Editoriales

Cultura y política en cuba.

Los cuatro primeros meses de 2009 han transcurrido en Cuba en un imparable maratón de eventos culturales y visitas políticas. Parece que Cuba se abre al mundo de los presidentes y artistas del más variopinto abanico de culturas, nacionalidades, colores políticos e intereses económicos. Todos buscando venir, llegar, estar, no solo para ahora, sino pensando en el futuro a mediano y largo plazos. Esto en sí mismo es bueno, la apertura, el intercambio, la cooperación y la búsqueda del desarrollo y no solo de los mercados potenciales, hace crecer a los pueblos.
Algunos no ven relación entre la visita de un presidente o un ministro y acontecimientos como el Festival de Cine, o la Bienal de La Habana, o un Festival de Teatro. Califican reduccionistamente a unas de eventos “políticos” y a otros de “culturales”. Incluso hay algunos que no desean relacionar “lo político” con “lo cultural”. Otros no pueden liberarse de manipular ambas. O de su instrumentalización aberrante.
Creemos, sin embargo, que algo está pasando en Cuba, ante nuestros ojos. Pero parece que nos hemos acostumbrado a cerrarlos para no constatar la realidad, o para que no nos asuste, o para no vernos comprometidos con ella. Es por eso que ante lo que ha pasado, en este vertiginoso primer cuatrimestre del año queremos intentar acercarnos a una de las muchas y posibles articulaciones y visiones holísticas de estas realidades. Como es solo una de las diversas interpretaciones, la presentamos con la esperanza de que sirva para suscitar un debate más allá de los eventos y evidentes aconteceres.
Hacer cultura es la forma más espiritual de hacer política. Por ambos caminos se busca el bien común de la sociedad.
Hay países en que los conceptos y la realidad están divorciados. Hay una falsa contradicción entre lo político, lo cultural y lo social. Cuando entre la cultura y la política hay encono lacerante, exclusión sectaria y mutua desconfianza, en lugar de un debate crítico, libre y responsable, algo anda mal en ese país. No se puede decir que ese sea un país “normal”.
Manipular las expresiones culturales a favor de una sola ideología, sea cual fuere su signo y su color, sin abrirse al diálogo leal y respetuoso con las demás, es una de las formas más sutiles de oprimir. Pero borrar, echar fuera, condenar, ignorar o suprimir expresiones culturales así como descalificarlas como anticulturales, sencillamente porque no coinciden con nuestro punto de vista, o aún peor, cuando no coinciden con un engendro que ha sido llamada política cultural oficial, entonces algo muy lamentable sucede. Algunos lo han llamado genocidio cultural cuando se trata de un modo de actuar sistemático, estructural y masivo, masificador y despersonalizante.
Todavía la conciencia global no ha hecho muy consciente el concepto de genocidio cultural: para muchos solo hay alarma y compromiso cuando el genocidio es físico… o quizá, se vaya ganando conciencia cuando el genocidio tiene una raíz ecológica. Las mutilaciones físicamente cruentas movilizan, las amputaciones culturales ni se tratan como genocidio. Ambas manifestaciones son abominables porque atentan contra la persona humana y su integridad. Pero parece ser que el materialismo biologicista, trasnochado pero subsistente, diera más importancia a los muñones del cuerpo que a las amputaciones y linchamientos del alma, del espíritu de las naciones. Acaso parecería que se valora más terriblemente tener que usar prótesis para sustituir la mutilación de un miembro de nuestro cuerpo que quedarse sin libertad y sin oxígeno para la subjetividad personal y comunitaria.
¿Qué reduccionista concepto de cultura subyace bajo esta superada dicotomía de la inseparable unidad de todas las dimensiones de la persona humana? ¿Por qué la agresión física es denunciada con más frecuencia y beligerancia en la palestra internacional y se ignoran o soslayan las invasiones, asaltos y violencias al espíritu de cada ser humano y al alma pluriforme y multicolor de naciones enteras?
El mundo de hoy transita, hemipléjico, cojeando de la derecha o de la izquierda. Enfermedad clasificatoria tan falsa e hipócrita como las seudo-culturas impuestas por los políticos, en la que para criticar de un lado hay que vacunarse de otro.
Puestos pues, a dar nuestra opinión sobre la relación entre cultura, política y sociedad en Cuba, primero nos sometemos conscientemente a esta manía de inmunización contra los extremos. Así, podemos condenar los genocidios culturales sobre las comunidades indígenas de ayer y de hoy. Podemos criticar el ras de mar de las banalidades consumistas que inundan a Oriente y Occidente. Podemos, incluso, defender naciones con historia y alma enteras que todavía en pleno siglo XXI no tienen acceso a la soberanía política ni a los asentamientos geográficos. Debemos lamentar los genocidios inter-étnicos, o la manipulación violenta y genocida de religiones o sectarismos.
Sobre estos temas y sobre los de una globalización con estrabismo doble, y la crisis capitalista mundial, el calentamiento global, la proliferación nuclear, y la imposibilidad de sectores sociales vulnerables de expresarse como desearían, en Estados Unidos, o en Francia, o en Gran Bretaña, podemos criticar y expresarnos libremente en Cuba.
Pero, cuidado, cuando eso mismo lo intentan hacer personas o grupos sobre Cuba, aún contando con que su inspiración ideológica o su sesgo político sea considerado de izquierdas por esas mismas personas y grupos foráneos amigos de Cuba, entonces se hace “anticultura”, se es un instrumentalizado, se politiza, se considera a esas personas mercenarias o manipuladas, o ingenuas, pero nunca como legítimas expresiones de nuestra incuestionable diversidad cultural.
La honestidad de los que vienen a Cuba a expresar lo que molesta y es peligroso en sus países, no les alcanza para ponerse en el lugar de cubanos y cubanas que han optado por vivir y permanecer en su país y discrepan en algo, aún cuando fuera leve, del totum oficial. Es lo que nos hace pensar que la hipocresía se ha globalizado y ha desembarcado en Cuba. Creemos que los dobles raseros se han globalizado y sirven a latinoamericanos y europeos para considerar normal en Cuba lo que considerarían una tragedia inaceptable en sus propios países. No estamos hablando solo de artistas, premios nobel, escritores de talla mundial, sino también de políticos, religiosos y académicos. No es a estas “expresiones culturales” a las que nos referimos cuando decimos que la más auténtica forma de hacer política es abrir la puerta de las estructuras, las ventanas del alma y los espacios del espíritu humano para que se exprese como es, con libertad, con responsabilidad y respeto incluyente.
La diplomacia de intereses mercantiles por encima de los derechos humanos universalmente reconocidos, llega a una meridiana ausencia de ética.
Por otra parte es lamentable que se asegure que: «Tenemos claros nuestros objetivos finales» aunque “para llegar a ellos Europa debe insertarse en la estrategia cubana... Creemos que tener en cuenta las estrategias de Cuba no es necesariamente “insertarse en ellas”. ¿Es ético insertarse en unas estrategias que excluyen sistemática y totalmente a toda persona que piense diferente? No es a estas “políticas” a las que nos referimos cuando decimos que promover la cultura y el desarrollo de una nación es la forma más auténtica de hacer Política, así con mayúscula y con ética.
Teniendo en cuenta las evidentes diferencias históricas, culturales y de procesos, ¿cómo sonaría esto mismo dicho en las negociaciones con la Sudáfrica del apartheid, o en el Chile de Pinochet, o en la Argentina de la Junta Militar, con las dictaduras de derecha o el Sudán de Darfur, el Zimbabue increíble, los xenófobos alemanes, los secuestradores de las FARC, los talibanes que preparan escuelas de mujeres para convertirse en bombas, o los etarras de siempre? Estamos absolutamente de acuerdo con el diálogo, pero según esa lógica europea, para lograr un diálogo, ¿habría que “insertarse en sus mismas estrategias”? Según esa lógica, ¿habría que conceder a cambio de nada, en un diálogo con una pared porque ya en otras ocasiones han hecho como que dialogaban con otras paredes chinas o africanas? Esta lógica pone en evidencia el doble rasero para evaluar las violaciones a la integridad física y otro para las violaciones a la integridad cultural y espiritual de las naciones.
No es el aislamiento lo que fortalece y desarrolla la cultura de los pueblos, por eso vemos con esperanza que se levanten todos las restricciones éticamente inaceptables impuestas desde fuera. Pero sería moralmente inaceptable que no se exigiera, que no expresáramos en cualquier espacio de debate público que cesen también el bloqueo, el aislamiento y la descalificación de los cubanos que no piensan como la cultura promovida por los centros de poder.
Cultura bloqueada desde fuera no y bloqueo de la cultura de la diferencia desde dentro sí, es una incongruencia tan visible que merecería, por lo menos, la consideración desprejuiciada de amigos y adversarios. Por el contrario, se admite, se disimula, no es elegante, no es “cultural ni políticamente apropiado”, mencionar ese bloqueo cultural interno por el hecho de que el gobierno cubano se haya colocado en la eterna trinchera de la confrontación externa con Estados Unidos y estos hayan respondido con la misma lógica.
Con frecuencia, para combatir al Goliat se disimulan las piedras que David lanza contra sus propios hermanos. O los poderosos de este mundo manipulan la honda del pequeño David para demostrar su diferencia con el Goliat, pero a expensas del resto del pueblo de David. Pero, no debemos seguir en esa lógica confrontativa: ¿Acaso no vemos continuamente a los amigos y amigas de David visitando, negociando, amigablemente con Goliat, mientras cuando vienen a Cuba olvidan a la parte de sí mismo que David esconde, ignora, encarcela y descalifica?
La apertura a la diversidad, la gramática de un “nosotros” que no excluya, ni califique de anticulturales a “ellos” por ser diferentes, es el camino de la verdadera Cultura y de la auténtica Política. Así, con mayúsculas, para que quepan en ellas sus más amplios conceptos y sus más diversas y plurales realidades.
Si Cultura es el cultivo del espíritu de las personas y de los pueblos, no debe haber políticas culturales que no solo no cultiven el espíritu de algunas personas o de algunos pueblos, sino que le apaguen la luz, le cierren las ventanas, le corten el oxígeno. ¿Cómo es posible que aceptemos y expresemos el concepto de que puede haber “personas ajenas a la cultura”?
Ese concepto es incongruente en sí mismo. ¿Acaso se identifica “a la cultura” con las instituciones oficiales, con las nóminas que certifican quien trabaja en “cultura” o con una cultura privada a la que “pertenecen” unos y otros no. Cultura exclusiva o excluyente no es verdadera cultura porque algo del espíritu humano, que es su carácter universal, está siendo por lo menos desconocido y, por lo más, mutilado.
Si Cultura es la búsqueda del más alto grado de la convivencia humana, no puede haber iniciativas culturales que excluyan de esa convivencia humana a personas o grupos porque no piensen idéntico a los centros de poder tanto de hegemonías mundiales como de hegemonías dentro de la casa Cuba. Si Política es la búsqueda del bien común de la polis, de la comunidad humana, ¿cómo es posible que personas o instituciones culturales se erijan en fiscales o inquisidores del bien común y, aún más, en defensores de “autos de fe” públicos y soterrados de los conceptos mismos y de los espacios y expresiones de lo que ellos creen, excluyentemente, que es cultura, política y sociedad?
Para Cuba lo mejor sería que no confundiéramos más las políticas con la Política, ni las instituciones culturales con la Cultura. Las políticas pueden ser excluyentes y las instituciones dictaminar quiénes son personas ajenas a la cultura. Es por lo menos una ingenuidad hacer de la cultura y de la política compartimentos estancos. Otra cosa, también perjudicial es hacer de ambas una “caldosa” informe, desabrida y racionada que confunda el ajiaco nacional con un caldo uniformado y diluido. Tanto confundir como querer aislar a la cultura y a la política, por las razones que sean, es poner en peligro la identidad de Cuba y el único futuro que le puede dar salud y expresión a su alma.
La cultura es lo mejor y más incluyente de la nación cubana y, nos incluye a todos y todas, o no es cultura cubana. Cultura excluyente no es cultura. Confundir cultura con una sola ideología es condenar el alma de la nación a la monotonía y el empobrecimiento espiritual.
La política es el arte de la convivencia y la construcción de una comunidad para el desarrollo personal y social. La política o nos incluye a todos o no es verdadera. Confundir la política con un solo proceso histórico es convertir la convivencia nacional en “batalla” entre hermanos o en un festival de disfraces.
La cultura y la política no son fines en sí mismos, sino medios, y deben estar al servicio de la persona de cada cubano y cubana y al servicio del cultivo de una convivencia nacional más libre, responsable, democrática y creativa, abierta al mundo por su carácter universal, y abierta a todos los hijos e hijas de Cuba, dentro de la Isla y en toda la Diáspora, por su carácter incluyente.
Cultura y política, ambas y cada una según, sus métodos y sus estilos, deben preparar el camino para que Cuba se abra, cambie, crezca en humanidad y en la más amplia y posible democracia. Y ambas, cultura y política, deben ser los instrumentos para que cuando ese momento llegue y surjan las nuevas dificultades, las nuevas manipulaciones, las nuevas corrupciones y los nuevos desafíos, los cubanos y cubanas podamos sanar, rectificar, reconstruir y desarrollar el alma nacional en el concierto del mundo. Sabemos que nada será perfecto. No existen ni el paraíso de la cultura ni de la política, pero ambas nos ofrecerán las herramientas para seguir cultivando el alma y el cuerpo de la Nación.

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