Internacionales

“Morir de exilio”

 

 Por Jorge A. Núñez Hernández

 
 
 
Sobre un libro de Uva de Aragón (La Habana, 1944) que tiene textos publicados en todos los géneros. Entre ellos se destacan “No puedo más y otros cuentos”, “Entresemáforos” (poemas escritos en ruta), “Crónicas de la República de Cuba” (1902-1958) y la novela “Memoria del silencio”. Su obra aparece en varias antologías. La escritora se graduó en la Universidad de Miami con un doctorado en literatura española y latinoamericana.
 
 
¿Acaso se puede morir de exilio? El nombre del libro de Uva de Aragón, publicado por Ediciones Universal, puede parecer a algunos una licencia literaria, una suerte de imagen construida, especialmente si el lector se sitúa en la Isla, o si forma parte de quienes consideran la muerte como una realidad puramente biológica, o que para sentirse vivos basta con un poco de alimento, salud y algo de ropa.
 
No obstante, en la medida que avanzan los años, en la vida del espíritu, percibimos que muchos eventos en verdad parecen adelantar la muerte. Son realidades que, cuando nos golpean, quiebran algo en nuestra alma, sentimos que a partir de ese acontecimiento, nada será igual en nosotros. Se rompe alguna fibra íntima, un afecto, una cierta ingenuidad. El dolor intenso solo puede ser expresado como la muerte que se anuncia, roza, y hasta parece instalarse a largo plazo, o para siempre, en un rincón del alma, en alguna de nuestras moradas, que ella misma escoge a su gusto, sin tan siquiera ser invitada.
 
A los cubanos que vivimos en Cuba, nos resulta difícil comprender que alguien pueda morir de exilio. Pero ser desgajados de la Patria, para los que se marcharon, sobre todo a causa de conflictos políticos intensos, ha sido una muerte lenta, que les ha convertido en seres de alguna manera similares a los espíritus que no han abandonado la tierra, por no haber logrado su paz definitiva, y quedan en una especie de limbo, principalmente para quienes viven tan cerca, a escasas 90 millas, que creen poder alcanzar las costas de Cuba con los ojos, o sentir sus olores, tan solo con aguzar un poco los sentidos. De hecho, como afirma Uva en la introducción, morir en el destierro es como quedar insepulto.
 
Esta realidad la experimentaron hondamente el Padre Varela, Heredia y Martí, cuando Cuba aún estaba bajo el dominio de España. Así lo han sufrido muchos otros, quizás demasiados, a lo largo de nuestra historia. En todo cuanto hicieron y hacen esos seres proscritos, eternos enamorados de su tierra, que padecen de la maldición del exilio en sus vidas, hay siempre una huella, más menos evidente, que deja la nostalgia, la ausencia forzada, y también el insaciable deseo del regreso. Eso es amar a Cuba.
 
Por el libro de Uva transitan hombres y mujeres que muchos de los que crecimos en la Isla no conocimos, o que su obra, lamentablemente, nos resulta en gran medida ignorada a varias generaciones de cubanos. Sus existencias se desplegaron desde un hambre de ser y de afirmarse en una tierra que nunca sentirían como suya completamente. Y nuestra cultura en todas sus posibles manifestaciones ha crecido con fuerza en la obra de ellos, desde la música sabrosa de Celia Cruz, los estudios históricos de Leví Marrero, el dolor intenso que destila el verbo de Reinaldo Arenas, el compromiso social en la Liga contra el Cáncer de Lourdes Águila, la actividad académica de Eugenio Florit, la poesía de Pura del Prado cuando ruega “Aquí no”, en un clamor para que no dejen abandonados sus huesos en tierra ajena y ser enterrada en Cuba. También dedica unas páginas a Dulce María Loynaz, quien murió en la Isla, y a quien la autora deseó ardientemente conocer.
 
Nuestra nación necesita sanar. Cualquier intento sincero por mejorar el presente y futuro de Cuba deberá pasar por ello. Pero sanar no depende solo de cambiar leyes, o restablecer tratados económicos y comerciales, requiere también de una voluntad expresa orientada hacia el reconocimiento y la valoración de la vida y obra de esos espíritus inquietos que son los exiliados, se hace necesario que nuestra cultura se abra con sinceridad a su legado, como ellos mismos desearon, y aún desean. Sin eso, seguiríamos incompletos en ambas partes. Ese deseo de acercamiento y reconciliación (que se enmarca en el plano de la realización posible, no en un lejano porvenir utópico), pasa a través de las páginas de Uva.
 
Ciertamente, en el exilio ha habido de todo. ¿Pero en qué momento de la historia de nuestra patria, o de cualquier otro país, no lo ha habido? No estamos libres de culpas, de responsabilidad ni de pecados por el único hecho de permanecer aquí. Como afirma Antoine de Saint-Exúpery, nadie tiene el monopolio de la pureza de las intenciones. Todos necesitamos una cuota de perdón. Una mentira no ha sido menos falsa solo porque la hemos dicho en el patio, entre nosotros. Una verdad no es menos verdadera por ser pronunciada allende los mares, o por alguien de quien disentimos, especialmente si los raseros y criterios de juicio están muchas veces embebidos en discursos ideológicos que les restan objetividad.
 
El bien o el mal no están enmarcados de manera exclusiva en los contextos geográficos, históricos o políticos; tampoco reducidos a las clases sociales, como reza la ortodoxia marxista, lastrada desde su misma esencia por una pobre y desacertada reflexión antropológica. Son realidades de la condición humana. Esa simplificación maniquea ha provocado mucho daño -todavía lo hace-, tanto en la historia universal, como en la de nuestro país. La virtud debe ser reconocida siempre, y Uva nos invita a descubrirla en las vidas y obras de los hombres y mujeres que desfilan por las páginas de su libro, que caminaron a la muerte -o más bien, hacia la eternidad-, cargando con el peso de las limitaciones humanas, los deseos por realizar, los desgarramientos que nadie conoció, con una gran parte del corazón aún clavado bajo una palma real, bajo el sol abrasador de nuestros campos, o en los infinitos recovecos de la Habana Vieja.
 
Uva habla de todos ellos con la bondad que nace de comprender a profundidad que cada ser humano que conocemos, va a morir en algún momento. Esta certeza estremecedora y dolorosa se afirma en la medida que avanza nuestra existencia y confiere a la autora un acercamiento profundamente humano, lo cual le permite ser delicada hasta con quienes tuvo algún desacuerdo.
 
Hay palabras y temas que se repiten en el texto (desamparo, orfandad, sentido de la responsabilidad ante la continuidad de la obra desarrollada), lo cual es comprensible en un libro escrito en varias etapas de su vida, y que en principio ni tan siquiera tenía la intención de serlo. De manera especial, las reiteraciones son consecuencia de sentimientos que brotan por igual en los que aún viven, ante la pérdida de estos cubanos y cubanas, quienes se habían convertido en asideros y apoyo, en nudos de una red inmensa y viva, que orienta y también mantiene enérgico el vínculo con Cuba desde el exilio.
 
Al dejar algunos de vivir, se estremecen los demás porque no solo deja de estar el amigo, el escritor, la activista cívica, sino que se conmueve y estremece el lazo con una realidad vital que afecta la subjetividad en la diáspora, donde los exiliados no solo intentan rehacer sus vidas y conservar pasivamente y como a la defensiva su identidad, sino gozar de una existencia fértil, expandir toda la riqueza y profundidad de una cultura y cubanía que se niega al límite geográfico e ideológico.
 
Solo me atrevo a tener un desacuerdo con la escritora, y es en uno de los capítulos del libro, donde reflexiona sobre la muerte y le confiere a esta la palabra última. De hecho, el libro mismo demuestra que es la vida quien tiene la última palabra, que la vida se impone sobre el triunfo aparente y temporal de la muerte. Los cubanos de quienes nos habla Uva, aún después de muertos, dialogan con nosotros, con nuestras circunstancias, nos desafían, increpan y empujan desde una vitalidad creadora que no pudo ser contenida por la lápida, y en su desborde se resiste a ser negada u olvidada con facilidad, sin causar un grave daño a nuestra patria. Si la muerte tuviera la palabra última, no tendríamos esperanza. Quienes compartimos la fe en Jesucristo nos afirmamos en un canto de esperanza, como personas, pero también como nación, y a pesar del dolor, ese canto también se filtra a través de las palabras de Uva de Aragón. Los que han muerto de exilio resucitan siempre para Cuba.
 
Nota: Este artículo, cortesía del autor, fue publicado en la revista Reunión, de la Fundación Jacques Maritain de Argentina.
 
Jorge Adalberto Núñez Hernández (Pinar del Río, 1976).
Licenciado en Microbiología en la Universidad de La Habana.
Trabaja en el Instituto de investigación ECOVIDA del CITMA en Pinar del Río.