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LA RESURRECCIÓN PARA LOS CUBANOS: VERDAD, JUSTICIA Y LIBERTAD

Por Yoandy Izquierdo Toledo

La cruz de Jesucristo preside todas las celebraciones de los cristianos, pero ¿nos detenemos en cada una de las ocasiones a meditar sobre su significado? La cruz no es para lucirla, sino para vivirla. Todos debemos gloriarnos en ella, entendiéndola como salvación y victoria, por encima del dolor y la humillación del crucificado que entregó la vida por nosotros: signo del más grande amor del mundo. El símbolo de la cruz es tarea y compromiso de vivir un amor entregado a los demás.

Dios quiere que aprendamos a llevar nuestras cruces cada día, que significa aceptar nuestros dolores y fracasos, pero no con la queja estéril, sino acompañados de soluciones y propuestas de futuro. Dios quiere que compartamos las cruces de los hermanos y que nunca pongamos cruces a los demás: esa es la dimensión ágape del amor, que permite entregarse desinteresadamente en el servicio. El amor ágape es la realización, en la vida de una persona, del amor de Dios por los hombres. Sobre todo, y lo más importante, es unir siempre nuestras cruces a las de Cristo.

En esta Pascua de Resurrección 2015, Cuba y todos los cubanos necesitamos resucitar hacia una vida nueva. El largo camino de Jesús hacia el Calvario se traduce en las penas del día a día que han provocado el desasosiego, el desaliento y el desarraigo que conducen a la falta de fe y muchas veces nos hacen parecernos a Jesús diciendo “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

El Papa Francisco, en su mensaje de Cuaresma este año, titulado “Fortalezcan sus corazones” nos convoca a superar la indiferencia: Cuando el pueblo de Dios se convierte a su amor, encuentra las respuestas a las preguntas que la historia le plantea continuamente. Uno de los desafíos más urgentes es el de la globalización de la indiferencia. Debemos entenderla como un mal que también nos aqueja a los cristianos, aunque muchas veces creemos que no. Así lo dice el sucesor de Pedro: El pueblo de Dios tiene necesidad de renovación, para no ser indiferente y para no cerrarse en sí mismo. Y nos da algunas herramientas para superar la indiferencia como personas, independientemente de la institución eclesial. Estas son: la oración en comunión, los gestos de caridad y la conversión basada en las experiencias de nuestros sufrimientos y el de los demás.

Es necesario proclamar a Cristo de verdad, desempeñar, realmente, el papel del laico en el mundo: RESUCITAR. Y esto para los cubanos es empezar de nuevo; es ejercitarnos en abrir las puertas al mundo; es replantearnos retos, metas, perspectivas de futuro; es aportar nuevos matices a la visión que se tiene de la realidad y las perspectivas a corto, mediano y largo plazo. Así, caminamos hacia una Cuba donde no todo es blanco y negro, existen también los grises y una gama polícroma de actitudes y enseñanzas.

El vía crucis del cubano tiene, al igual que el de Jesucristo, sus estaciones dolorosas. Comienza de la misma manera siendo perseguido por esto, o por lo otro (tuvo sus momentos en que también fue por expresar públicamente su fe); y se extiende a cada una de las veces en que no decimos ciertamente lo que pensamos, fomentamos divisiones o todo tipo de sectarismos, creemos o hacemos valer el predominio de una religión sobre otra (cuando todos somos hijos de un mismo Señor). Otras de sus facetas son: la llamada crisis de valores, la falta de educación ética y cívica para el desenvolvimiento en el quehacer diario y la disfuncionalidad de la familia que se aleja del modelo de la familia de Jesús de Nazaret: fieles los unos a los otros hasta el fin, en la pobreza, la educación y el amor. Ante todas estas situaciones urge tener en cuenta que por encima del sufrimiento, como lo experimentó Jesús en la cruz, está la vida. Pongamos en práctica y apoyémonos en las enseñanzas de San Juan Pablo II en su visita a Cuba en 1998, para así reconstruir, entre todos, el alma del que sufre. Decía el sabio polaco: La familia, la escuela y la Iglesia deben formar una comunidad educativa donde los hijos de Cuba puedan crecer en humanidad (Misa a la familia, Santa Clara, 22 de enero de 1998).

Lo importante es sanar las heridas de una Pasión dolorosa pero redentora, inspirar y ser instrumentos de paz, verdad, justicia y libertad; no sentirnos con el derecho de laico o religioso para motivar hacia el odio, el resentimiento, la desazón y la venganza. Debemos propiciar la inclusión y el consenso a través del diálogo constructivo, la crítica infundada en la verdadera construcción de lo bueno y la participación, como decía el Papa Francisco, dejando a un lado la indiferencia.

Que la Pascua de Resurrección nos provoque:

- Revivir nuestra fe y experimentar el cambio en nuestros corazones, para ser Evangelio vivo, que no es más que venir al mundo para hacer el bien y repartir la paz.

- Renacer en el amor a Cuba y a Cristo, para contagiarlo a los de dentro de la Iglesia y al mundo.

- Renovar nuestras ideas y transitar nuevos caminos, para vivir experiencias enriquecedoras que nos hagan crecer como persona y multiplicadores del mensaje de Dios para la humanidad.

- Reanimar los ambientes donde nos desarrollamos, para generar un clima de confianza, respeto mutuo, compañía afectiva y efectiva y donde prime, por sobre todas las cosas, el amor en todas sus dimensiones.

- En fin, resurgir, levantarnos, emprender, fortalecer nuestro espíritu, proyectarnos hacia el futuro e intentar todo lo bueno que se nos ocurra, recordando que el hombre que gana es aquel que cree poder hacerlo.

Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).

Licenciado en Microbiología.

Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.

Responsable de Ediciones Convivencia.

Reside y trabaja en La Habana.

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