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La batalla de San Diego.

Meditación después del juego de Cuba-Japón.
Por Maikel Iglesias
Dos islas se enfrentaron en un continente nuevo. Dos islas demasiado incontenibles. Dos islas que atesoran archipiélagos. Dos islas que han escrito sobre el mar del universo, alguna de sus páginas más honorables, algunas homilías dignas de evangelios, algunos epitafios iracundos, algún que otro graffiti necio, animal, anodino; pero también geniales en las cartas ilustradas con la tinta de sus héroes. Héroes en el buen sentido de la libertad. Elegidos sin tiempo, o con todos los tiempos sobre sí. Herederos de un pueblo que aúpa sus locuras en la reflexión del alma. Aunque a veces su extraño patriotismo juegue en contra del escudo nacional. La farola que intrínsecamente, suele hallarle sentido al naufragio. Balseros y Sogunes por la luz omnímoda. Mambises versus Samuráis. De Olofi hasta el rollizo Buda. Paradoja ante la paz que inflama a luchadores en su intento de empujar al disidente contra el suelo o fuera de sus órbitas. En un campo minado por la crisis y el milagro del negro que hoy preside América-con su oscuro devenir-, digo hombre y más que mundo a oscuras, digo todo el universo y poco menos que los indios que nos vienen a cantar Naturaleza. No en la América del tango, la ranchera, cumbia o bossa nova; sino en la cuna del jazz que es decir revolución de espíritus. Sino en tierra de los grandes lagos el Hip Hop y el béisbol. Cada quien en su propio lenguaje. Cada cual a la norma de su voz. Y no menos eterna ni más diosa o mujer por su epopeya. Sino todos los hombres junto a las mujeres, de Alaska hasta la Patagonia. Sueño donde caben tantas utopías, los silencios, llanto, el mundo en que se juegan tantas razas para darle inteligencia al barro humano. Se han curtido en la sal de dos océanos. Pacíficos y Atlánticos. Guerreros y Rebeldes. Con su historia de geishas y orgasmos caribes, el sushi, kimono, tatami, aguardiente, Tobago, mulatas, tsunamis, congrí y huracán; se enfrentaron dos mundos de opuestos modales e iguales en la entraña de su índole. En el seno de sus bellas algas. Una isla de puertos quebrados, y una isla de puertas abiertas. Una isla que expande su vuelo y otra que se aísla. Una isla que fue soledad y otra que se nos confunde en las brumas atómicas, y a pesar del ocaso resucitan ambas en el parque de todas las ideas; sobre todas las farsas del hombre. Porque el juego sublima las penas, pero no las arranca, y el equipo soñado no pierde. Machetes o catanas ya no importan, tampoco el santo y seña de amateur alias profesionales. Otra vez pudo más el satori naciente que el sagrado titingó antillano. Tal parece que ganó la libertad. La pasión de jugar con sus estrellas diurnas sin echar el pasado en el saco vacío de una noche dividida por la luna. Nuevamente La Sierra Maestra contra el Monte Fuji, dio a los árboles herejes de la isla un abrazo universal. Tocó el fondo del océano cubano para unirse a los espacios. Y curarse de una vez la niponitis. Porque a la Virgen de la Caridad del Cobre o a la Diosa del Sol les importan sus hijos más que un juego. Les importa la vida, tanto como la verdad.

Maikel Iglesias (Pinar del Río, 1980)

Poeta y médico.