Cultura

Poesía - Vivir de los milagros

Por Ghabriel Pérez
 
Vivir de los milagros
Teme en el muro ciego
el ojo que te espía.
                    Gérard de Nerval
Ver como se abre una puerta y quedas dentro
Pues desde aquella pieza de Tennesse Williams
confías devotamente en la benevolencia de los desconocidos
¿Quién es la flor y quién la espina?
Nunca se sabe, hermano, no se sabe:
No existe lealtad en las palabras. Ni en las que viven en el agua
Ni en las que mueren en el polvo. Ni en las que duermen en el labio
No existe lealtad en las miradas
Preguntas sin respuestas: Tanta gente amanece limpiando
este país, ¿por qué nunca está limpio? Preguntas sin respuestas
Te levantas y observas a los recogedores de basura
con minuciosidad apartando procacidades
antiguas como el tiempo y nuevas cada día
¿De dónde tanto escombro? Preguntas con respuestas:
vivir de los milagros hace daño.
 
La sospecha…
 
Lo conozco todo. Los planes. La intención de rendirme. El hambre. El bombillo caliente. Los gritos al oído. El chorro de agua fría en la madrugada. El escupitajo. Mis desmayos. El vómito. Todo. Leí lo suficiente, y sé que lo conozco todo… Casi todo. Todo, menos el número que ponen en mi piel y en mi camisa cuando entro a ese lugar del que nunca se sale siendo el mismo.
 
Poema 20000
 
Puedo escribir e-mails muy tristes esta noche
No hay conexión
Usurparon mi cuenta de yahoo
mi cuenta de gmail
mi cuenta de hotmail
Bloquearon todas mis páginas amadas
Estoy sin anti-virus
Mi servidor no sirve
Esta Red huele a trampa. Y mi @ ha perdido sus iconografías
Me invitaron a abrir una web paraíso.com
Un sitio.net. Un paseo.es... Y no hubo
paseo.es. frente a mí solo existen los puntos suspensivos
En casa todavía… Nunca hubo teléfono
Puedo escribir e-mails muy tristes esta noche
escribir por ejemplo: la navegación
constituye peligro para mis embarcaciones, el ciberespacio
está estrellado... y titilan azules los astros
pero lejos. Muy lejos.
 
Mientras abuela reza la salve y 1989 es un año que no cesa
 
Todavía estamos en 1989
y la abuela no muere
(las abuelas nunca mueren)
Nos dieron una madre, un padre
y dos abuelas (Dos abuelos también…) Pero fuimos
marcados a sus faldas. A hacer inolvidable
el trac trac de la máquina Singer
los biombos e ideogramas
que dividían la noche
de una familia extensa
en número y en género.
 
Armarios que atesoran polillas de otro siglo
visten la voluntad de la sobrevivencia
protegen contra persecución
y desamparo
Aún estamos en 1989
y no nos marcharemos de este año
Las abuelas nunca morirán. La máquina
vuelve a rescatar la música y las conversaciones:
 
-En el portal esperan las clientas
-Acaba de hacer entrada la señora Esther…
trae encajes a buen precio
-Para el cumpleaños de la hija de Julia
debe estar terminada una bata de seda americana
con broches plateados y vuelos de crepé
-En la noche tendremos en casa
a la hija de Cuquita, preguntando
por las telas que desde el Camagüey
aún no han llegado
-La vecina de la cuadra del fondo quiere una pamela
para cubrirse las mentiras
y un cobertor para ampararse
de las malas pulgas de su esposo
-Tía Enriqueta está pidiendo
una túnica antigua. Tan antigua que parezca
una mujer sefardí. De modo que su Biblia
burle la censura.
 
Todavía estamos en el 89
No nos iremos nunca de ese año.
 
Marisela Verena viaja a Cuba
                                                           a Margarita Pérez, la divina «culpable»
Después de largos años de promesa
llegan a casa los CD. Marisela Verena se escucha
en Vista Alegre a igual intensidad que en el South West
La música convoca a mi vecino
El vecino despierta a su mujer
Las esposas le paren hijos a la manigua. La manigua se llena de soldados
apenas de escuchar unos trozos de trova.
Canchánchara de mieles y jengibre. Música que nos duele,
nos acusa. Música que retumba. Cuerdas
de una guitarra. La era está pariendo un nuevo corazón.
It's time to change. Coloco junto a Pablo una foto de Celia
El Benny se emborracha y José Antonio
le declara a la Estefan: “la Gloria eres tú”
Vienen llegando: Olga, Albita, Chirino y D' Rivera
en un barco de música. Y en un instante, vamos todos a cantar.
 
Acceso limitado
 
En esa casa
el poema siempre está
debajo de una silla
de una mesa
de una vasija
de un ladrillo
de un grito
de una palabra
de un susurro
de un eco.
 
Por más que intentan levantarlo
y verle las multitudes,
en ese país
el poema siempre está debajo
de otro poema.
 
Contra la propiedad privada, todo
a Sor Irela
 
Virginia Woolf
rodeado de maderas
nadie viene a construir la casa
Nadie se exilia o muere
a fin de que heredemos
de buena fe su suerte
Costaría un Capital
la compra de la habitación propia.
 
Virginia Woolf
arriesgamos todos los sueños
tendimos todas las trampas
y lanzamos todos los conjuros.
 
Virginia Woolf
a tantos años de tu último viaje
aquí nadie posee
una habitación propia.
 
Carta negra
I
Es 2001. Escribo. Se dice fácil. Se lee sin mucha dificultad
Camino sin cadenas. Llevo flores….
Kilómetros de acero fundido. Y por fundir. Está lloviendo y sigo
con los mismos zapatos. El nerviosismo
y las fuerzas de cuando me pidieron carné de identidad
en la esquina del Central Park de Holguín,
una ciudad tan muda como todas
las que puedo tocar desde mis manos
sobre un mapa de hielo y verano a un mismo tiempo
Dos cero cero uno. Año tercero en la cárcel de un hombre.
Se dice fácil. Luego hay trenes. Humo. Fuego quemándonos las flores
Mi rosa blanca sale volando desde el puente
La dejo. Soplo tras ella mis aires de país cercado
mientras transito libre, aún, esta mañana
tan llena de sabuesos
que vienen a olfatear. Y yo les doy
por comida mis piernas. Se las comen. Devoran todo intento
de impulso.
 
II
A dónde fueron a parar mis cartas por Elsa Morejón:
“No lo dejes morir. Todos los días
no nace un hombre de mirada limpia, dispuesto a hacer
el amor entre los hierros, el alma repartida
por lejanas provincias. Pero tu casa es particular
y tu patio. Y tu reloj. Y las cuatro puntas del aire a tu favor
Te envío, por ahora, telegramas escritos en pétalos de flor
con nombre de país. Mañana tendrá nombre de universo
Te enviaremos manzanas. Ciruelas. El fruto de la vid.
 
III
He perdido la cuenta. Se me confunde el tiempo de la espera
Lleva cinco. Seis. Siete años. Una década tal vez
Nunca está en casa. Nunca es dueño
de una calle. De un parque. De sus aguas de Isla
capturada en la lente de un extraño y diluida en sus ojos
El hombre nunca es libre. Un día lo será -dice mi madre-
Tengo miedo que pueda equivocarse. Ya lo hizo una vez
cuando debimos esperar treinta y un calendarios
para abrir las sidras prometidas a quienes no volvieron
después de convertirse en ídolos del mar.
 
IV
El hombre no está en casa. No contesta al teléfono
Contra él han dictado los muros de la luz y otros imperios…
La mujer no está en casa. El timbre de la puerta
no deja de sonar. Nadie responde. Vuelvo a las piedras
A sostener los hilos que no sostienen nada. Vuelvo al puente
Sigue el agua fangosa. Y no quiere llover. Mi mochila
está llena de botellas. Voy a lanzarlas. Van llenas de mensajes
Cartas escritas a Elsa Morejón y Oscar Elías Biscet.
 
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Ghabriel Pérez (Holguín, 1968).
Tiene publicados los poemarios: Canción de amor para el fin de los siglos,
En brazos de nadie e Hijo de Grecia. Premio “Calendario 2001” con el libro de cuentos El parque de los ofendidos.
Premio de Poesía “Adelaida del Mármol” 2006 con el poemario Mis amistades peligrosas.
Poemas y cuentos suyos aparecen recogidos en revistas y antologías nacionales y extranjeras.
También ha publicado artículos y crónicas en las revistas Cocuyo, Vitral, El Caimán Barbudo,
Encuentro de la Cultura Cubana, Bifronte.
Dirige el proyecto Pirámide.