Editoriales

El poder es para servir.

El mundo no es un caos. Ni vivimos en la anarquía como sistema. Ni el mundo está todo malo, ni Cuba es un país normal. Lo que falta, cada vez más, son los matices. El maniqueísmo parte el mundo en dos mitades. No iguales, ni proporcionales, ni imbricadas, sino que la partición es totalmente asimétrica: nosotros los buenos, y por si acaso con unos pocos más; y el resto del mundo que se está acabando.
Sin embargo, escapar se ha convertido en la “solución” más rápida, más utilizada y más deseada para la inmensa mayoría de los cubanos y cubanas, al constatar la contradicción entre la realidad que vivimos y esa visión engañosa de “aquí todo es mejor”. La tragedia es que, ante la primera dificultad, ante la violación de cualquiera de los derechos ciudadanos, ante la crisis sin final, la “solución nacional” se reduce a: te vas, o aguantas sin chistar.
¿Es que los cubanos ya no quieren a su País o será que lo que no quieren es cómo se vive y cómo se organiza este país?
Si la responsabilidad fuera solo de los ciudadanos que optan por marcharse, esto hubiera ocurrido masivamente también antes de 1958.
Es por eso que deseamos meditar sobre el ejercicio del poder y el modo de administrar el país, porque consideramos que pudiera ser la raíz de todo lo que Cuba y su exilio viven.
Hay, por lo menos, cinco fuerzas que mueven al mundo: el ser, el saber, el creer, el querer y el poder. Todas son necesarias, todas pueden contribuir al bienestar y la felicidad de las personas, las familias y la humanidad. Para nosotros, sin embargo, el orden es importante. Y el modo de usarlas nos parece aún más decisivo. Habla de la concepción del mundo de los que usan estas potencias. El orden en que se priorizan expresa el nivel de civilización; el respeto a los derechos humanos; indica el desarrollo cualitativo de las personas y de la sociedad.
En nuestra concepción del mundo y, por lo tanto, en nuestra visión de Cuba y su futuro, primero está el ser personas, sin cuyo presupuesto las demás fuerzas vitales se caen por falta de soporte o se usan contra el mismo ser humano. Desarrollar el ser, es poner una ética como eje, base y brújula de todas las demás fuerzas vitales.
El saber sin ética personal es ciencia sin conciencia que manipula a la misma vida. Creer, sin ser primero, una persona humana, es fanatismo. Querer hacer algo, es decir, tener fuerza de voluntad sin ética personal, es puro voluntarismo. Poder sin ética personal es autoritarismo desalmado.
En esta lógica, el poder sin la primacía del ser ético, tanto del “ethos” personal como de una ética comunitaria libremente asumida y acordada, es sometimiento de unos por otros.
Todo poder es encargo de otros. Es la suma de las cuotas de soberanía personal que entregamos voluntariamente a uno o más responsables. Por tanto, todo poder es para servir a los que lo han delegado por un tiempo, con un fin determinado y bajo el control efectivo de los que lo han delegado. Si el poder no se pone al servicio de los ciudadanos de modo efectivo, palpable, evaluable por todos, se hace por sí mismo ilegítimo. Pierde su razón de ser. Pierde la razón.
Es por eso que nos parece tan ilógico que un pueblo viva en el temor a sus gobernantes. Que unos hijos vivan en el temor a sus padres, que unos fieles vivan en el temor a sus pastores, que unos países vivan en el temor a otros mayores. Si el poder mete miedo, no es poder legítimo. Si los que ejercen alguna responsabilidad tienen que acudir a la amenaza, a la coacción, a la represión, a la imposición… Esa responsabilidad pierde su legitimidad y su autoridad. El miedo engendra sumisión o doblez, y estos no son frutos del poder ejercido como servicio. Nadie teme a ser servido, ni a compartir la responsabilidad con otros cuando hay un clima de confianza y respeto a los derechos y aspiraciones de los que esperan, de los responsables, una actitud de servicio y no de imposición. Quien sirve no impone ni exige servilismo.
Hay una diferencia sustancial entre ostentar el poder y tener autoridad moral. Eso se ve. La gente es la mejor medida y el rasero para distinguirlos. La gente huye del que ostenta el poder para subyugarla. Pero se acerca al liderazgo moral que la acompaña y apoya en su progreso personal. La gente simula ante el poder autoritario; mientras coopera o critica a los que son acreedores de una autoridad moral. La gente desprecia a los poderosos abusadores aunque no lo puedan expresar libremente. Pero admira y sigue a los líderes con autoridad moral, aunque tampoco lo expresen por miedo o simulación ante los poderosos.
Es fácil saber si un pueblo tiene líderes con autoridad moral. Y más fácil aún saber si un pueblo está sometido a un poder autoritario. Pregunte si la gente tiene miedo, de qué tiene miedo y de quién se cuida. Y sabrá si el poder es ejercido para someter o para servir a los ciudadanos. Parece mentira que los mecanismos internacionales necesiten tantas evaluaciones periódicas en salones alfombrados. Bastaría con que preguntaran a la gente por qué se cuidan y de quién se cuidan.
El mismo poder lo sabe, mejor que todos. Mientras más grandes y poderosos sean los órganos represivos de un Estado, más claramente se califica a sí mismo. Mientras más medios y recursos necesite un Gobierno para reprimir a su propio pueblo, más claramente se puede evaluar el ejercicio de su poder. Mientras más cárceles, centros de detención, casas de interrogatorios, agentes de seguridad, teléfonos intervenidos y delatores en cada cuadra, más claro está el tipo de poder que se ejerce sobre esa población. La autoridad moral es inversamente proporcional a la represión.
No hay liderazgo moral sin proyecto salido de las necesidades reales del pueblo. O por lo menos, si no se consulta o no se aceptan los proyectos ciudadanos, no habrá autoridad moral sin proyecto futuro para ofrecer al pueblo. Poder que solo pide sacrificio es abuso de poder. El poder que solo ofrezca la muerte como alternativa de la Patria, o de una ideología, o de un ahorro impuesto desde arriba sin previo aviso y lesionando drásticamente la calidad de la vida cotidiana y familiar de los ciudadanos, no es ético, ni legítimo, aunque sea legal. Cuando esto ocurre, entonces ha llegado el momento de que el poder regrese al pueblo, que es el soberano.
Ser personas está por encima de todo poder y potestad. Solo el respeto a las vidas de cada una de las personas da autoridad moral al poder. Solo el respeto universal a todos los derechos para todos por igual, da autoridad moral al poder. Solo el servir al bienestar real, no televisivo, legitima el poder; solo el acceso a las oportunidades de progreso personal y comunitario actual, no pospuesto hasta la eternidad, avala éticamente todo poder.
Un auténtico ejercicio del poder como servicio se basa en la razón, el diálogo, el debate público, el libre acceso a los medios de comunicación; el convencimiento, no el vencer y aplastar al adversario; se basa en el ceder y tolerar, el consultar y escuchar, para actuar en consecuencia, no para engavetar -o para que la gente descargue- sus expectativas en un juego de psicología de masas que abre válvulas de escape para dominar mejor el interior de la olla nacional.
Entonces, todo ciudadano debe tener estas sencillas herramientas para su alfabetización cívica, para su empoderamiento ciudadano, que le permitan educar su conciencia para discernir, evaluar y tener criterios propios sobre los que ejercen cualquier tipo de poder, sea en el seno de la familia, en una organización social, en una Iglesia, en un territorio o en todo el País. Los mismos instrumentos de discernimiento ético pueden servir para aprender a valorar el ejercicio de todo poder en la comunidad internacional. El miedo no puede ser escondido tras máscaras políticas, como decía el P. Varela. El mismo hecho de tener que usar máscaras es un síntoma inequívoco del clima en que se vive.
En cuanto al pueblo cubano, tenemos la certeza y la confianza de que nuestra nación cuenta con raíces éticas firmemente arraigadas en el humus de la historia patria y fehacientemente demostradas donde quiera que se han asentado cubanos en la creciente diáspora nacional. Contamos también con la suficiente reserva moral en la gente más sencilla, menos corrompida, más transparente, con menos poder real pero con más autoridad moral.
En fin, que sabemos que hay mucha gente en Cuba y en todas sus orillas, que quiere levantar cabeza, que quiere trabajar en Cuba, para un futuro más abierto, menos oscuro, más participativo, menos represivo, con más oportunidades de progreso, con menos proyectos personales frustrados por la dominación y la censura de un poder que piensa más en sí mismo, en su propia seguridad y permanencia, que en la única garantía para que un poder pueda durar, que es: poner por encima de sus propios intereses el servicio a los intereses reales de la nación.
Pero:
¿Quién identifica esos intereses de la nación?
¿Cómo se pueden expresar esas expectativas sin miedo a ser reprimido en nuestro propio país?
¿Dónde se pueden discutir las soluciones en igualdad de condiciones con los que piensan diferente?
¿Cuándo comenzarán a ponerse en práctica las decisiones de cambio, única forma de levantar la esperanza de la gente agobiada hasta la desesperación?
¿Cuándo y cómo se podrán organizar libremente los que tengan intereses coincidentes para servirse unos a otros en la búsqueda del bien común?
¿Qué formas de servicio deben prestar los que ejercen algún tipo de poder o responsabilidad para facilitar, real y eficazmente, un clima de confianza y convivencia entre todos los cubanos y unas estructuras legales que lo garanticen?
Cuba, su presente y su futuro, dependen en gran medida de las respuestas que cada cubano y cubana demos, con honestidad, a estas y otras preguntas. Ese presente y futuro de la Nación depende también y sobre todo, de la voluntad política del poder, para escuchar esas respuestas y corresponder con una actitud de auténtico servicio para levantar todo lo que bloquee las genuinas aspiraciones de todos los ciudadanos.
Servir a la felicidad y el progreso real del pueblo, de cada persona, de modo que no tenga que escoger entre huir y ser, es la única forma de tener autoridad moral. Y únicamente la autoridad moral legitima al poder.
Pinar del Río, 3 de junio de 2009.