Sociedad Civil

La Internet: la revolución del empoderamiento ciudadano


Por Juan Carlos Fernández Hernández

Puntos de servicio de Internet.

La humanidad en los diferentes periodos ha vivido persiguiendo diferentes ideas y proyectos que le dieran mayores grados de crecimiento y desarrollo. Para alcanzar esas metas, hasta hace muy poco tiempo, la conquista, siempre acompañada por la violencia y el sometimiento eran la norma. Hoy la humanidad contempla con su poco de morbo e indiferencia las ruinas monumentales que fueron levantadas a costa de la vida de muchos.

En el mundo se erigían imperios y reinados que tenían un denominador común: la esclavitud de todos los que vivían en las tierras adquiridas. El romano, el persa, el macedónico, el mongol, el otomano, el español, el inglés, el francés, ejemplifican esto.

La historia nos la muestran con la menor cantidad de glóbulos rojos y plasma posible. Al templo del Dios Sol se va a disfrutar de la monumentalidad e increíble pericia astronómica de los aztecas, casi nunca se menciona que allí, precisamente, se autodestruyó el imperio por la manía de matar jovencitas para que lloviera. Nuestros ejemplos de barbarie y conquista no se quedan atrás.

Con posterioridad a la caída de todos y cada uno de ellos, le tocó el turno a las revoluciones. La historiografía describe, generalmente, tres tipos: la revolución política, la social y la económica. Sin embargo, también se catalogan con este sustantivo, aquellas que han tenido un marcado carácter tecnológico, científico o industrial.   

La más famosa de estas, fue, sin dudas, la Revolución francesa de 1789, aunque es de destacar que la Guerra de Independencia Americana, que enfrentó a las trece colonias británicas contra el Reino de la Gran Bretaña de 1775 a 1783, fue inspiradora para que Francia se librase de su monarquía. 

En el pasado siglo, fue la Revolución de octubre, que derribó al Zar Ruso, Nicolás II, la que más impacto e influencia tendría en el mundo contemporáneo. Las ideas del filósofo alemán Karl Marx se materializaron, bajo el liderazgo del comunista ruso Vladímir Ilich Lenin. Nacía la “dictadura del proletariado”, tan o más férrea que su predecesora zarista.  

Sin embargo, en la década de los ochenta del pasado siglo, ocurrió algo que nadie esperaba. Lo que comenzó como una protesta en un astillero polaco exigiendo reivindicaciones laborales fue el fermento del derrumbe del Imperio Soviético. Edificado a sangre y fuego y con media Europa bajo su control y un poderío militar incalculable, se disolvió de manera incruenta, con algunas excepciones. Por primera vez en la historia las revoluciones casi no cobraban vidas.

Paralelamente a estos colosales cambios sociales el mundo estaba disparado en otra revolución: la tecnológica. Desde finales de la década del ochenta del siglo XX los avances en tecnología se sucedían con frecuencia. Los noventa achicaron notablemente el tiempo entre un descubrimiento y otro. Y llegó el XXI.

“El nuevo milenio trajo consigo lo que pudiéramos llamar, una verdadera revolución, para algunos la respuesta podría ser el amor, la felicidad. Para otros, dinero o poder. Pero, lo que verdaderamente ha impactado, impacta y está cambiando nuestro mundo es: la comunicación y esta tiene un nombre: Internet” (1), comenta el informático de fama mundial John Heilemann.

Comunicarse entre sí es esencial para el ser humano. Opinar sobre lo que le rodea y acontece también lo es, es parte de esa comunicación tan necesaria como el aire que se respira. Desde la llamada “Acta diurna” que Julio César hizo colocar en el Foro Romano, en el siglo I a.c. hasta los grandes medios de comunicación globales tales como The New York Times o ABC News, BBC o El País, ABC, todos y cada uno, han sido generados por el hombre para dejar constancia de lo que ocurre a su alrededor. El ser humano es cronista de su propia historia.   

Antes del internet las comunicaciones eran totalmente controladas por los dueños de los medios. Elegían la información y el cómo y dónde la recibiríamos.

Pero todo eso cambió con la World Wide Web. Los más indefensos, los marginados se hicieron con una herramienta que les ha dado un poder que nunca se tuvo. Un espacio democrático que nadie controla pero al que todos le dan forma. De simples espectadores, lectores o radio, escuchas pasivos, se pasó a ser protagonistas de la comunicación. La Web brindó un ansia que todos tenían pero que por cuestiones económicas y de poder político no era posible, ser una alternativa a los grandes medios.
 
Una de las explosiones que comenzó la carrera del cambio fue un lamentable suceso: el 26 de diciembre de 2004 el sur de Asia se horrorizó en un abrir y cerrar de ojos ante el gigantesco tsunami que arrasó con las costas de muchos países del área y cobró decenas de miles de muertos. Este evento también desató un maremoto de fotografías y videos caseros que cambiarían totalmente el periodismo tal y como lo conocíamos hasta ese momento. Los materiales que eran enviados a las salas de prensa por testigos presenciales dieron un vuelco de 360 grados a la profesión de informar. No importaba la calidad de las fotos ni que muchos de los videos mostraran desenfoques y movimientos. Eran en tiempo real y eso no tenía antecedentes. Nacía el periodismo ciudadano.

A partir de ese momento el mundo comenzó a presenciar en tiempo real las guerras, las caídas de dictaduras, protestas en todas partes que ocurrían. Los grandes medios de comunicación asimilaron esto pero trataron de capitalizarlo. La Web lo impidió, el poder de la gente no tendría marcha atrás.

Surgen sitios como Digg, Youtube, Facebook, sin parangón en la historia de la humanidad y que empodera a la sociedad como nunca antes. Chad Hurley, co-fundador y Ceo de Youtube, lo describe así en una entrevista: De eso se trata el internet, conecta individuos o conecta individuos a la información”. El Ceo de Digg, Jay Adelson, lo expresa de esta manera: “¿En quién confiarías más, en un ejecutivo en una oficina o en tus amigos y la gente que se conecta contigo?” (2).

Digg y Youtube son parte de la nueva ristra de servicios en la Red de Redes. El primero difunde todo tipo de noticias, que cuelga en el sitio todo el que lo desee. El segundo es la plataforma de videos más grande que existe. Su lema habla por sí mismo: “Broadcast Yourself” (Transmítalo usted mismo).

Antes de esto, la televisión funcionaba a lo tradicional, grupos de camarógrafos, editores, guionistas, periodistas, etc., se trasladaban de un lugar a otro por el mundo para transmitir lo que sus empresas de comunicación les mandaban. El sistema decidía qué salía al aire y qué no. Hoy ya no, la televisión es accesible a millones de personas que están conectadas al internet y gracias y especialmente a sitios como Youtube, solo se necesita una laptop, una pequeña cámara y filmar. Tú diriges, tú eliges el contenido, el lugar, el tiempo, la edición, la presentación, eres libre. Lo mismo ocurre con Digg, Facebook, Wikipedia, Google y muchos más. Hoy son millones los canales de televisión on line, millones las publicaciones en la blogosfera, millones los contactos que se hacen a través de Facebook. Incalculables son las páginas de información que, hasta hace poco, eran clasificadas. Ejemplo de ello son las rendiciones de cuentas de su gestión que tienen que hacer públicas en la Web gobernantes de una buena parte del mundo. Casi ningún funcionario público puede esconder sus cuentas corrientes del escrutinio de la sociedad. Y muchos de los que lo intentan, tarde o temprano son descubiertos a través del internet. Va tan aprisa esta revolución que en la actualidad tenemos, literalmente hablando, en el bolsillo del pantalón todo lo que teníamos en la laptop, el arribo del Smartphone o teléfono inteligente, nos da esa oportunidad de poseer toda la oficina de redacción, edición y canal de transmisión en algo no mucho más grande que la mano. Es alucinante.
 
Algunos alegan que existen riesgos para la privacidad, que se cometen crímenes de toda índole aprovechando internet. No les falta razón, pero para contrarrestar el delito el mundo se prepara. Además, con el tiempo, las personas han ido educándose para entrar al ciberespacio. Pero la libertad y el poder que internet ha dado a la sociedad no tiene retroceso.

En nuestro país, las autoridades han estado durante años poniendo obstáculos para evitar a toda costa el empoderamiento ciudadano y el flujo de información. El tiempo se les está terminando por una cuestión muy simple, los costos. Lo que hasta hace una década era impensable para muchos es una realidad que se está abriendo paso inexorablemente. La logística y el instrumental para internet cada día son más baratos. No existe fundamento alguno para continuar privando a la sociedad cubana de la conexión global.

Como tampoco existen razones morales para etiquetar de ilegales o subversivas publicaciones que solo dan opiniones diferentes a las de la dirigencia del país. Respecto a la ejercitación de la profesión de periodista, los millones de individuos conectados a internet lo son, habría que juzgar a más de medio mundo por “intromisión profesional”, el llamado “paquete semanal” es el mejor ejemplo de esto. Los innumerables sitios que ya existen en Cuba, aun con solo el 2% de conexión, dan fe de ello.

El poder que generó internet y los cambios que nacieron y nacen todos los días forman parte de un proceso irreversible. El empoderamiento ciudadano es una virtud, que más que temerle se debería favorecer, porque al fin y al cabo es una realidad con la que hay que vivir, gústele a quien le guste y pésele a quien le pese. Internet es la mayor y mejor de las revoluciones contemporáneas, lo que antes había que conquistar con sables y pólvora hoy está al alcance de un click.

Referencias
(1) Discovery Channel, John Heilemann, “Download: The True History of the Internet”.
(2) Discovery Channel, “Download: The True History of the Internet”.
 
Juan Carlos Fernández Hernández (Pinar del Río, 1965).
Fue co-responsable diocesano de la Hermandad de Ayuda al Preso y sus Familiares de la Pastoral Penitenciaria de la Diócesis de Pinar del Río. Miembro del Equipo de Trabajo de Convivencia.
Animador de la sociedad civil.