Educación

Política educativa. Los bandazos del método.

Por Jesuhadín Pérez Valdés
Aula de una Secundaria Básica.
Aula de una Secundaria Básica.
Se redujeron las pruebas de ingreso, se facilitaron los accesos a determinadas carreras, se modificaron los sistemas metodológicos y evaluativos, se suspendieron exámenes, se asalariaron estudiantes. Una verdadera revolución dentro de otra. ¿El objetivo? Muy simple: producir graduados. Sí, porque aquí todo se hace en grande o no se hace. Después del fracaso, el salto… al otro extremo.
Acá se presumía de tener, un altísimo nivel de conocimiento profesional. Un montón de gente encantadora con más de cuatro dedos de frente. ¡Pero cuatro dedos con cuño y membrete, sin susto! Nuestros centros se encargaban del aval. Pero no era suficiente. Los objetos de presunción antiguos, el azúcar, el níquel o el turismo caían precipitadamente en desuso, por lo que, había que hacer de todo con tal de que “más” fueran graduados. ¿Los niveles?; mientras más altos mejor. Sin tacañerías. Y como que acá el voluntarismo es un principio para el desarrollo, se abrieron las puertas de los cielos a la educación. Todos los que quisieron entrar, entraron.
Se redujeron las pruebas de ingreso, se facilitaron los accesos a determinadas carreras, se modificaron los sistemas metodológicos y evaluativos, se redujeron los exámenes, se asalariaron estudiantes. Una verdadera revolución dentro de otra. ¡Impresionante! ¿El objetivo? Muy simple: producir graduados. Sí, porque aquí todo se hace en grande o no se hace; las nacionalizaciones de las compañías extranjeras, la campaña de alfabetización, la zafra de los 10 millones, el cordón cafetalero, la rectificación de errores, el plan alimentario, la revolución energética, el Chocolatín, el Cafetín y podríamos agregar un larguíiiiiisimo etcétera. La hora de la bravata con el capital humano había llegado. Tronaron los tambores.
Y ¡pumm, pumm, pumm, a producir hombres de ciencia en serie, como si fueran buñuelos, velas o cucharitas de cumpleaños! Qué más da que no tengan vocación legítima, ni interés verdadero; ni tienen que ser demasiado listos. Basta intención, después integralidad revolucionaria y bueno, no vendría mal un puñado de inteligencia al final. Pero esto último que no se convierta en un obstáculo, señores, porque lo principal es la masa. ¡Uf!, ¡qué palabra más exacta! La masa.
¡La masa-ficación de la educación había llegado entonces! Teníamos todavía verde en la memoria la experiencia de los “bombillos ahorradores”. Valía primero que todo el número, la cantidad de gente que puede tener acceso a la luz, el impacto político y social… y después la calidad. Con esto último no somos demasiado exigentes. De todas formas la excelencia es un remanente de consumismo mercantilista. Y nosotros, de eso, mientras más lejos mejor.
Si no habían suficientes profesores no importa, se fabricarían sobre la marcha, al principio estarán flojos de conocimientos pero en la medida que picheen le irán cogiendo la vuelta al slider… además, con la brillante idea del televisor en cada aula, estarán resueltos todos los problemas adyacentes. ¡Es más, no será uno, serán dos televisores por cada aula! ¡Güaooo!
Y produce y produce y produce, como los sacos de azúcar de ayer, como las toneladas de níquel, como los galones de leche de Ubre Blanca. ¡Madre mía, qué multitud en las aulas! En mi primer año de facultad la gente no cabía. Se sentaban de a tres como en los aviones. ¡Qué calor humano! Calor, calor de verdad y con mayúscula. Te bañabas en sudor.
El número de gente que estudiaba y se graduaba era enorme. Mientras tanto, los números astillaban la pantalla del televisor y se chorreaban por los márgenes de los periódicos oficiales. “Tantos graduados de nivel medio terminaron sus estudios este año en el país”, “tantos profesionales de la salud”, “tantos ingenieros”, “tantos abogados”, se llegaron incluso a estrenar carreras totalmente nuevas; Comunicación Social, Estudios Socio Culturales… era el desafío de la nueva era. Cuba sería pobre pero no ignorante.
Después. Bueno, algunos rumores sobre las capacidades reales de ese mar de gentes. Y, otro problema… ¿cómo dar empleo a esa enorme cantidad de personas que han dedicado años valiosos de su única vida a la preciosa tarea de perfeccionarse? Las cifras entonces se vuelven contra el que presumió de ellas. Por ejemplo: Veinte mil técnicos medios en electrónica 1, o en construcción civil, o en química de los alimentos, fueron graduados. Solo el 10% trabaja en algo que tiene que ver con su carrera. Es la confusión. El reino del subempleo. Las empresas no pueden asumir, absorber, procesar la cantidad de capital humano formalmente preparado. En ningún sentido. Entonces una enorme nube deambula oscura sobre la ciudad. Parecen insectos, padecen como insectos, pero son graduados. Se ven pequeños porque son muchos. La masa devora al individuo. Se pierde la perspectiva de identidad para ganar la propiedad del ente.
Sobrevuelan aquellos lugares más prometedores. Ministerios con plazas cooperantes o residencias diplomáticas. Ahora son más los listos, con los mismos empleos. Con la misma moneda. En el mismo país. Con la misma ideología de hace 50 años. No hay analfabetos, cierto, y miles de pomposos títulos descansan aburridos en las gavetas. Papeles. Cuños. Fotos de la graduación. Tesis de posgrados. Maestrías. Doctorados. ¿Y qué?, siguen los frijoles sin comino. Los rótulos no hacen más que aclarar que eres un profesional… pobre y hambriento.
Profesional, si te lo tomaste en serio, porque con tantas facilidades muchos graduados compraron sus títulos con dólares o con faldas.
Entonces, cuando los alambres humean al rojo vivo, la versión cubana del Challenger explota por los aires. En Cuba los transbordadores espaciales se llaman ministerios. Después mucho humo allá arriba y muchos pedazos cayendo durante días. No sabes dónde se fue la junta, ni cuál fue el circuito que se quemó, pero bueno, algún ruido hace para despabilarnos del letargo.
Incertidumbre y expectación. El nuevo ministro decide hacer una chiquillada. Una infantil maldad. Una bobería para probar, para variar, para saber si de verdad estamos cogiendo la escuela en serio o solo vamos a chupar tinta. ¡Dios mío cómo se le ocurre hacer una prueba de ortografía castellana a los alumnos de cuarto y quinto año de todas las carreras universitarias! ¿Estará loco?
Lágrimas, suspiros y suspensos. ¡Qué tiro a quemarropa cuando casi tenías la carrera bajo el sombrero! La contra marcha a las trincheras del castellano. ¡En sus marcas, listos, fuera!; pero fuera, fuera, fuera. Decenas de estudiantes se quedaron fuera de verdad, enganchados en esta inesperada cerca eléctrica, otros salieron haciendo humos por la ropa como si vinieran de un bombardeo. ¡Pólvora fue lo que puso este nuevo ministro bajo los asientos de las carreras universitarias!
Después no basta. Ante los altos índices de ausencia de tildes y cambios grafemáticos, se baja el profesor con una resolución rectilínea uniforme por arriba de las noventa millas2, ¡a esta altura del partido, con lo adaptaditos que estábamos al pan blando! ¡Se nos ha puesto el ponche a media pierna!
No paran ahora las alarmas de combate. ¡Nos van a enfermar de los nervios! Clases todo el tiempo, consultas formales e informales, amenazas de visitas sectoriales, preguntas escritas, pruebas de ingreso e inter-semestrales. ¡Descalificaciones por asistencia mínima en la educación a distancia! Ay, ay, ay… ¡qué bandazos! Después de soplar y hacer botella durante un buen tiempo en nuestras sedes, ahora resulta que hay hasta que sacar la mano para doblar.
¿Por qué es tan difícil en este país mantener el equilibrio?
Notas:
1-Esta cifra es hipotética.
2 –Ver: “Curso 2009-2010. Sin bombos ni platillos” Sironay González. Revista Convivencia Noviembre-Diciembre. 2009. www.convivenciacuba.es.

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