Derechos Humanos

¿Represión clandestina o miedo a los derechos?

Policía en un Punto de Control
Policía en un Punto de Control

Siempre ha existido en Cuba y en todo el mundo, pero en los últimos años se ha hecho un método de trabajo preponderante, ese tipo de represión solapada tras civiles, policías de orden público, trabajadores sociales, militantes del Partido. Nada es probatorio de la violación de los derechos humanos, civiles y políticos. ¿Por qué?


Por Dagoberto Valdés

En Cuba está ocurriendo un fenómeno muy interesante de inversión de roles y métodos de trabajo en la escena cívica y política.
En efecto, a lo largo de los cincuenta años que ha durado este sistema me parece que los papeles se han trastocado e invertido las formas de ser, de pensar y de actuar de cubanos y cubanas de una y otra opción política, de una y otra forma de pensar. Se ha cambiado paulatinamente, casi imperceptiblemente los modos de proceder, los estilos, los desempeños.
Personalmente, tengo la experiencia, mucho más vivida y sufrida por cientos de miles de compatriotas. Así pudiéramos hacer más consciente ese cambio del que no he escuchado ni leído mucho.
Al principio, y hasta hace muy poco, las instituciones que tienen, en cualquier lugar del mundo, la misión de cuidar del orden interior y reprimir lo que consideran manifestaciones de indisciplina social o las expresiones de disidencia y oposición política, lo hacían de forma predominantemente explícita, lo que no quiere decir que no utilizaran siempre y hasta hoy los métodos tradicionales de trabajo encubierto. Lo que predominaba era que esos agentes se presentaban con sus respectivos uniformes, citaban por escrito y con membrete y cuño. Lo hacían para los locales que ocupan los organismos de la policía política. Se presentaban mostrando su carnet, aunque fuera furtivamente, pero se sentían en la obligación formal de hacer todo este proceder. Levantaban acta con lenguaje directo, citando leyes y artículos, la daban a leer antes de solicitar la firma, presentaban órdenes de registro y otros procedimientos legales explícitos. Independientemente de que fueran justos o injustos según las leyes impuestas. No es a este punto que me refiero en este artículo.
Ahora, desde hace un tiempo, todo eso sigue, pero se ven con más frecuencia otros métodos que se van haciendo como si fueran normales y comunes y legales y aceptables: No generalizamos, pero resulta muy interesante ver cómo son agentes de la Policía Nacional los que citan, o los que detienen, o los que disuelven un grupo de pocas mujeres que se sientan pacíficamente en un parque a solicitar sus derechos. Luego, si hay cita, se usa el mismo membrete de la PNR y no el de los órganos de seguridad, si es que no se envían en pedazos de papel sin membrete, ni formato, ni cuño. En ocasiones la cita es solo verbal, como una “invitación a conversar”. Ya sé que eso ha sido siempre, pero noto que crece su proporción y se acepta como normal.
Por otra parte, se cita para estaciones de la policía, oficinas del carnet de identidad, centros de trabajo o se realiza en un parque, bajo un árbol, o en el mismo centro de trabajo, estudio o en las casas de los citados. Los agentes no llevan uniforme, ni identificación, ni enseñan carnet, ni siquiera dicen su nombre completo, y si lo hicieran, se permiten decir: “soy Juan” (recuerdo a Juanito, el que me “atendía” en el pre universitario). Luego no hay ningún documento, ni se dan las decisiones por escrito, ni se permite dialogar o debatir como se hacía durante horas en otros tiempos. No se citan las leyes, ni los artículos. No queda ni rastro de un procedimiento que parece ser informal, pero obliga. Parece ser por parte de civiles, pero es ordenado o ejecutado por militares.
Antes la disidencia era predominantemente silenciosa, anónima, clandestina, subterránea…
Ahora toda la oposición dentro de Cuba es transparente, abierta, dando el rostro, nombres, apellidos, dirección particular, centro de trabajo o estudio y teléfono, si se tiene. La disidencia se expresa francamente, a la luz del día, en los medios de comunicación al alcance, en la misma voz de sus autores, se firman los artículos, se ilustran las entrevistas con fotos de los disidentes. La sociedad civil en Cuba, ha salido de las catacumbas y lo ha hecho con sus dos “armas” fundamentales: la transparencia y los métodos pacíficos. Nada que ocultar, fuera la paranoia. Todo a la luz.
La oposición y la disidencia, los miembros de la sociedad civil dentro de Cuba no usan anónimos, mientras que las más serias instituciones del Estado reconocen los anónimos como denuncias para abrir investigaciones, los presentan como documentos en reuniones públicas y formales. Le dan crédito y son usados como pretexto (pre-texto y con-texto) y arma para atemorizar, reprimir y castigar. Este mundo está al revés. ¿Cómo es posible que funcionarios en ejercicio de su cargo se presenten con un anónimo en un país donde se dice que existe una legalidad? ¿En qué lugar recóndito del mundo los anónimos son documentos probatorios, o comienzo oficial de procesos de purga, o son reconocidos por los organismos, directores y oficiales?
Antes, muchos de los diversos grupos usaban el ataque, la confrontación y la violencia verbal y armada. Ahora, toda la oposición, la disidencia y la sociedad civil dentro de Cuba solo aceptan métodos pacíficos. Han desterrado los métodos violentos, los ataques verbales, las descalificaciones a los adversarios. Mientras, esos métodos son cada vez más usados por los que ostentan la obligación de preservar al país de ese mal ambiente de confrontación, división y descalificación entre cubanos y cubanas. Es perfectamente comprobable, no solo en todos los medios de comunicación, sino en palabras personales, documentos y declaraciones.
Esta inversión de los roles sociales no es casualidad, ni descuido, ni permisividad negligente. Son métodos “comunes”, aceptados, habituales. Responden al cambio de correlación de fuerzas sociales y políticas. Son un signo del estado actual de las instituciones de este país.
¿Por qué hay que esconder la propia identidad, si creemos que lo que estamos haciendo es el cumplimiento del deber?
¿Por qué hay que cambiar de lugares de citas, si creemos que estamos haciendo algo dentro de la ley?
¿Por qué se evitan las identificaciones personales y se acude a seudónimos y anónimos, si creemos de verdad que lo que estamos haciendo es para el bien de nuestro país y nuestra causa?
¿Por qué no se entregan las advertencias o prohibiciones por escrito, debidamente argumentadas y justificadas por la ley correspondiente y los artículos violados, en un papel timbrado y con el cuño o sello oficial, si consideramos que no violamos ningún derecho universalmente reconocido?
¿Por qué temen al diálogo con los entrevistados, por qué se teme a las ideas y se anteponen los epítetos, los insultos, se califican de mercenarios y corruptos a personas comprobablemente éticas?
¿Por qué los ciudadanos debemos aceptar y creer en anónimos sin firma, rostros bajo seudónimos, amenazas sin leyes o prohibiciones sin papeles?
¿Qué tipo de educación jurídica, cívica y política tenemos los cubanos y cubanas que consideramos esto como algo “normal” y más aún, como algo “legal”?
Donde hay miedo a la propia identificación, a los documentos probatorios escritos, al diálogo pacífico con un contenido de ideas y no de amenazas y descalificaciones de los interlocutores, es porque se tiene conciencia de que se ha violado alguna ley, o se ha negado algún derecho o se están usando métodos inaceptables a la luz pública.
Cuba firmó el 10 de diciembre de 2007 los Pactos de Derechos Civiles y Políticos, Económicos, Sociales y Culturales, que obligan a los países firmantes a defender, promover y educar a su pueblo en todos esos derechos a partir del momento en que sean ratificados. Cuba, un año después, no los ha ratificado, ni ha comenzado a adecuar públicamente sus leyes a esos Pactos Internacionales promovidos por la ONU.
Quiero pensar positivamente, a pesar de todo. Y quiero esperar que este cambio de métodos y roles no se deba a la debilidad, incoherencia y contradicciones internas de un sistema de instituciones, sino que se debe a ese corcoveo del tránsito entre lo que ha sido violado y justificado por la fuerza durante 50 años y lo que ya viene.
Quiero desear que mi país, tan bello en la naturaleza y en el alma de nuestro pueblo, tan pacífico por idiosincrasia y tan tolerante y plural por sus orígenes y cultura, pueda dejar atrás esos métodos y papeles confundidos y llegue al fin para todos, víctimas y victimarios, esa etapa de verdadera recuperación de la conciencia ética y cívica de los cubanos y cubanas, de la construcción de una convivencia pacífica y laboriosa; la reconciliación de una nación donde todos podamos decir nuestra verdadera identidad, donde todos podamos disponer de las leyes y documentos oficiales, de los procedimientos justos y legales; donde todos estemos bajo el imperio de unas leyes iguales y justas para todos, donde se echen al cesto de la ignominia los anónimos y seudónimos, donde se promuevan las iniciativas ciudadanas pacíficas y el trabajo de la mayoría no sea prohibir, controlar, amenazar, presionar, disimular, esconder.
Quiero, al inicio de este año 2009, pensar en un país en que todo lo bueno pueda hacerse a la luz del día, donde el sobresalto de los buenos no sea su propia seguridad, ni el miedo de los que deben cuidar de esa seguridad sea hacerlo a la luz de la justicia, “ese mundo moral” del que habló, enseñó y vivió, José de la Luz y Caballero.

Dagoberto Valdés Hernández
(Pinar del Río, 1955)
Ingeniero agrónomo. Premios “Jan Karski al Valor y la Compasión” 2004 y “Tolerancia Plus”2007. Dirigió el Centro Cívico y la revista Vitral desde su fundación en 1993 hasta 2007.Trabajó como yagüero (recolección de hojas de palma real) durante 10 años. Es miembro fundador del Consejo de Redacción de Convivencia y su Director. Reside en P. del Río