Educación

Problemas de conciencia en Cuba

Por Jesuhadín Pérez Valdés
Mercados internos deficitarios o con precios imposibles para la mayoría consumidora. La única alternativa: sobrevivir al margen de la integridad. El conflicto interior de dos etapas históricas que perviven en el interior del ser humano. Vivir al filo de la navaja…
Tomás es chofer profesional y succiona gasolina desde el tanque de su auto para venderla en el mercado negro... Julio manipula el disco de su metro contador… Henri, profesor de lengua inglesa, se las arregla para que al final de la repartición de la base material de estudio le sobren algunas cosillas… Todos se apropian de un recurso que no les pertenece, ninguno tiene cargos de conciencia.
Saben que parte de sus ingresos son de dudosa fe. Pero, para evitar remordimientos, no piensan en ello. Además cuentan con la complicidad de la mayoría de la sociedad. Para sí, no roban, sino que recuperan un honorario merecido que el Estado no es capaz de otorgarles.
Precios altos, salarios bajos, la constante de la ecuación solo tiene una tramitación posible: marginalidad. No hay más ética que la de la necesidad ni más norma que la sobrevivencia. Subsistir a toda costa, y la situación no da espacio para más.
El sistema está lleno de leyes irrealistas, tantas y tan absurdas que no mueven al respeto, y en vez de educar y ordenar ciudadanos, fabrican oportunismos e hipocresías. Todo es, o está ligado de alguna manera a la ilegalidad. Entre otras cosas porque los mercados internos, o están deficitarios, o tienen precios imposibles para la mayoría consumidora. Entonces nace la alternativa de sobrevivir al margen de la honestidad, de todas formas casi todo es ilegal.
Nuestro orden está hecho para beneficiar a…, en un tiempo se dijo que a obreros y campesinos humildes de la patria. Ahora hay dudas, porque estrangulados por los altísimos precios y oprimidos con los famélicos salarios solo queda la alternativa de vivir de cualquier manera, y vivir así implica torcer un poco la idea que se tiene sobre la integridad proletaria. La conciencia sociopolítica oficial termina en el retrete si el rostro de la carestía da de plano en la cara. Y da, ya lo creo que da en cada recibo de electricidad, en cada kilo de proteína, en cada desodorante, en cada bolsa de cemento. Los cubanos sabemos cuánto cuesta cada maniobra, cuánto vale cada oportunidad de vivir. Pensamos como vivimos.
Y todavía vivimos, pero lacera. Los que preferimos luchar antes que suicidarnos, arrastramos la conceptual diatriba de “ser” como somos, o no “ser”. Entonces “ser” implica “hacer” y no siempre “hacer” se puede de forma estrictamente reglamentaria. Hay que saltar la verja por alguna parte. Cuando el pasto está escaso, las cercas son injusticias legalizadas. Prohíben la existencia. Por ahora aun se respeta al celador, se disimula, y se espera su oportuna ausencia, muy pronto, si no hay cambios, las barreras serán arrasadas, porque un instinto es más fuerte que la disciplina formal, la conservación de la especie. Hay que vivir por sobre todo.
Los más angustiados son los que creen en el orden, los que quieren vivir por y con las reglas. Entonces cuando estas son demasiado altas les atropella la doble vida, y arrastran una penosa vergüenza interior. Es la naturaleza cívica y la naturaleza bárbara, el conflicto profundo de dos etapas históricas que perviven en el interior del ser humano. Una evolución que retrocede. La regresión de la civilización. Y el hombre sufre cuando se enfrenta a esta regresión y si no sufre, si ve el desorden como si fuera un nuevo orden, la conciencia de este hombre se ha replegado en el tiempo. Involuciona.
El reordenamiento es la solución. No se puede tener hombres buenos haciendo obras malas, o las obras cambiarán a los hombres. Cambiemos las cosas para que el hombre no sea obligado por las circunstancias a hacer lo malo. No hagamos que las cosas malas sean vistas como buenas, porque no lo son.
Un nuevo orden es necesario o nuestra sociedad confundirá definitivamente dónde está el derecho y dónde está el revés de cada acto, de cada acción, de la moral y la ética misma. No se acorralan las conciencias porque después del remordimiento inicial viene la cauterización. Compromisos imposibles provocan actuaciones falsas. No más leyes, no más decretos porque no solo de prohibiciones vive el hombre, ni el abuso de estas lo vuelven mejor. El agobio, el peso de obligaciones sobrepuestas sobre los hombros de las responsabilidades cotidianas, así como el choque abierto entre estas y lo que se necesita para vivir, va convirtiendo la ley en letra muerta carente de significado. Y es que si la ley va contra la naturaleza del hombre mismo, que es principio y fin de su razón de ser, es en realidad “carente de significado”, y el problema no estará en el hombre que transgrede sino en la aplicación generalizada de una regla anti natura.
No es enajenación. Los cubanos llevamos 50 años sin conocer el capitalismo, algunos saben de este por los políticos, los maestros y los libros. Es cuestión de insuficiencia, de privación económica, de orfandad, de estrechez.
Queremos vivir normalmente, tener empleo y salario, pero reales, tener moneda, pero efectiva, apreciar que es operable hacer lo bueno y sentir que vivir entre las reglas es viable. Queremos existir en ley. Y queremos que sea posible.
No dejemos que la necesidad arquee las conciencias. Los hombres sufren cuando saben que las cosas que hacen por necesidad son desaprobadas por las leyes y perseguidas por las autoridades. Es como caminar todo el tiempo por el filo de una navaja. Hay que hacer coincidir la ley con su posibilidad de cumplimiento. Hay que acercar lo bueno a las manos humildes que producen tanto. Hay espacios que llenar y es hora de crear conciencias críticas que puedan corregir el asunto.
Si se pretende obediencia, ordenad razonablemente.
24 de abril 2008.

Jesuhadín Pérez Valdés.
Estudiante de Derecho.
Varios artículos suyos fueron publicados en la revista Vitral.
Es fundador de la revista Convivencia.
Es miembro de su Consejo Editorial.

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