Historia

Nuestros pensadores (IX): Ignacio Eduardo Agramonte y Loynaz

Por Héctor Maseda Gutiérrez
 
 ~Intro~
Mayor General del Ejército Libertador cubano conocido como “El Mayor”. Fue uno de los líderes más sobresalientes de la Guerra de los Diez Años (1868-1878). Nació en Puerto Príncipe, provincia de Camagüey, el 23 de diciembre de 1841. Murió en combate en Jimaguayú, el 11 de mayo de 1873. Fue jurista destacado, excelente orador y brillante legislador. Intelectual de alto vuelo. Patriota ejemplar. Uno de los fundadores de la Junta Revolucionaria de Camagüey.
 
Comprometido en el alzamiento de los camagüeyanos de 1868. Figuró como miembro del Comité Revolucionario e integró la Asamblea de Representantes del Centro constituida en febrero de 1869. Miembro constituyente de la Asamblea de Guáimaro (10 de abril de 1869) y Secretario de la misma, redactó, junto con Antonio Zambrano, la Primera Constitución de la República en Armas. Organizó y convirtió en un rápido ariete de ataque a la caballería camagüeyana, bajo cuyo liderazgo alcanzó fulminantes victorias contra las tropas monárquicas españolas. En los tres años y medio de su vida militar participó en más de cien combates. Como líder supo combinar los principios de la táctica militar con los de la lucha irregular que utilizó en las condiciones especiales de las grandes planicies de Camagüey con las tropas de caballería. 
 
El joven Ignacio Agramonte realizó sus estudios en el colegio San Salvador, primero; y en la Universidad de La Habana, después, donde obtuvo el título de Licenciado en Derecho Civil y Canónico (1865). En su tesis de grado fundamentó su discurso en las Libertades Individuales (1866). Alcanzó el Doctorado el 24 de agosto de 1867.
 
A mediados de 1868 regresó a Puerto Príncipe. Contrajo matrimonio con Amalia Simoni Argilagos, el 1ro. de agosto de ese mismo año. De esta unión nacieron sus dos hijos: Ernesto, que nació en la manigua, y Herminia, a la que Agramonte no llegó a conocer. 
 
Fue Presidente de la Academia de Jurisprudencia de su ciudad natal. Colaboró, como hombre de letras, en la revista "Crónica del Liceo de Puerto Príncipe”. Hombre honesto y de sólidos principios ético-morales se incorporó como miembro a la Institución Masónica. Fue un ejemplo como amante y fiel esposo. Su nombre es símbolo del más depurado pensamiento político y logró reunir en su persona los más puros y genuinos sentimientos democráticos hasta alcanzar las dimensiones de los hombres a quienes la historia les reserva un espacio debido a sus méritos individuales y por haber integrado la dirigencia de la Guerra de los Diez Años (1868-1878). Quienes le conocieron le otorgan calificativos como “Salvador de la revolución” y “Coloso y genio militar” (Enrique Collazo Tejada, brigadier general y escritor); o Manuel Sanguily Garrite (estadista y patriota cubano) que en agosto de 1917 lo identificó como “un Simón Bolívar”, otorgándole con ello un altísimo relieve continental.
~Fin del Intro~

Ignacio Agramonte
Sus primeros estudios Agramonte los realizó en Camagüey hasta la edad de 11 años. Más tarde y tras una breve estancia en La Habana (colegio San Salvador) fue enviado por sus padres a Barcelona (España) donde se especializó en Latinidad y Humanidades durante tres años. En 1855 inició su formación de Filosofía. Posteriormente matriculó en la universidad barcelonesa (1856). De vuelta a Cuba concluye la Licenciatura y el Doctorado en Derecho Civil y Canónico (1867) en la Universidad de La Habana.

Al finalizar la Licenciatura (febrero de 1866) expuso su tesis de grado ante el Rector del Alto Centro de Estudios y el Claustro de Profesores, que tituló: “Sobre las libertades individuales”. En su oratoria, Agramonte analiza y expone su opinión acerca de la Justicia, la Razón y la Verdad como Ley Suprema de la sociedad, las vincula al Derecho y precisa que para ser tomada como tal y de obligatorio cumplimiento, debe fundamentarse en la justicia. Al respecto señala, luego de vincular su hipótesis a conceptos, prácticas y espacios jurídicos existentes, así como los ético-morales que avalaban su análisis, para después concluir:
 
“Tres leyes del espíritu humano encontramos en la conciencia: la de pensar, la de hablar, y la de obrar. A estas leyes para observarlas corresponden otros tantos derechos (…) imprescriptibles e indispensables para el desarrollo completo del hombre y de la sociedad”.
 
Más adelante, cuando expone que el Estado debe respetar los derechos del individuo y que no hacerlo provocará una centralización desmedida y asfixiante de poder en unos pocos que atomiza el desarrollo del individuo, precisa que:
“La centralización, llevada hasta cierto grado es, por decirlo así, la anulación completa del individuo, es la senda del absolutismo, como la descentralización absoluta conduce a la anarquía (…)”.
 
Finalmente propone una alianza equilibrada y respetuosa entre el gobierno y el pueblo para que esa alianza sea modelo de las sociedades y proporcione la felicidad suya y la de cada uno de los gobernados. Pero también afirma cuáles serán las consecuencias de una centralización gubernamental al definir el derecho que tienen los pueblos de sacudirse tan abominable gobierno por todos los medios posibles, incluso por el uso de la fuerza y las armas:
 
“Por el contrario, el Gobierno que con una centralización absoluta destruya ese franco desarrollo de la acción individual y detenga la sociedad en su desenvolvimiento progresivo, no se funda en la justicia y la razón, sino tan solo en la fuerza; y el Estado que tal fundamento tenga (…) tarde o temprano, cuando los hombres, conociendo sus derechos violados se propongan reivindicarlos, irá el estruendo del cañón a anunciarle que cesó su letal dominación”.
 
Pero este no fue su primer discurso patriótico, aunque sí el más conocido y abarcador, donde demuestra un pensamiento profundamente independentista. El primero lo realizó en el Convento de Santo Domingo el 22 de febrero de 1862, en uno de los encuentros académicos que periódicamente tenían lugar los sábados. En su intervención Agramonte se refirió, en varias oportunidades, al régimen español y a su falta de libertades, de derechos y de justicia, y no satisfecho con ello, puntualizó finalmente la urgencia de “un cambio revolucionario de la sociedad en Cuba”. Esta intervención suya se consideró como una incitación a la rebelión contra España.
 
Una vez obtenido el Doctorado laboró como juez de paz en La Habana hasta 1868, fecha en que retornó a Puerto Príncipe. El 1ro. de agosto de 1868 contrae matrimonio con Amalia Simoni en la Iglesia de “Nuestra Señora de la Soledad”. Ingresó en la Institución Masónica a mediados de ese año e inmediatamente comenzó a trabajar con los conspiradores de la localidad con quienes se había vinculado un año antes por medio de la Logia Masónica “Tínima”, en la que se desarrollaban reuniones y actividades revolucionarias encubiertas para burlar la vigilancia de las autoridades coloniales.
 
Iniciada la Guerra el 10 de octubre de 1868 por Carlos Manuel de Céspedes en el ingenio de su propiedad, “La Demajagua” y concederle la libertad a la dotación de esclavos que poseía, los camagüeyanos secundan la acción con un levantamiento armado en “Las Clavellinas”, el 4 de noviembre de ese año. Agramonte asume la responsabilidad del aseguramiento de los insurgentes en la ciudad. A la manigua se incorpora una semana después en el ingenio “El Oriente”, cerca de Sibanicú.
 
El 10 de abril (1869) se efectuó la Asamblea Constituyente de Guáimaro, Camagüey. Contó con la presencia de patriotas orientales, camagüeyanos y villaclareños. Allí se creó un gobierno republicano unicameral (representantes) con atribuciones no solamente para dictar y proclamar leyes, sino también para nombrar y destituir al Presidente de la República que, al poco tiempo, depuso a Carlos Manuel de Céspedes como Primer Presidente de la República en Armas, por el supuesto de pretender ejercer ese poder ejecutivo como un dictador, sostener una actitud despótica hacia sus colegas de gobierno y concederle favores especiales a sus familiares. Uno de sus fuertes detractores fue Ignacio Agramonte y las discrepancias entre ambos llegaron al extremo que Agramonte desafió a Céspedes a un duelo, pero este último, consciente de la grave situación que enfrentaba la República en Armas, declinó la invitación argumentando que la patria los necesitaba vivos a los dos. Agramonte renunció a la Cámara de Representantes y asumió el mando militar en Camagüey. Amalia, su esposa, lo acompañó a la manigua.
 
La vida de Agramonte como militar se prolongó desde 1870 hasta 1873. Su primer combate, como jefe militar, se produjo el 28 de noviembre de 1868, en “Ceja de Bonilla o de Altagracia”. Entre las casi cien acciones de combate que sostuvo Agramonte, pueden señalarse las de: “Sabana Nueva” (1869); “La Luz” (agosto de 1869); y “Sabana de Bayatabo” (octubre de 1869) entre otras. Ya en 1870 participa en 19 combates, que deben destacarse “Tana”; “Minas de Juan Rodríguez”; “El Clueco”; “Caridad de Pulido”; “Embarcadero de Vertientes”; “Mucara”; … El 13 de enero de 1871 asume el mando de las fuerzas de Camagüey. Es a partir de esa fecha que se produce la etapa más destacada de su carrera militar. Además de dirigir decenas de acciones combativas, con la experiencia adquirida en estas, desarrolla nuevas tácticas de lucha empleando la caballería mambisa (concentración y despliegue, rapidez en los ataques fulminantes para obtener superioridad numérica puntual, aparecer donde no se les esperaba, aprovechar el medio natural como protección…). Pero sin lugar a dudas la más brillante de todas, por la perfección lograda en su ejecución, fue el rescate del Brigadier General Julio Sanguily, apresado cuando se encontraba en el rancho utilizado como enfermería de la patriota Cirila López Quintero. Agramonte se entera de que el Brigadier Sanguily era prisionero de los españoles. Se dirige a sus hombres y pide voluntarios para rescatarlo o morir en el empeño. Treinta y cinco jinetes aceptaron el reto. Atacaron sorpresivamente a los realistas en los alrededores de la finca de Antonio Torres donde los ibéricos habían acampado. Sanguily fue rescatado aunque con una herida en la mano que le hizo el español que lo vigilaba al darse cuenta de que el ataque mambí sería exitoso. Esta acción bélica está recogida en la historia como una de las más brillantes proezas de la guerra; hecho que levantó la moral de los mambises en momentos realmente difíciles para los independentistas.
 
Las acciones de guerra realizadas por Agramonte en el año 1872 elevaron el espíritu de lucha de los insurrectos en Camagüey. Los combates de “Palmarito de Curana”, “Destino”, “San Borges”, “San José del Chorrillo”, entre otros, le permitieron extender su jefatura hasta la provincia de Las Villas. El año 1873 y los combates que libraron las fuerzas de “El Mayor” bajo su mando fueron múltiples y exitosos. Debe recogerse en esta investigación que Agramonte también estableció, en las zonas de operaciones, varias bases logísticas permanentes para las tropas insurrectas y prestó especial atención a la preparación militar de los jefes y oficiales para lo cual creó escuelas militares.
 
Con anterioridad se expuso en este ensayo que Amalia marchó a la manigua y compartió sacrificios, peligros y momentos de felicidad conyugal al estar en unión de su esposo. El 26 de mayo de 1870 los españoles atacan el campamento y la hacen prisionera, al igual que a su hijo, una hermana de ella y otros familiares. El general que la capturó le exige que hiciera una carta a su esposo para que este depusiera las armas y renunciara a la insurrección por el amor a ella y a su hijo. A lo que Amalia respondió indignada: “General, primero me cortará usted la mano antes que escribir a mi esposo que sea traidor”.
 
El último combate de Ignacio Agramonte se produjo el 11 de mayo de 1873 al enfrentar a los realistas en los campos de Jimaguayú. Agramonte cayó mortalmente herido por un disparo en la sien. Su cuerpo quedó en manos de los militares españoles. Llevado el cadáver a Puerto Príncipe, un sacerdote de apellido Olallo, exigió conducirlo en una camilla al hospital de esa ciudad. Limpió el cuerpo y rezó por su alma. Una vez que este fue identificado por el mando ibérico, fue trasladado a un rincón del cementerio de aquella ciudad e incinerado con trozos de leña. Así realizó Ignacio Agramonte y Loynaz el tránsito de su experiencia terrenal hacia el Olimpo de la Inmortalidad.
 
Como conclusiones debe puntualizarse que Ignacio Agramonte y Loynaz fue multifacético en su proyección humana. Se distinguió como patriota cubano, político, orador, legislador, filósofo, jurista, intelectual de profundo verbo, y pensador, entre otras cualidades profesionales o no, inherentes a su personalidad, que expresaba con dominio, naturalidad y sencillez. Pero sobre todas ellas se impusieron sus dotes como excelente militar poseedor de una brillante inteligencia. Lo demostró con sus iniciativas táctico-estratégicas que aterrorizaban a sus oponentes y admiraban sus hermanos de armas. Inteligencia que le permitió -como regla- incursionar en el momento y lugar requeridos y convertir sus actos de guerra en éxitos rotundos.
 
Tratado con cariño y respeto por sus subordinados e iguales o superiores en rango al suyo. Logró una estricta organización y disciplina en las tropas bajo su mando. Su personalidad, principios ético-morales y humanidad lo distinguieron en toda su vida. El sobrenombre de “El Ballardo” con el cual trascendió a la historia, yuxtapuso en su persona la gallardía, el patriotismo puro, la inteligencia oportuna y rápida, que le acompañó a lo largo de su corta pero provechosa vida.
 
Su regia personalidad ha permitido que a Camagüey se le identifique con el título de “Tierra Agramontina”. Los luchadores independentistas que lo conocieron lo asociaban como “El Paladín de la Vergüenza” y “El Apóstol Inmaculado”, al referirse a él.
 
(Continuará)
Estos trabajos sobre los Pensadores cubanos han sido escritos para la publicación “Misceláneas de Cuba” en Suecia. El autor y el director de dicha publicación, el Sr. Osvaldo Alfonso, han autorizado para ser publicados dentro de Cuba en la revista Convivencia.
 
Bibliografía
1.    Enciclopedia ilustrada “Wikipedia”.
2.    Enciclopedia Universal Ilustrada. Año 2012.
3.    “Así era Ignacio Agramonte”. Ciro Bianchi Ross. Publicado en el diario “Juventud Rebelde”.
 
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Héctor Maseda Gutiérrez.
Uno de los 75 presos de conciencia del 2003.
Agencia DECORO.

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