Debate Público

El último equilibrista y el aparato de sostén


Por Williams I. Rodríguez Torres

La fábula del pozo. Foto de Maikel Iglesias Rodríguez.
 
Es posible que en muchas ocasiones, o al menos en alguna, hayamos asistido a un circo. En el mismo se brinda un espectáculo variado, donde hay magos, payasos, domadores, trapecistas, acróbatas, equilibristas y en ocasiones, hasta faquires; aunque estos, ya casi no se ven.
 
A lo largo de la vida he visto cómo cada vez se ven más desgatados y carentes de brillo los tradicionales circos. Ya apenas tienen cuatro o cinco perros, no hay leones, los tres monos que quedan son desobedientes y hasta parecen improvisar, los acróbatas son prácticamente multioficios, lo mismo los ves con sus trajes cargados de brillos, que se les ve entre el público vendiendo chicharritas de plátano, pitos, matracas, rositas de maíz, o abanicos para palear las elevadas e irresistibles temperaturas que sofocan dentro de las (la) carpa del Circo Nacional. Es meritorio de aplaudir la proeza que hacen cada día estos artistas para trabajar por amor y con carencias para este pueblo tan necesitado de distracción y alegrías.
 
Aunque no lo parezca, en esta ocasión no pretendo hablar del circo, ni de sus artistas, aunque sí de los cirqueros; esos personajes que encontramos cada día de nuestras vidas al salir a la calle, al ver la televisión, al escuchar una conversación, al conocer un criterio. Y no es que todos sean, o seamos cirqueros, pero sí abundan en nuestras calles, en nuestras ciudades y campos.
 
El cirquero es un individuo que en ocasiones cumple diversos roles, puede ser payaso para complacer, divertir, o entretener, diciendo lo que muchas veces otros quieren oír. Otras veces hace de mago, inventando, ilusionando, haciendo creer que la ilusión es parte de la vida real y material, que lo que vemos y escuchamos es la pura realidad, cuando solo es ficción y la verdad se mueve entre telones, muchas veces sin que lo noten ni los compañeros de camerino. El cirquero posee sangre fría para domar y amaestrar al más fiero de los animales, desde un simple perrito, hasta un melenudo león, para ello empleará los más diversos métodos, desde brindar alimentos como recompensa tras la actuación, hasta golpear sin piedad a la fiera para que haga lo que se le pide, o si se esta se resiste a obedecer. Evidentemente para ser cirquero no necesariamente hay que ser un artista, basta con querer complacer a como dé lugar, o yendo al extremo, basta con querer mantener posiciones, sacrificando todo y a todos los que deban ser sacrificados.
 
El papel de equilibrista, el más popular, alterna con el de payaso y el mago, este es el que hace malabares, acrobacias, equilibrios, monerías y hace creer que todo cuanto se derrumba a nuestro alrededor es pura fantasía; para él, las pérdidas son ganancias, las derrotas, victorias y los dolores, motivos de celebración.
 
Con el paso de los años y la toma de conciencia, me ha parecido que he vivido en un gran circo, donde muchos actuamos, o somos simples espectadores, que aún cuando no entendemos, o no nos gusta la función, aplaudimos. En otras ocasiones, conscientes, o inconscientes, jugamos cada uno de estos roles, sacrificamos incluso nuestra propia libertad individual, para ser domadores y domados, para cambiar de piel en dependencia de la ocasión y lo que el momento requiera, siendo cómplices de un ilusionismo de tercera, callejero y vulgar, pero puesto en escena de forma magistral, aún haciendo equilibrio con vértigo sobre la punta del pulgar del pie izquierdo con múltiples fracturas abiertas de tibia y peroné.
 
Está por amanecer, hoy es domingo, día de resurrección, acostado sobre la arena del círculo central el sol promete ser fuerte; muchos, grandes y pequeños agujeros en la lona de la carpa dejan ver el fuerte sol que hay afuera, aún es temprano y aunque el dueño del circo no ha vacilado en contratar mano de obra que mantenga a los animales alimentados, o mejor dicho, para que les echen la comida en sus jaulas y se mantengan callados, hoy los perros ladran, los monos se fajan por unos tallos de plátano, y la yegua no para de relinchar y golpear las rejas.
 
Los custodios se impacientan, los animales no quieren estar tranquilos, no dejan de hacer ese ruido ensordecedor que provocan los golpes que dan sobre los barrotes de las jaulas. El dueño del circo está por despertar de mal humor, como habitualmente le vemos los artistas, aunque al público siempre le sonríe.
 
Estamos acostados en la arena, hacemos ejercicios de relajación, tratamos de concentrarnos, el calor aumenta; la luz del sol me da en la cara, se ha colado por un pequeño agujero, afuera parece hacer un día maravilloso. Es domingo de resurrección, aquí todo está oscuro, basta con subir la lona para ver el sol; afuera es diferente, solo hay que levantar la lona.
 
Williams Iván Rodríguez Torres (Pinar del Río, 1976).
Técnico en Ortopedia y Traumatología.
Artesano.

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