Sociedad Civil

Solidaridad y subsidiariedad como alternativa al paternalismo

 

Por Jorge Ignacio Guillén Martínez

 

Fotos tomadas de Internet.

 

El adoctrinamiento y el paternalismo, son dos de los principales recursos utilizados a lo largo de la historia por los poderes que han pretendido controlar centralizadamente todas las facetas de la vida social e individual. El caso de Cuba a partir del triunfo revolucionario de enero de 1959, no ha sido la excepción. Estos recursos han sido -junto a otros- los causantes de una sociedad acostumbrada a responder con conformismo, miedo, indiferencia y sumisión ante los desafíos que la vida nos presenta, y acostumbrada también a ver como extraña y peligrosa cualquier postura que se aleje de la obediencia ciega, el igualitarismo, y la indolencia.

El cubano, en términos generales, es un pueblo adaptado a esperar todo desde arriba, incluso en momentos en los que sus ideas y creencias lo inviten a actuar, a responder proactivamente ante los obstáculos de la vida cotidiana, son repetidas las ocasiones en las que predomina la idea de esperar a que nos digan qué “podemos” hacer y qué no, o cómo hacerlo.

Un síntoma claro del paternalismo que nos abruma se evidenció, por ejemplo, con la valiente respuesta coreada que en septiembre del 2015 diera al Papa Francisco en el Centro Cultural Félix Varela un numeroso grupo de jóvenes cubanos, entre los que me incluyo. Ante las continuas invitaciones del Papa a soñar, a ser protagonistas de nuestra historia, a mirar hacia el futuro y avanzar sin miedos, la respuesta automática fue “si nos dejan”. Tomando en cuenta que la mayoría de los jóvenes allí presentes éramos católicos, una respuesta como esta se convierte en algo más dramático aún.

Solidaridad y subsidiariedad horizontal

Desgraciadamente, son muy frecuentes las ocasiones en las que preferimos esperar una solución a nuestros problemas sin que hagamos el mínimo esfuerzo, y muchas también las ocasiones en las que usamos los pretextos de “no me dejan, no sé hacerlo, no puedo hacerlo, no estoy preparado” para esperar a que alguien haga lo que debemos hacer, o simplemente para no hacer nada a pesar de que las cosas que nos gustaría que fueran diferentes sigan iguales.

Hay una forma eficaz de enfrentar esta situación, y es mirando a nuestro alrededor, mirando con ojos bien abiertos y con disposición de apertura, para hacer las cosas diferentes. Mirando para conocer, para aprender y para cambiar, para comprometernos solidariamente con los que sufren, con los necesitados, especialmente con quienes necesitan vencer el analfabetismo cívico, ético y político que tanto daño ha hecho a nuestra Nación.

El catolicismo, desde su principal y más importante mandamiento, ya hace una fuerte alusión directa a la importancia de los principios de solidaridad y subsidiariedad, una invitación a involucrarse con el otro, a hacernos responsables de sus flaquezas y acompañantes en los momentos buenos y malos. Amarás al prójimo como a ti mismo es el claro llamado que nos hace la Iglesia a comprometernos con las fragilidades y sufrimientos de los que nos rodean, y hacerlo de manera profunda, un compromiso fuerte que sea capaz de convertirnos en servidores de las personas que tenemos a nuestro alrededor. No es un sueño inalcanzable, no es una utopía imposible, pues no se trata de cambiar el mundo, sino de influir en la medida de nuestras posibilidades para que nuestro ambiente y los espacios en los que nos desenvolvemos diariamente sean un poco mejores, para que nuestros familiares y amigos encuentren en nosotros un apoyo en los momentos buenos y malos, alguien dispuesto vivir su vida desde la entrega desinteresada a los que lo rodean.

El principio de subsidiariedad expuesto en la Doctrina Social de la Iglesia, muchas veces es entendido solamente como una subsidiariedad en sentido vertical, es el caso de la subsidiariedad ejercida por el Estado con respecto a la sociedad y los ciudadanos en sentido general; pero también existe una subsidiariedad en sentido horizontal, entre los ciudadanos y las instituciones de la sociedad civil, quienes se asisten unos a otros de manera desinteresada y sin paternalismos, a fin de ayudar a quien no pueda por sí mismo satisfacer sus necesidades y sin que tengan estos últimos que acudir a la ayuda del Estado. Esta subsidiariedad al engendrar relaciones mutuas de participación y solidaridad, reviste una inmensa importancia en sociedades como la nuestra.

Cuba necesita con urgencia redes de ciudadanos y asociaciones que, desde su autonomía como miembros de la sociedad civil, desaten relaciones solidarias y subsidiarias en sentido horizontal. Y, por otro lado, no dejar la solidaridad y la subsidiariedad en la asistencia y el servicio ante las necesidades materiales de quienes nos necesitan, sino, que la más importante y auténtica forma de vivir estos principios es asistiendo también desde el punto de vista emocional, educativo, y espiritual. Así como reza el viejo refrán, “más importante que repartir pescado es enseñar a pescar”.

Hacia una nueva ciudadanía

El verdadero desarrollo, el Desarrollo Humano Integral que necesita nuestra sociedad y el mundo entero, demanda un papel esencial de estos valores de solidaridad y acción subsidiaria, por representar alternativas integrales ante los errados esquemas de búsqueda del desarrollo basados en la simple lógica de la oferta y la demanda. Adam Smith, autor de la famosa “mano invisible del mercado” y defensor de que el egoísmo es una de las principales motivaciones de los seres humanos para satisfacer sus necesidades, fue capaz de defender también la tesis de que los seres humanos tienen otras motivaciones que van más allá del egoísmo individualista del mercado, aunque esta parte de su obra sea mucho menos conocida y divulgada. Smith habló de motivaciones que pasan por la búsqueda del servicio al otro incluso cuando no nos beneficiemos directamente, que no condicionan las relaciones humanas por una visión instrumentalista del ser humano, motivaciones como la solidaridad y la subsidiariedad, encaminadas al bien común.

Las otras motivaciones que vayan más allá de los meros intereses personales, de las que nos hablaba Smith, nos enrumbarían por un nuevo camino, el camino de una nueva ciudadanía, de una sociedad civil fuerte y vigorosa, de unas relaciones horizontales, de unos ciudadanos que se valoran, respetan y asisten unos a otros. Un camino diferente que para transitarlo necesitaríamos de una educación liberadora que nos permita vivir plenamente. Enseñándonos a ser personas libres y responsables, que piensan con cabeza propia, que buscan incluir, acompañar y encontrarse con los demás no por lo que ellos nos aporten, sino por una relación desinteresada, un vínculo de amor. Una educación que forme hombres y mujeres que sepan ser protagonistas de su historia personal y social, formados en virtudes y valores éticos, cívicos y políticos que hagan posibles avances significativos hacia el bien común.

 

Jorge Ignacio Guillén Martínez (Candelaria, 1993).

Laico católico.

Estudiante de Economía.

 

 

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