Editoriales

Pluripartidismo y libertad de expresión

Entramos en un nuevo año y Cuba sigue necesitando que los cubanos y cubanas pensemos en ella. Propongamos un futuro mejor y dispongámonos a edificarlo entre todos.

Se anuncia la selección de parlamentarios y diputados provinciales. Termina el primer período de mandato del Jefe del Estado que ha declarado que los dirigentes nacionales de este país solo deben estar dos períodos de cinco años cada uno. De este modo, el país entraría en una etapa crucial en la que todos debemos opinar, proponer y decidir.

Ya han sido muchos y variados los pronunciamientos sobre este tema del ejercicio de la soberanía ciudadana y la elección y duración de los servidores públicos. Una de las propuestas más interesantes ha sido la del Editorial de la hermana revista Espacio Laical en el que proponen, entre otros aspectos, unas elecciones directas, secretas y libres del presidente de la Nación y la participación de personas que no sean miembros del Partido Comunista en la Asamblea Nacional. Estas son propuestas positivas que deberíamos tener todos en consideración, y meditarlas seriamente.  

Nos gustaría apoyarlas y además contribuir con nuestra opinión a estos y otros asuntos medulares que solo buscan el bien común, la soberanía nacional, el diálogo y la vía pacífica para los cambios necesarios y estructurales, con la máxima inclusión de todos los cubanos, vivan donde vivan y piensen como piensen.

Diversidad e inclusión: dos palabras clave en el presente y el futuro de Cuba

La diversidad es un dato de la realidad humana y social. No hay que buscarla, está en todas partes. No hay que decretarla porque es una condición de la naturaleza. Solo hay que reconocerla y crearle unos espacios donde pueda vivir, convivir, y expresarse en todas sus dimensiones. Quien niega la diversidad política es como si negara la biodiversidad. Así como es imposible igualar las variedades y especies vegetales y animales, la naturaleza humana es irreductible a la unanimidad y a la uniformidad. Es diversa en sí misma. Reconocer un solo partido es como reconocer una sola raza o una sola cultura o un solo mapa genético. Con esta comparación, no pretendemos aplicar una concepciónbiologicista de la sociedad. Se trata de un dato de la vida humana.

De la diversidad al pluralismo

Si asumimos esta realidad incuestionable, de ella se deduce que la vida en sociedad tiene, como una de sus esencias, la pluralidad. El mundo, la sociedad, las culturas, las religiones, las naciones, son plurales. Todo hegemonismo impuesto por unos sobre otros no es solo un error antropológico, sino una injusticia grave y una violación de la propia naturaleza humana y social. Imponer una sola forma de pensar, una sola forma de organización cívica o política, una sola forma de propiedad o de religión, va contra natura.

Del pluralismo a la libertad de asociación

Si aceptamos que una de las características estructurales de la sociedad es la pluralidad y que favorecer esa esencia diversa se llama pluralismo, entonces se hace una necesidad social el marco legal para organizar diferentes movimientos y agrupaciones cívicas y políticas. En ellos cada ciudadano debe encontrar espacios para participar democráticamente desde la base a la cúpula del poder. No es suficiente con que personas que no sean de un partido puedan participar, este es un paso, pero resultaría insuficiente, e ineficaz a largo plazo, si no va acompañado de la posibilidad de participar de forma asociada y no solo independiente. Nadie es elegido por no ser. Todos debemos ser elegidos por lo que somos, lo que proponemos y lo que hacemos, tanto de forma personal como asociados en grupos naturales, sociales, movimientos y partidos políticos.

Esas formas de organizaciones cívicas y políticas de diversas ideologías y propuestas, siempre que sean pacíficas e incluyentes, son, además de un espacio de participación, una escuela de democracia, un taller de iniciativas ciudadanas para edificar el bien común, donde pueden formarse los líderes sociales y políticos para el presente y el futuro de la Nación. Por tanto, una nueva Ley de Asociaciones cívicas, culturales, empresariales, económicas y políticas es una de las reformas estructurales que Cuba necesita para crear las condiciones de un cambio gradual, pacífico y ordenado.

Siempre en diálogo nacional, y guardando esa gradualidad proactiva y no dilatoria, se debe avanzar de la Ley de Libertad de Asociación a una nueva Ley Electoral que reconozca, encauce y promueva la efectiva participación de las agrupaciones cívicas y políticas en la elección libre, directa y secreta de los servidores públicos, fijando los plazos para el ejercicio del poder, la forma de renovarlo, reelegirlo y revocarlo, la manera de dar igualdad de oportunidades a todos los partidos y organizaciones sociales, especialmente en el acceso a los medios de comunicación públicos, la cantidad mínima de miembros para ser reconocidos a nivel provincial y nacional, y la organización de las diferentes formas de consulta ciudadana.    

Pluripartidismo y libertad de expresión

En este itinerario para la formación de espacios de participación política pacífica y gradualista no sería suficiente la posibilidad de organizar partidos o movimientos cívicos.Es necesario también que exista una Ley de Libertad de Expresión que abra el marco jurídico para que todos los ciudadanos y cada una de las agrupaciones cívicas y políticas, puedan tener una voz igual y suficiente para dar a conocer sus proyectos y programas. Esta ley debe garantizar también los espacios para criticar, proponer, mejorar o denunciar, respetuosamente, las propuestas de los demás. Esto es el debate público. Sin él no hay democracia real.

El debate público debe ser abierto, libre, respetuoso, no descalificador de las personas y grupos, no infamante o calumniador.Debe basarse sobre la verdad, las ideas y los programas y nunca sobre las intimidades o miserias humanas de los propios o ajenos. La cultura y la ética de una nación se miden por la calidad de este debate público. La limpieza de alma de un país, o de un partido, es directamente proporcional a la decencia del debate que promueve.

Por su parte, la sociedad civil no partidista debe tener también, el marco legal y los medios para ejercer el derecho universal de la libertad de expresión. Cuando decimos que el nuevo nombre de la democracia es la sociedad civil, esto no quiere decir que se pretenda reducir o eliminar el papel de los partidos políticos, sino que se mejore con el aporte, la crítica, la denunciao la colaboración del resto de la sociedad civil, a través de sus organizaciones, y de los medios de prensa, libres, decentes, respetuosos y propositivos.

Impedimentos para la democracia

Hay varios impedimentos para este proceso democrático, que los cubanos y cubanas podemos superar si hubiera voluntad política. Mencionamos dos de ellos:

El primero y principal: el analfabetismo cívico y político. Únicamente superable con un sistema de educación ética y cívica, plural e incluyente. De esta tarea deben ser responsables: todos los ciudadanos, comenzando por la familia, primera responsable de la formación de sus hijos; las instituciones educacionales estatales o privadas; los protagonistas de experienciasde educación informal, complemento insustituible para la cultura de un país. Todos, los padres, los maestros y las escuelas, las iglesias y las logias, los grupos de la sociedad civil, los propios partidos y movimientos deben cuidar de la formación pacífica, incluyente y dialogante de sus miembros. Sin educación cívica no hay democracia posible.  

El segundo impedimento es la actual Constitución, especialmente su artículo 5, la Ley de Asociación y la Ley Electoral.Estas deben ser modificadas por los canales que establecen la propia Constitución y las Leyes, de forma ordenada, pacífica, ágil y solícita. Las leyes son para las personas y no las personas para las leyes. Es por eso que ninguna ley puede ser irrevocable. Esto será una señal de la voluntad política de poner a nuestro país en el concierto de la naciones con un Estado moderno, eficiente e incluyente en el que se busque la máxima justicia para todos, pero también la máxima fraternidad y participación para todos, sin lo cual la justicia resulta insuficiente.

La organización de la democracia debe respetar las tradiciones y la cultura de la nación a la que sirve. El criterio del pluripartidismo como marco garante de la pluralidad y la libertad de expresión pertenece a la más genuina tradición martiana y al resto de la cultura política cubana. Recordamos las palabras de José Martí en que relaciona la libertad con el partido: “Siempre es desgracia para la libertad que la libertad sea un partido” (O.C. Volumen II pág. 882). Ignacio Agramonte lo dice claramente: “El individuo mismo es el guardián y soberano de sus intereses, de su salud física y moral; la sociedad no debe mezclarse en la conducta humana, mientras no dañe a los demás miembros de ella. Funestas son las consecuencias de la intervención de la sociedad en la vida individual; y más funestas aún cuando esa intervención es dirigida a uniformarla, destruyendo así la individualidad, que es uno de los elementos del bienestar presente y futuro de ella. Debe el hombre escoger los hábitos que más convengan a su carácter, a sus gustos, a sus opiniones, y no amoldarse completamente a la costumbre, arrastrado por el número. Es muy frecuente ese deseo de imitar ciegamente a aquellos que se hallan a igual altura que nosotros en la escala social, cuando no en una mayor. De este modo el hombre libre, convirtiéndose en máquina va perdiendo esa tendencia a examinarlo todo, a querer comprender y explicarse cuanto ve, a comparar y escoger lo bueno, desechando lo malo…Una sociedad compuesta de miembros de aquella índole, en la que por la uniformidad de costumbres, de modo de pensar, no hay tipos distintos donde poder entresacar las perfecciones parciales, que reunidos en un solo todo pueda servir de modelo, se paralizará en su marcha progresiva…” (Discurso en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, 8 de febrero de 1852). El más insigne de los senadores pinareños, José Manuel Cortina salvó prácticamente la dinámica proactiva de la Asamblea Constituyente de 1940 con su más famosa y vigente frase para el presente y el futuro de Cuba en la que se establece, no la exclusión de la vida partidista sino la jerarquía de los valores cívicos poniendo el bien común por encima de los intereses partidistas: “¡La Patria dentro. Los partidos fuera!”

La inmensa mayoría de las naciones de la Tierra gozan de este sistema democrático con sus ventajas e insuficiencias, pero superior a todo autoritarismo y exclusión. Estados Unidos, Nicaragua, Venezuela, y tantos otros. Quedémonos con este último ejemplo, quizá el más cercano al actual gobierno cubano. Y preguntémonos: ¿por qué Cuba no puede tener un sistema electoral pluripartidista, incluyente, con libertad para poder proponer sus programas; elecciones presidenciales directas, secretas y libres, como es el caso de Venezuela que dice que aprendió de Cuba a construir su Socialismo del siglo XXI? ¿Por qué los órganos de prensa del Partido Comunista de Cuba presentaron los comicios de Venezuela como un ejemplo para todo el mundo y una fiesta de la democracia, y nosotros no podemos hacer algo, por lo menos parecido a esa fórmula pluripartidista, participativa, respetuosa de los resultados y convocadora de los opositores, para encontrar, nuevos caminos para la prosperidad y la felicidad de los cubanos de todas las orillas?

Hacia un Estado moderno del siglo XXI

El estado de opinión para un cambio hacia la democracia está creado por la necesidad y las circunstancias internas y externas. Solo falta la decisión política y la amplia convocatoria para la colaboración de todos. Los escenarios alternativos conducirían a la violencia, la represión, y un cambio drástico y quizá desordenado. Cuba no lo merece. Evitémoslo con todos nuestros esfuerzos y medios.

Creemos que Cuba tiene la capacidad ética, el talento ciudadano, las iniciativas potenciales de los emprendedores, para preparar con gradualidad, sin retardos, sin exclusiones y sin ataques descalificadores a los adversarios, en un tiempo breve, ágil y ordenado, el camino hacia un Estado de Derecho en el siglo XXI.

Si somos capaces de hacerlo de esta forma, estamos convencidos que la comunidad internacional responderá de forma inmediata y solidaria hacia un mayor respeto a la soberanía de Cuba y a la cooperación para el desarrollo. Se levantarán todas las restricciones éticamente inaceptables y símbolos de tiempos pasados. Así se cumpliría aquel deseo del beato Juan Pablo II desde su visita en 1998: Que Cuba se abra el mundo y que el mundo se abra a Cuba.

Al cumplir sus cinco años de servicio a estos cubanísimos propósitos, nuestra revista hace sus más cordiales votos para que la política en Cuba sea, desde el primer servidor público hasta el último de los ciudadanos, una búsqueda constante, paciente e incluyente de la convivencia social en su más alto grado.

Pinar del Río, 20 de noviembre de 2012

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