piñera; “Soneto de las contradicciones”, de Gertrudis Gómez de Avellaneda; “Poema a Gala”, “Este poema es la exaltación”, “De María García Granados a José Martí” y “Poema para la mujer que habla sola en el parque de Calzada”, de Lina de Feria; “Poemetos de Alma Rubens (XIV, XV, XVVII, XX)”, de José Manuel Poveda; “Nocturno y elegía”, “Elegía sin nombre”; “Poema impaciente” y “Canción sin tiempo II”, de Emilio Ballagas; “Una dulce nevada…”, “El distinto” y “Carta a César Vallejo”, de Fina García Marruz; “Aguas”, de Delfín Prats; “Repaso final”, de Antón Arrufat; “¿Y Fernández?”, de Roberto Fernández Retamar…hay más, pero estoy agotado…
 
¿Qué significa cada uno de tus libros, o acaso son etapas superadas?
 
Algunos de mis libros incluyen poemas que fueron escritos muchos años antes de ser publicados, eso se debe a que en su momento no encontraron lugar dentro del libro que trabajaba con intención de publicar, y quedaron en una gaveta. Puede ser que se adelantaron a su momento o que llegaron tardíamente. Por eso casi nunca puedo referirme a cada libro mío como si fuera un ciclo cerrado, rigurosamente cerrado. Esas estructuras muchas veces alcanzan a trasvasarse y encajar armónicamente en otras estructuras. Tu buena intuición de escritor es quien te dice finalmente qué poema se queda y cuál no; pero hay tantos modos de conformar un libro como poetas existen.
 
Tampoco reniego de lo escrito, la vergüenza o la virtud que otorga solo me toca a mí.
 
¿De todos tus libros cuál tiene mayor significado?
 
El más atendido por los críticos fue “Salón de última espera” (2007), Premio Calendario; sin embargo no es el cuaderno de mayor significación para mí. Obligatoriamente tendría que hacerte un análisis alejado de apasionamientos, pero como no pretendo emitir una autovaloración pública de lo que he hecho hasta hoy, solo te voy a decir que “El traidor a las palomas” (2002), con una tirada de apenas 300 ejemplares agotados, sigue aportándome lectores. Existen otras razones para defender este cuaderno prístino, pero no me seduce la idea de realizar una anatomía comparada. Pienso que mi vida como escritor es relativamente bien corta, y que tiene que pasar mucho tiempo; tiene que existir un alejamiento que no puede ser el de una década nada más. No me trates como si fuera un ancianito adorable…
 
Al final cada uno se queda con lo que mejor le va, sin importar para nada cuán importante fue la circunstancia del escritor. De eso se ha hablado mucho, no creo que yo esté aportando algo nuevo.
 
Hace algunos días escuché una entrevista a Joaquín Sabina donde decía que el artista siempre termina decepcionando a sus seguidores porque es un asunto intrínseco a la evolución, ya no solo como artista sino también como ser humano. Si no cambias los modos, dicen que te repites, y si cambias entonces consideran que los traicionas. Ahora recuerdo a Abel Pose, en El largo atardecer del caminante: “Nada más negativo para un hombre que tener que vivir empeñado en alcanzar un destino impuesto o imaginado por los otros.”
 
Ya vas dejando de ser un poeta joven ¿Eso te espanta?
 
“El poeta no tiene otra edad que la plenitud de sus versos…” No son palabras mías, eso le escribió Gastón Baquero a Cintio Vitier en una carta de 193… Y me parece muy sabio.
 
¿Qué satisfacción has sentido con la literatura?
 
La de encontrar algunos lectores que subrayan mis versos, porque eso es lo que hago yo con los poemas a los que siempre quiero volver. Y también la de haber encontrado un modo de comunicarme, no solo con desconocidos, porque escribiendo poesía uno se conoce mejor a sí mismo.
Nada más, porque todo lo otro se te da, pero también puede que se te quite o se te niegue.
 
¿Eres poeta todo el tiempo?
 
Esa no es una condición de la que uno puede rehusar, como si fuera un traje que te pones o te quitas, de lo contrario sería fingido todo lo que hemos hablado hasta ahora. Te digo que esa es una condición de la que no puedes rehusar como tampoco puede deshacerse el cirujano de la suya ni tampoco un astrónomo. Ahora, ni uno ni otro se pasa la vida frente a un quirófano ni calculando la edad de las estrellas, y mucho menos se llevan a la cama un bisturí o un telescopio, a no ser que sean mentes fetichistas, creo yo.
 
Háblame de tu vínculo con la ciudad, los amigos y los cafés.
 
He permanecido la mayor parte de mi vida viviendo en Holguín, pues ni siquiera en los años de estudiante universitario me alejé de la ciudad donde nací. Eso supone un vínculo casi visceral con este sitio, también con algunos amigos, cuya nómina varía, unas veces para bien otras para mal… Sobre los Café, que no son tantos en cualquier ciudad de provincia como lo es Holguín, cada día me alejo más, la rudeza de los tiempos que corren no alcanzan a justificar lo áspero que suele ser el trato que nos damos los cubanos, unos a otros. Una vez me sentí tan ofendido en uno de esos sitios que hasta sentí vergüenza de los míos, quise escribir algo, una crónica, un artículo bien crítico, pero terminé por escribir un poema, “Efecto café bulevar”, que no es otra cosa que una reconciliación con mi época, con mi cultura, con mi país… Es una pena, de verdad, pero a ser maltratado por espíritus concentrados en sus miserias, prefiero quedarme en casa donde me gusta recibir únicamente a los amigos, y brindarles una taza de café, de ese que se cosecha en las montañas orientales, recién colado, café carretero que tan bien cuela mi padre…
 
¿Qué importancia le concedes a la familia y la familia a tu obra o al tiempo que le dedicas?
 
Nunca he sido un incomprendido, jamás he tenido que restarle tiempo a mis estudios de universidad, cuando fui estudiante, ni después cuando quise dedicarme a la literatura. Siempre he estado rodeado de mucho amor. Todas las carencias, toda la alegría, y todo el dolor lo hemos compartido del mismo modo. Si algo nos asusta es la certeza de que el tiempo se le acaba a los seres que amamos. Pero ya lo dijo el viejo Eliseo, “aquí no pasa nada, es la vida…”
 
¿Cómo definirías a un poeta?
 
Como un cristal. Existe una ciencia, la Cristalografía, que estudia estas caprichosas estructuras: los hay azules, como el cariño; los hay rojos, como la sangre; negros como la noche; verdes como la esperanza; violetas como las pasiones carnales; dorados como las promesas; blancos como la bondad; grises como la hipocresía. Algunos son opacos, otros brillan. A veces son frágiles, pero otros son prácticamente infracturables como el diamante, cuya variedad polimórfica es el carbono, y que puede convertirse en diamante, pero para eso hay que someterlo a altas presiones.
 
Lo heroico, realmente, no es ser cristal, sino escoger el color predominante.
 
¿Consejos para los poetas que comienzan en ese difícil arte de escribir versos?
 
Leer y escribir. Escribir y leer. No escuchar los cantos de sirenas ni el graznido de los cuervos. Mantenerse alejado de los espíritus viles. Concentrarse. Iluminar. La auténtica poesía a veces es premiada (reconocida) otras no. Y por último: amar la belleza pero sin olvidar que la belleza mata.
 
Ganaste el Premio de Poesía La Gaceta de Cuba 2009, y eso te permitió viajar al Festival Internacional de Poesía de Medellín, uno de los encuentros de poesía más importantes del mundo ¿Qué te aportó el premio y qué el viaje?  
 
Creo que todos los poetas cubanos deberían de tener la oportunidad de asistir a ese festival. Recuerdo con asombro la tarde de la clausura, de pronto comenzó a caer un aguacero torrencial, todos sacaron capas y paraguas y no se movieron durante las cuatro horas que duró la lectura. El respeto de un público que acude masivamente a las presentaciones de los invitados es lo que más me ha admirado en años. Por mucho tiempo olvidé los versos de Juan Manuel Roca donde asegura que en Medellín “crecen por igual las orquídeas y la rabia…”
 
Al culminar el año 2011 ganas el Premio Nacional de Poesía Nicolás Guillén, ¿cuál es el camino?
 
Supongo que tendré que seguir escribiendo, todo lo demás es circunstancial, realmente circunstancial… Este premio es bien importante en el panorama literario cubano, históricamente polémico, lo que no le quita relevancia. Sé que muchos amigos se alegran de que haya sido yo el premiado, me convierte además en el autor más joven en obtenerlo. “Aspersores”, es un cuaderno bien intimista, yo diría que “doméstico”, escrito casi para ser leído únicamente en casa. Parece que eso fue lo que llamó la atención a los miembros del jurado. Se escribe, muchas veces bien, pero a veces nos olvidamos de esa “tripa dolorosa”, que es como le dice Juan Gelman al corazón.
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Rafael Vilches Proenza (Holguin,1965).
Poeta y narrador.
Licenciado en Educación en la especialidad de Artes Plásticas.
Obras suyas han sido premiadas y publicadas dentro y fuera de la Isla.